The Conjuring 2 (2016)

Conjuring_2-posterEl éxito comercial y de crítica que obtuvo la película The Conjuring (2013) de James Wan permitió construir una franquicia cinematográfica en torno a sus personajes y casos. Así, el año pasado vimos el estreno del spin-off Annabelle (2015), basado en el caso que apareció brevemente al comienzo de la primera cinta, mientras que este año es el turno de The Conjuring 2 (El conjuro 2), secuela donde vuelven a participar Ed y Lorraine Warren, la pareja de demonólogos estadounidenses que dedicó parte de sus vidas a estudiar sucesos paranormales. Ha sido tal la popularidad de estas películas que a solo semanas de su estreno en cines, ya se confirmó un nuevo spin-off, esta vez basado en la siniestra monja que aparece en esta segunda parte.

Estas obras no esconden el hecho de que sus historias están basadas en casos reales (“reales” dependiendo de la opinión que uno mismo tenga sobre lo sobrenatural, claro). La película utiliza como introducción uno de los casos más famosos que investigaron los Warren, el de la casa embrujada de Amityville. Pero dado que los sucesos que ocurrieron en ese lugar han inspirado a un gran número de películas, y como Wan no quiso explorar algo que ya había sido representado tantas veces en la pantalla grande, en esta ocasión solo es ocupado a modo de preludio para la historia central de la cinta, que transcurrió a finales de los años 70 en Inglaterra. Se trata de una serie de fenómenos paranormales desarrollados en una modesta casa del municipio de Enfield, en el norte de Londres, donde la familia que vivía allí fue acosada por una extraña e inexplicable presencia.

Peggy Hodgson (Frances O’Connor) y sus hijos Janet (Madison Wolfe), Margaret (Lauren Esposito), Johnny (Patrick McAuley) y Billy (Benjamin Haigh), comienzan a experimentar estos episodios de manera gradual, primero como simples ruidos durante la noche o desperfectos en su televisor. Sin embargo, estos hechos no tardan en convertirse en algo más grave, lo que obliga a la familia a buscar la ayuda de sus vecinos e incluso la policía. Al no poder encontrar una solución para sus problemas, el caso termina atrayendo la atención de la prensa, de la iglesia y de personas que se dedican a  estudiar esos temas, entre ellos Ed y Lorraine Warren (Patrick Wilson y Vera Farmiga). Aunque en un principio el origen de todo esto parece apuntar al espíritu de un hombre que falleció en la casa, las causas se extienden a algo mucho más peligroso, a una oscura figura que ha estado asechando a Lorraine durante años.

Al tratarse de una obra artística, existen licencias que la película se permite al momento de mostrar las circunstancias de lo que realmente ocurrió. El rol de los Warren, por ejemplo, fue mucho menor de lo que se muestra en la cinta, y la conexión que se muestra entre este caso y el de Amityville tiene simplemente fines narrativos y dramáticos. El caso que se cuenta en The Conjuring 2, denominado “el poltergeist de Enfield”, es uno de los más documentados dentro de la investigación paranormal, con fotografías, grabaciones de audio y testimonios que supuestamente acreditarían la veracidad de lo que ocurrió en la casa. Pero sus detractores son igual de apasionados, ya que el tormento que sufrió la familia Hodgson ha sido considerado por algunas personas como un mero engaño.

La cinta se da el tiempo de mostrar la disputa entre ambas posiciones, aunque no queda claro qué busca con eso. Claramente el objetivo no es cuestionar la existencia de fenómenos paranormales en el mundo donde está ambientada la obra, ya que vimos en la película anterior que los espíritus si existen. Tampoco se pretende levantar dudas en torno al caso particular que se narra en esta cinta, ya que antes de la llegada de la pareja protagonista se dejó en claro que la familia Hodgson estaba siendo acosada por algo paranormal. Si bien es interesante que The Conjuring 2 muestre la postura de las personas escépticas, no se llega a hacer demasiado con ese elemento, sirviendo más como una manera de explicarle a los espectadores que el suceso de Enfield tuvo varios detractores.

Aprovechando que estamos ante una secuela, el guion expande lo que habíamos visto en la entrega anterior, dándole una mayor importancia a quiénes son Ed y Lorraine Warren, mostrándonos algunos aspectos nuevos sobre sus vidas. En el cine de terror, los personajes son tan importantes como los sustos, ya que nuestra preocupación depende en gran medida del peligro al que ellos están expuestos. Si quienes aparecen en la pantalla nos dan lo mismo, entonces será difícil que podamos sentir una conexión personal con la obra. En este caso, la cinta se esfuerza por presentarnos tanto a los investigadores como a la familia que vive en la casa, siendo las relaciones humanas un pilar importante de la historia.

Por lo mismo, las consecuencias negativas de los sucesos paranormales que son narrados recaen en los propios personajes. Allí radica lo que está en juego. Una de las grandes fortalezas de la película, llegando a convertirse en un verdadero descubrimiento, es el trabajo de la actriz Madison Wolfe, quien pese a su corta edad logra entregar una interpretación de gran calidad. La mezcla de inocencia, fragilidad y perversión que transmite es totalmente convincente, llegando a recordar lo que hizo Linda Blair décadas atrás en The Exorcist (1973).

Con el fin de reforzar lo que se hizo en la cinta anterior, los sustos son aumentados en su escala e intensidad, pasando de sucesos bastante aterrizados a fenómenos más estrafalarios, como levitaciones y posesiones. Algo que me gustó de la primera película es que prefería la mesura durante gran parte del metraje, recurriendo a lo estrambótico durante el clímax. Que en The Conjuring 2 se opte por lo aparatoso termina distrayéndonos parcialmente de lo que ocurre, sobre todo con elementos como el “Hombre torcido”, la personificación de un juguete que está en la casa. El concepto mismo de esta criatura, sumado a unos efectos especiales mal logrados, hace que resulte difícil de tomar en serio. La ilusión de inmersión se ve interrumpida por cuestiones como esa, que nos recuerdan que solo estamos viendo una película.

Sin embargo, el trabajo de James Wan en la dirección permite perdonar ese y otros defectos, ya que vuelve a demostrar el buen manejo que tiene para asustar a través de un preciso uso del lenguaje cinematográfico. Los movimientos de cámara, la composición de los planos, el diseño de sonido, todo eso contribuye a crear una atmósfera tensa, que nos obliga a apretar los dientes por la posibilidad de que algo aparezca de entre las sombras. Pese a que se nota un mayor uso de jump scares en comparación con la cinta anterior, estos son precedidos por esa anticipación que hicieron de The Conjuring un exponente de gran calidad dentro del cine de terror. Así, el miedo se va acumulando por la espera, culminando con la aparición de lo que sea que se estaba escondiendo en la oscuridad.

Una de las mejores escenas de la cinta se basa en esta idea de aplazar algo para que seamos nosotros mismos quienes vayamos asustándonos por la eventualidad de que algo malo ocurrirá después. La secuencia involucra una simple pintura y una habitación entre penumbras, y las técnicas ocupadas por Wan son tan simples como efectivas. En un momento determinado, el único factor que ocupa el director es la iluminación del entorno, con la cámara en un rol muy acotado, limitándose a mostrar algo. Ante esto, es el espectador quien debe tratar de descifrar si está viendo la pintura o a un ente maligno, lo que está acompañado de la correspondiente incertidumbre de que suceda algo repentino. En un género donde cada año se estrenan obras que carecen de identidad propia, el estilo de James Wan le ha permitido tener una voz que lo diferencia del resto.

Algo que llama la atención de esta película es lo procristiano de su mensaje. No solo se puede ver en los símbolos religiosos utilizados y en el tipo de conflicto que aborda, donde se enfrentan la luz y la oscuridad, sino también en cómo se defiende a la familia tradicional. Mientras la fortaleza de Ed y Lorraine Warren es explicada por la buena relación matrimonial que tienen, los problemas de los Hodgson surgen cuando el padre de la familia se va de la casa. Para poder vencer a los demonios que los hostigan, los personajes deberán recuperar el cariño y el sentido de pertenencia como miembros de la familia. La presencia de Ed Warren viene a suplir temporalmente el rol de la figura paterna, mostrándolo incluso en una escena mientras repara el lavaplatos de la casa, mientras que en otra logra unir a los Hodgson a través de una versión de la canción “Can’t Help Falling in Love” de Elvis Presley.

Resulta curioso comparar este enfoque con el utilizado por The Witch (2015), donde fue el fanatismo religioso el que llevó a los protagonistas a la perdición, destruyendo a su familia desde adentro.

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