The Nice Guys (2016)

The_Nice_Guys-posterTras dirigir una superproducción como Iron Man 3 (2013), perteneciente al descomunal universo cinematográfico de Marvel, estudio que ha demostrado tener un gran control sobre los títulos que se estrenan bajo su alero, la que llegó a recaudar más de mil millones de dólares en la taquilla, el director y guionista Shane Black vuelve a sus raíces con la película The Nice Guys (Dos tipos peligrosos), un proyecto más mesurado con el que pudo tener un mayor grado de libertad artística. La cinta es una buddy cop movie, género que el mismo Black ayudó a perfeccionar gracias a los guiones de Lethal Weapon (1987) y The Last Boy Scout (1997), demostrando que su talento para contar este tipo de historias no ha desaparecido.

Los primeros minutos nos dejan en claro cuál es el tono y espíritu de la película. Durante esta especie de prólogo vemos a un niño que roba una revista pornográfica de la habitación de sus padres, y mientras la está hojeando, un automóvil se estrella contra su casa. Quien conduce el vehículo es nada menos que Misty Mountains (Murielle Telio), la misma modelo que aparece en la revista que estaba revisando el niño, un tipo de coincidencia que solo puede ocurrir en las obras de ficción, demostrando que la película no tiene problema alguno con reconocer su calidad de tal. En una movida que tiene algo de ironía e incluso de farsa, el accidente provoca que la modelo termine moribunda junto a su automóvil, desnuda, en la misma pose que aparece en la página central de la revista. Es un momento que nos introduce al humor negro que atraviesa la película, pero al mismo tiempo nos muestra la cuota de dignidad que se esconde en ella, cuando el niño decide cubrir el cuerpo de la mujer cuando oye las sirenas de las ambulancias y la policía.

Una introducción como esta puede resultar artificiosa, poco verosímil, pero al guion de la cinta no le interesa tanto la lógica de las situaciones narradas, ni qué las ocasiona, sino que probar si sus escenas resultan llamativas en sí mismas. The Nice Guys está llena de momentos entretenidos, alcanzando un ritmo sólido que no tiene tiempos muertos. Por lo mismo, si bien la trama gira en torno a una investigación, el foco de la obra no se encuentra sobre la resolución del misterio, sino que en la travesía que los protagonistas deben realizar y la forma en que sus vidas son cambiadas por ella. Algo que caracteriza a la filmografía de Shane Black es que los hechos narrados están al servicio de los personajes, ya que son ellos y sus interacciones los que conforman el corazón de sus películas.

En el centro de esta cinta se encuentran Jackson Healy (Russell Crowe) y Holland March (Ryan Gosling); el primero es un matón que es contratado para golpear a personas indeseables, mientras que el segundo es un torpe detective privado. Los caminos de ambos personajes se cruzan debido a una joven llamada Amelia (Margaret Qualley) que está desaparecida. Los protagonistas deberán trabajar juntos para descubrir su paradero, en una investigación que involucra a la industria del cine porno en la ciudad de Los Ángeles, el mercado automovilístico estadounidense, la contaminación y la corrupción política. Todo esto ambientado en 1977, lo que se nota en el vestuario y la música presentes en la película, lo que le otorga una clara identidad al relato.

Al ser una película de cine negro que transcurre en California durante la década de los 70, mostrando algunos de los rincones oscuros de la sociedad estadounidense, sobre todo de sus esferas más altas, The Nice Guys puede ser comparada con la cinta Inherent Vice (2014) de Paul Thomas Anderson. Sin embargo, y pese a compartir un cierto tono absurdo, la manera en que cada una de las obras aborda sus temas es distinta. Mientras la adaptación de la novela de Thomas Pynchon recure a una atmósfera opresiva, con el objeto de replicar la paranoia de su protagonista, creando además una narración brumosa, que tiende a divagar, la película de Black resulta más accesible y directa. Es recomendable tener una determinada predisposición para poder adentrarse en la cinta de Anderson, estar en el estado de ánimo correcto, lo que no es tan necesario en el caso de The Nice Guys.

Uno de los principales atractivos de la película es el trabajo de Crowe y Gosling. Aunque no son comediantes, el manejo que demuestran en las escenas humorísticas es indudable, existiendo una buena química entre ambos. La dinámica que se produce es parecida a la de Bud Abbott y Lou Costello, ocupando Gosling el papel del personaje ingenuo y torpe, mientras que Crowe asume el rol más serio. La relación entre ellos resulta orgánica, y pese a lo cuestionable que puede ser su comportamiento, como espectadores nos preocupamos por lo que les puede ocurrir, lo que es bastante importante en una película. Gosling llega incluso a crear unos momentos de humor físico muy efectivos, como la escena que está ambientada en un baño o aquella donde está buscando una pistola de tobillo.

Aunque son los actores más conocidos y el propio título de la película hace referencia a sus personajes, Crowe y Gosling no son el único foco de atención de la cinta. Una de sus grandes sorpresas es la joven actriz Angourie Rice, que interpreta a Holly, la hija de March. Incluir a un niño en una cinta como esta, donde la violencia y el humor negro son tan importantes, puede ser arriesgado, ya que puede infantilizar la historia o hacerla sosa. Sin embargo, Rice actúa como un gran complemento para el trabajo de los actores adultos, funcionando en ocasiones como la voz de la razón en medio del caos y teniendo también sus propios momentos en los que puede brillar.

El humor que predomina en la cinta no le impide entregar algunas reflexiones más profundas, mostrando la decadencia del Estados Unidos de los años 70 y la forma en que la corrupción política logra triunfar pese a todo. Aunque no es una obra grandiosa ni imprescindible, The Nice Guys es entretenida dentro de sus propias reglas, sin querer ser algo que no es. Además, el hecho de que en la dirección esté alguien del talento de Shane Black le otorga a la película una habilidad técnica y artística que no habría tenido en manos de un cineasta común y corriente. Al haber sido hecha por un director que viene trabajando en el género de la acción por décadas, la historia narrada cuenta con esa virtud que Hermes el Sabio describió como “lo análogo”. Las situaciones mostradas son reales, tangibles, y por lo mismo se sienten cercanas. Creemos en el peligro que asecha a los protagonistas precisamente por lo acotado que es. No hace falta un ejército de criaturas digitales ni batallas épicas para que nos preocupemos por lo que ocurre en la pantalla. Al ser un cineasta de la vieja escuela, el acento está puesto sobre lo humano.

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