Neruda (2016)

Neruda-posterLas películas que giran en torno a algún personaje histórico tienden a estar expuestas a dos grandes riesgos. Primero, el deseo de querer abarcar demasiado, narrando la vida completa de aquella persona, desde su nacimiento hasta su muerte, centrándose en sus hitos más importantes y superficiales, haciendo que el relato se asemeje más a un libro escolar. Y en segundo lugar, tener una aproximación excesivamente reverencial hacia el individuo retratado, lo que limita a la obra a lo políticamente correcto, sin arriesgarse demasiado, dando como resultado una cinta estéril, que cumple con lo mínimo. Neruda, la nueva película de Pablo Larraín, evita esos dos errores, creando un relato con personalidad y vida propia.

Para un personaje de la talla de Pablo Neruda, premio Nobel de literatura y probablemente uno de los escritores chilenos más conocidos en el extranjero, la tentación de hacer una película biográfica más tradicional debe ser grande, pero Larraín optó por un acercamiento más específico. La trama se centra en un periodo bastante particular de su vida, algunos años después de la Segunda Guerra Mundial, durante la presidencia de Gabriel González Videla, quien motivado por la influencia de Estados Unidos emprendió una persecución en contra del Partido Comunista de Chile y sus militantes, incluido el entonces senador Neruda (Luis Gnecco). Prófugo de las autoridades, el protagonista se esconde en casas de amigos e intenta hacer lo posible por escapar del país, pero sus movimientos son seguidos muy de cerca por el policía Óscar Peluchonneau (Gael García Bernal).

Aunque está protagonizada por un personaje que realmente existió y se encuentra ambientada en una época determinada, la película no permite que la precisión histórica limite sus decisiones autorales, prefiriendo en más de alguna ocasión privilegiar la libertad artística por sobre la “veracidad”. Esto puede incomodar a las personas que pretenden que las obras basadas en elementos históricos se sujeten de forma rigurosa a los sucesos reales –ya han surgido algunas cartas denunciando las supuestas inconsistencias, como las de Jaime Ferrer, Raúl Bulnes, Miguel Saralegui y Víctor Pey-, pero no se le puede reprochar a la obra aquello que no estaba dentro de sus objetivos. Es como criticar un comentario sarcástico por no ser respetuoso; eso es precisamente lo que busca ser. Neruda no pretende proyectar una imagen de precisión histórica, sino que crear algo lúdico, cuestionador.

Larraín juega con los límites de la realidad y la ficción para construir una película donde las percepciones y las apariencias tienen un rol importante. Más que girar en torno al Pablo Neruda auténtico, lo que la cinta busca es explorar la imagen que se tiene de él. Un elemento recurrente de esta obra es la idea del poeta como un romántico empalagoso, idea que es detestada por el mismo protagonista, quien en más de una escena se ve presionado a entonar su famoso “Poema 20”. Una de las facetas de Neruda que la película quiere destacar es la política, aquella que lo llevó a distribuir desde la clandestinidad poemas de resistencia, textos que posteriormente sirvieron como base para su Canto General.

El retrato que la película va dibujando de Neruda no está exento de ironía e incluso de farsa, riéndose de ciertas contradicciones presentes en el personaje, como el hecho de que su ideología marxista se contrapusiera tanto con sus gustos burgueses o con su participación dentro de los círculos intelectuales de la elite chilena. Se produce también un contraste entre la situación del protagonista, un escritor famoso que además era senador, con la de los militantes comunes y corrientes del Partido Comunista, que eran transportados a centros de detención sin la publicidad ni el despliegue policial que requirió la persecución del protagonista. La caracterización del poeta es rematada con su presentación como un egocéntrico y mujeriego asiduo a los prostíbulos, lo que refuerza el hecho de que no estamos ante la versión glamorosa que probablemente se habría entregado si se hubiese optado por un camino más convencional al momento de crear esta obra.

Una de las principales muestras de que la película no tiene miedo de transformar la realidad con fines narrativos es Óscar Peluchonneau, el policía a cargo de atrapar al protagonista. Aunque su nombre es el de una persona real, las características del personaje fueron creadas en su mayoría para la cinta, sirviendo como contrapunto para el poeta y haciendo que la relación entre ambos se convierta en la columna vertebral de la obra. A través del vínculo perseguidor-presa que se forma entre ellos, y la dependencia que de él surge, la obra nos muestra que la existencia de Peluchonneau se encuentra íntimamente ligada a la de Neruda. El policía es definido por su función, y por lo mismo se encuentra en una posición de desventaja respecto del escritor, que es capaz de brillar con luz propia. La mezcla de envidia, rencor y atracción que transmite Peluchonneau hace recordar a películas como Amadeus (1984) de Milos Forman o Catch Me If You Can (2002) de Steven Spielberg.

La identificación de Peluchonneau con su trabajo es tal que su apellido hace referencia a la institución a la que pertenece. Sin padre conocido, el policía adopta el apellido de uno de los próceres de la organización, aunque con esto sus problemas de identidad no desaparecen. El personaje se encuentra en una constante búsqueda de sentido para su vida, lo que transforma a la persecución de Neruda en algo más trascendente que una simple tarea policial. A la larga, ambos protagonistas son conscientes del vínculo que los une, llegando incluso a producirse una muestra de estima entre ellos. Peluchonneau es un personaje complejo, hasta contradictorio, que a veces puede ser el blanco de burlas y en otros momentos genera empatía en el espectador, alcanzando algunos tintes trágicos.

No solo los protagonistas tienen la oportunidad de brillar, ya que hay algunas participaciones breves que son capaces de crear una impresión memorable. Está, por ejemplo, la actriz Amparo Noguera, que interpreta a una militante comunista que en una escena explica con frustración cómo dentro de un partido político que aboga por la igualdad existen categorías entre sus miembros, estando Pablo Neruda dentro de la más privilegiada. También es necesario destacar la labor de Roberto Farías, que da vida a un cantante travesti que trabaja en un prostíbulo, entregando un monólogo que es honesto y emotivo, el que es rematado con un efectivo chiste que resalta el tono tragicómico de la película.

A través de la narración de Gael García Bernal (que logra camuflar bien su acento mexicano por uno chileno) y la utilización de un montaje que en ocasiones es poco convencional, la cinta logra crear una atmósfera subjetiva, que no quiere hacerse pasar por una versión definitiva ni oficial del poeta, sino que como una interpretación particular de su figura. Esto es también reforzado por la fotografía de Sergio Armstrong, quien recurre a una luminosidad más notoria que en los anteriores trabajos de Larraín, utilizando además una coloración algo lila, con tonos brillosos y ligeramente difusos, como si se tratase de una foto que se ha ido gastando con el tiempo. La huella de la personalidad del director se siente a lo largo del metraje, lo que hace innecesarias las críticas a una supuesta falta de veracidad histórica.

Algo que demuestra Neruda es lo bien que le hace a Pablo Larraín variar el tono siniestro de su filmografía para darle espacio a momentos más distendidos, como ocurrió en No (2012), una de sus mejores películas. Y no solo eso, ya que a diferencia de El club (2015), que tenía algunos ripios en términos narrativos y ciertos elementos que no se relacionaban muy bien del todo, en esta película se nota una mayor cohesión y un mejor manejo del relato.

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2 pensamientos en “Neruda (2016)

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