Green Room (2015)

Green_Room-posterEl primer largometraje de Jeremy Saulnier, Murder Party (2007), pasó casi desapercibido para el público y para el círculo de los críticos de cine. Esto provocó que transcurrieran más de seis años para que estrenara una nueva cinta, la que financió con la ayuda de Kickstarter y cuyas restricciones presupuestarias lo llevaron a ocupar su propia casa para filmar algunas escenas. A diferencia de su primer trabajo, Blue Ruin (2013) si captó la atención de los críticos, recibiendo varios elogios y reconocimientos. A pesar del riesgo de fracasar, su apuesta dio frutos y Saulnier -uno de los directores estadounidenses más prometedores en la actualidad- pudo seguir su carrera. Eso permitió que estrene un par de años después la cinta Green Room, con un mayor presupuesto y exposición que los de sus proyectos previos.

Esta película todavía cuenta con la participación del actor Macon Blair, amigo de la infancia de Saulnier que ha aparecido en sus tres largometrajes, pero el director tuvo además la oportunidad de trabajar con intérpretes más conocidos. Así, el reparto está conformado por nombres como Anton Yelchin (Chekov en el reboot cinematográfico de Star Trek), Alia Shawkat (de la serie Arrested Development) e Imogen Poots (28 Weeks Later). Pero el actor que más destaca dentro del elenco, por la extensa trayectoria que ha tenido y por lo poco común que resulta verlo en un papel de villano, es Patrick Stewart, quien encarna a la principal amenaza de los protagonistas con calculadora frialdad.

La trama gira en torno a una banda de punk rock llamada Ain’t Rights, compuesta por Pat (Yelchin), Sam (Shawkat), Reece (Joe Cole) y Tiger (Callum Turner). El grupo, que no cree en la presencia en redes sociales ya que le resta autenticidad al tipo de música que tocan, se encuentra en una gira que no ha sido demasiado exitosa en términos económicos, debiendo robar combustible de vehículos que encuentran estacionados y a comer lo que esté a su alcance. La posibilidad de obtener dinero los lleva a presentarse en un recinto lleno de neo-nazis y supremacistas blancos, en una zona rural de Oregon. Si bien los roces ideológicos son palpables desde el inicio, cuando la banda decide tocar un cover de la canción “Nazi Punks Fuck Off” de Dead Kennedys, la respuesta no va más allá de unos botellazos lanzados desde la multitud.

El verdadero problema surge después, cuando Pat descubre sin querer a la víctima de un asesinato y decide alertar a la policía. Esto lleva a los encargados del recinto a quitarles los teléfonos a los miembros de la banda y a encerrarlos en una habitación para poder controlar la situación. Los jóvenes, que se encuentran allí junto a una testigo del crimen, Amber (Poots), son vigilados por Big Justin (Eric Edelstein), un skinhead que los mantiene a raya con una pistola. Los nazis les aseguran que todo esto tiene fines de seguridad mientras esperan a la policía, pero los protagonistas no tardan en descubrir que el objetivo del dueño del lugar, Darcy Banker (Stewart), es mucho más siniestro.

Lo que ocurre a partir de ahí es una historia de sobrevivencia que forma parte de aquella tradición cinematográfica de películas de asedio donde un grupo de personajes debe resistir el ataque de un peligro externo. Saulnier no rehúye de los lazos que su obra posee con los géneros del cine, mezclando elementos del thriller, la acción y el terror, a los que les entrega un toque personal. Las variaciones realizadas por el director no llegan al extremo de la deconstrucción ni la parodia, optando por cambios de menor envergadura que buscan evitar las conocidas fórmulas de esos géneros. Cuando creemos que la película va a seguir un determinado camino, Green Room nos lleva por otro. El carácter impredecible del relato también alcanza a las muertes de los personajes y el momento en el que ocurren, manteniendo al espectador en un constante estado de alerta.

De manera similar a Blue Ruin, donde el protagonista no encajaba dentro del arquetipo de héroe de acción que tiene todo bajo control, en esta película los miembros de la banda son gente común y corriente que se ve envuelta en una situación que escapa de lo ordinario. Por lo mismo, el pánico al que se ven enfrentados los lleva en más de una ocasión a cometer errores que poseen graves consecuencias. Hay ocasiones en las que demuestran una mayor inventiva, aprovechando los elementos que tienen a su alcance, pero nunca se transforman en máquinas de matar, ya que el peligro de equivocarse siempre está allí. Esto le entrega una dimensión más creíble y cercana a la obra, haciendo que los espectadores se identifiquen de inmediato con ellos.

Algo que la cinta logra muy bien es transmitir la naturaleza y extensión del peligro que asecha a los protagonistas. La audiencia tiene una noción más o menos acabada del recinto donde se encuentran encerrados y sus limitadas opciones de escape, así como del tipo de armas que poseen los nazis y la ventaja numérica que tienen a su favor. A medida que el relato avanza, somos conscientes de que el uso de armas de fuego es limitado porque la muerte de los jóvenes debe ser encubierta posteriormente, o que los perros ocupados por los nazis son sensibles a los ruidos fuertes. Incluso el número de cartuchos que tiene una escopeta llega a ser de gran importancia en una de las escenas, todo lo cual va produciendo que la acción mostrada en la pantalla resulte tangible y concreta.

También las consecuencias de los actos se sienten reales, reforzando la idea de que lo que se encuentra en juego es muy serio. Las heridas sufridas por los personajes –huesos rotos, cortes, disparos- son mostradas de manera gráfica, pero sin caer en el sensacionalismo ni en el sadismo de un director como Eli Roth. Lo que se busca con esos momentos es transmitir la gravedad de lo que está sucediendo, con una crudeza que puede llegar a sorprender incluso a quienes están acostumbrados al cine gore. Va a ser difícil olvidar esa imagen del brazo de uno de los protagonistas después de ser atacado brutalmente por sus captores. Como ocurría en Blue Ruin, la violencia en esta película no es idealizada, sino que es mostrada con toda su respectiva brutalidad.

El carácter visceral de la película hace que el énfasis se encuentre sobre lo inmediato, sobre una idea tan básica como sobrevivir. Por eso, no existen grandes reflexiones ni momentos de enorme introspección para sus personajes, quienes son caracterizados a través de nociones muy elementales, sin experimentar un desarrollo demasiado profundo. Esto no significa que la cinta carezca completamente de sustancia, ya que se pueden extraer de ella ciertas ideas en torno a la futilidad de la violencia como método de resolución de conflictos o la forma en que las personas se ven transformadas por ella.

El interés del director se encuentra, más que en lo que está diciendo, en la manera como lo dice. Por eso, el valor de Green Room está en la técnica, en la ejecución de la historia narrada, y por lo mismo no será incluida en listas de las películas más trascendentes ni importantes de todos los tiempos, pero no se pueden desconocer sus méritos. Esta obra es una confirmación del talento de Saulnier y permite que nos entusiasmemos por lo que pueda entregar en el futuro.

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2 pensamientos en “Green Room (2015)

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