Aquí no ha pasado nada (2016)

aqui-no-ha-pasado-nada_posterEl caso de Martín Larraín estuvo durante meses en los medios de comunicación, y no fue para menos. Que el hijo de un senador de la república haya participado directamente en un accidente automovilístico donde un peatón murió, probablemente conduciendo bajo los efectos del alcohol, y que la investigación haya estado constantemente cuestionada por sospechas sobre la influencia que una familia de ese poder tiene sobre las instituciones, es algo de interés público. Aún así, y pese a lo importante que fue el suceso, que solo un par de años después el director Alejandro Fernández Almendras anunciara que iba a filmar una película inspirada por el caso levantó algunas dudas. ¿El resultado sería solo un ejercicio circunstancial o tendría la capacidad de trascender ese hecho específico?

Afortunadamente, Aquí no ha pasado nada logra explorar temas más generales que los ocurridos ese día, utilizando esa situación en particular para entregarnos una especie de radiografía del Chile actual y la forma en que funciona. Más allá de las circunstancias materiales que rodearon el atropello, lo relevante es la manera en que se lidió con sus consecuencias y cómo ciertas personas fueron capaces de eludir su responsabilidad gracias al lugar del que provienen. Debido a eso, la cinta evita restringir su enfoque, permitiendo una mirada más profunda de la que podría haber sugerido a priori. En un país con los niveles de desigualdad que existen acá, una obra como esta es necesaria ya que plantea cuestiones que son fundamentales para entender lo que ocurre en él.

Una de las decisiones que llama la atención de la película es que su protagonista no es el personaje inspirado en Martín Larraín –que en la cinta es conocido como Manuel Larrea (Samuel Landea)- sino que uno de sus amigos, Vicente (Agustín Silva). Se trata de un joven de clase alta que está vacacionando en la zona de Zapallar y cuya única preocupación durante esos días es encontrar alguna fiesta a la cual ir. Tras conocer a Francisca (Geraldine Neary) y a Ana (Isabella Costa) en la playa, Vicente decide acompañarlas a la casa de un amigo, donde se une a un grupo de jóvenes igual o más adinerados que él y con quienes decide compartir durante esa noche. La mezcla de alcohol, desenfreno e imprudencia termina en tragedia cuando en medio de la noche el vehículo en el que iban viajando atropella a una persona que caminaba al costado de la carretera, matándolo.

Que Manuel no sea el protagonista de la película se justifica más adelante, ya que si bien Vicente no iba manejando el auto, es él quien es apuntado por el resto de los jóvenes como el autor del crimen. Nosotros como espectadores sabemos que el protagonista no participó activamente en el hecho, y él mismo alega su inocencia ante quienes se lo preguntan, pero uno de los puntos que explica la cinta es precisamente la diferencia que existe entre la verdad real y la procesal, o, en otras palabras, entre la verdad material y la formal. No es importante lo que haya existido realmente, sino aquello que se puede acreditar a través de las pruebas disponibles. A falta de un chivo expiatorio que asuma la responsabilidad del grupo, Vicente surge como la opción más viable. En un mundo donde el dinero y el poder lo es todo, su familia no es capaz de competir en el mismo nivel que los Larrea.

Las diferencias entre la verdad material y la formal son desarrolladas en una buena escena donde el abogado de la familia Larrea (Luis Gnecco) se encuentra con Vicente en la playa. Los diálogos, así como la actuación magnética de Gnecco, hacen que el momento destaque pese a la simpleza con la que es filmado, ya que nos adentra en la lógica que mueve a estas personas. Ideas como la justicia, el honor, el mal menor y el instinto de conservación son sopesadas en la historia que narra el abogado, donde queda claro que para él lo más importante es el resultado que se obtenga, aunque implique utilizar medios poco éticos.

Debido al ambiente socioeconómico acomodado en el que se desenvuelve Vicente, además de su vida carente de preocupaciones y obstáculos, resulta difícil sentir mucha empatía por el protagonista durante los primeros minutos de la cinta. Esto cambia una vez que ocurre el atropello y es acusado por los demás involucrados de haber estado manejando el vehículo, ya que las injusticias hacen que nos pongamos de lado de quien las sufre, aún cuando esa persona no sea del todo intachable. Sin embargo, la injusticia puede actuar en ambas direcciones, lo que se nota cuando se da a conocer la condena a la que es sometido el protagonista. Acusado erróneamente y todo, la sanción que termina recibiendo Vicente es mucho menor que la que habría recibido alguien que pertenece a un sector menos privilegiado, lo que aumenta la ambivalencia moral del asunto.

El primer tercio del metraje transmite la energía de las fiestas a las que va Vicente, con una predominancia de primeros planos y cámara al hombro que da como resultado unas imágenes que resultan cercanas, como si estuviésemos ahí junto a él. Fernández Almendras cambia el estilo una vez que la historia se vuelve más seria, recurriendo a planos generales y a una cámara que prefiere moverse solo lo estrictamente necesario. En términos generales, la película posee una importante cuota de verosimilitud, con diálogos que resultan naturales y actuaciones medidas. Creemos que lo que estamos viendo es un fiel reflejo de ese sector de la sociedad, lo que ayuda a que nos sumerjamos en la atmósfera creada.

El entorno donde transcurre la trama es representado con llamativa honestidad. Es un círculo social donde sus miembros van al mismo tipo de colegios, son compañeros de universidad, se casan entre sí y comparten amigos en común sin saberlo. Los personajes jóvenes son movidos por la frivolidad y demuestran un claro descuido por aquello que los rodea. No estoy seguro de si fue una decisión consciente del director, pero las figuras paternas se encuentran notoriamente ausentes del relato, con el padre senador de Manuel actuando como una imponente presencia invisible que es referida pero no mostrada, y el de Vicente reemplazado por su abogado defensor (Alejandro Goic), quien incluso almuerza en su casa junto a él y su madre.

Como los anteriores trabajos de Fernández Almendras se caracterizaban por girar en torno a sectores marginales de la sociedad, ambientados en la vida rural o en los barrios de la periferia, resulta natural preguntarnos cuál es el lugar que ocupa Aquí no ha pasado nada en su filmografía. Más que un cambio de enfoque, la cinta es una extensión del interés que había demostrado en sus primeros largometrajes. A simple vista, la historia de Vicente y lo que le ocurre esa noche de verano muestra un mundo diferente al que había explorado antes del director en obras como Matar a un hombre (2014), pero si miramos con detención podremos ver que la película no solo retrata a la clase alta chilena, sino que también presenta cómo se relaciona con el resto de los segmentos de la sociedad.

La presencia de aquellas personas menos aventajadas es sutil, pero tiene una importancia primordial. Está en la propia figura de la víctima del atropello, que es mostrada solo cuando los médicos forenses suben su cadáver a una ambulancia. También está representada por el cuidador de los fuegos artificiales que el protagonista y sus amigos roban para satisfacer su ocio superfluo, y en las múltiples asesoras del hogar que con sus uniformes que tienen por objeto diferenciarlas de las personas que viven en esas casas, deben limpiar aquello que los hijos de sus patrones ensucian. No debe ser casual que la última imagen de la película sea la de una nana haciéndose cargo del desorden de un asado.

Mientras Vicente y sus amigos eluden la responsabilidad de sus actos, son estos personajes secundarios, muchos de ellos anónimos, los que tienen que lidiar con los efectos colaterales de lo que hacen.

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