Don’t Breathe (2016)

dont_breathe-posterCuando el director uruguayo Fede Álvarez debutó en el cine estadounidense, el desafío no era nada sencillo. No solo tuvo que pasar de hacer cortometrajes en su país natal a un largometraje en Hollywood, sino que abordó además la tarea de hacer un remake de una película de culto, que es idolatrada por sus fanáticos. El resultado fue Evil Dead (2013), la que si bien no llega al nivel de la original, logró un buen trabajo haciendo algo que era respetuoso con el material en el que estaba basada, creando al mismo tiempo un resultado propio. Con el éxito comercial alcanzado por la cinta, lo más fácil habría sido continuar el mismo camino, haciendo películas de terror donde el gore es el punto principal, pero Álvarez optó por probar algo distinto, acercándose más al área del thriller y reemplazando lo chocante por la tensión.

Producida nuevamente por Sam Raimi y Rob Tapert, y escrita una vez más con la colaboración de Rodo Sayagués, la película Don’t Breathe (No respires) muestra a tres jóvenes –Alex (Dylan Minnette), Rocky (Jane Levy) y Money (Daniel Zovatto)- que se dedican a entrar a casas desocupadas para robar. Alex, el miembro más íntegro del trío, es quien se consigue las llaves de los lugares, dado que su padre trabaja para la compañía de seguridad que instala las alarmas, y se encarga de planear cuidadosamente los robos, limitando el monto de lo que se llevan para que en el caso de ser atrapados la pena que obtengan no sea tan alta. Sin embargo, el método no resulta tan provechoso como desean sus compañeros, especialmente Rocky, quien vive en un hogar abusivo y necesita de manera urgente dinero para poder irse junto a su hermana menor a vivir en un lugar mejor.

La oportunidad de hacer un último gran robo se presenta cuando Money les informa de una casa donde vive un veterano (Stephen Lang) que supuestamente cuenta con una gran cantidad de dinero que recibió tras un acuerdo extrajudicial. El anciano vive casi como un ermitaño, en medio de un barrio destartalado, sin vecinos ni peligro de ser descubiertos por la policía. El hecho de que el dueño de la casa sea ciego parece reforzar la idea de que están ante una ocasión irrepetible de conseguir fácilmente un botín que solucione todos sus problemas. Pero lo que pensaban iba a ser algo sencillo se convierte en una pesadilla cuando descubren que el hombre estaba más preparado de lo que creían, lo que sumado a su paranoia y obsesión por la seguridad termina invirtiendo los roles iniciales.

Con una premisa tan simple como esa, la película no pretende entregar algo demasiado elevado en términos artísticos. La idea de que un grupo de ladrones es atormentado por un dueño de casa ciego con conocimientos militares puede incluso ser considerada básica en su sencillez, asemejándose a una cinta de serie B de los años 80. Lo que evita que estemos ante un producto desechable es la habilidad técnica con la que Álvarez y el resto de las personas involucradas construyen el relato, demostrando un acabado conocimiento del lenguaje cinematográfico. En manos de otro director, Don’t Breathe podría haber resultado en algo mediocre, prescindible, pero el uruguayo es capaz de destacarla de las películas promedio que se estrenan cada año.

Una de las grandes virtudes de la cinta es que desde el comienzo le entrega una idea general a la audiencia del entorno de la casa y los objetos que en ella se encuentran, para que sepamos con qué deberán lidiar sus personajes. Cuando los protagonistas entran al lugar, la cámara flota a través de sus habitaciones en una secuencia que hace recordar a Panic Room (2002) de David Fincher, demostrando la importancia de la geografía de la casa y permitiendo entender lo que ocurrirá en las escenas posteriores. El desarrollo de la trama depende de manera fundamental de los aspectos espaciales de ese lugar y de las herramientas que los personajes tienen a su alcance, haciendo que esta obra sea una recomendable acompañante de Green Room (2015) en un programa doble sobre historias ambientadas mayoritariamente en un espacio confinado.

La principal diferencia entre ambas obras es que en la película de Jeremy Saulnier los elementos centrales como la historia y los personajes eran despojados de elementos extra hasta quedar en un estado más elemental. Más allá de los nombres de los protagonistas y algunos rasgos básicos de personalidad, no es mucho lo que sabíamos de ellos, haciendo que el foco de la obra se encuentre más en la forma en la que ocurren las cosas que en el significado de ellas. En Don’t Breathe, en cambio, hay un claro esfuerzo por darle algo de sustancia a ciertos personajes, sobre todo a Rocky, aunque estos intentos no necesariamente terminan siendo naturales o incluso efectivos. En una escena la joven explica el significado de uno de sus tatuajes, el que está inspirado en algo que ocurrió cuando era niña; el momento tiene un objetivo evidente, que es entregarnos información acerca del personaje y de lo que siente, pero el diálogo expositivo es tan obvio en lo que busca transmitir que cuesta trabajo tomarlo en serio.

Aunque se recurre a algunos jump scares a lo largo del metraje, parte importante de la cinta son los momentos tensos, en los que no son los sobresaltos imprevistos los que asustan, sino que la anticipación de que algo malo va a ocurrir. Así, y utilizando la idea de que el dueño de casa es ciego, el diseño de sonido se convierte en la principal aliada del director, quien amplifica el ruido de los pasos, el crujir de la madera y –como señala el título de la película- la respiración de los ladrones para informarnos cuándo están cerca de ser descubiertos por el veterano. Una de las secuencias más destacables de la obra ocurre después de que el anciano corta la luz de su casa, para así poder aprovechar la ventaja que tiene sobre los intrusos, secuencia donde la tensión es poderosa y visceral.

Además de sus méritos técnicos la obra cuenta con buenas actuaciones, sobre todo la de Stephen Lang, que le otorga una presencia muy importante al hombre ciego. El personaje no solo es capaz de intimidar con su contextura física y sus ojos destellantes en la oscuridad, sino también de transmitir un aire trágico, quebrado, que le da algo de humanidad. Lang pasa gran parte de la cinta sin decir muchas palabras, recurriendo al lenguaje corporal para transmitir lo que tiene que decir. Hay algo animalesco en sus manierismos, como los leves movimientos de cabeza que hace cuando quiere escuchar con más detención o detectar algún olor.

Otro de los aspectos que vale la pena mencionar de la cinta es su dimensión moral. Alfred Hitchcock sostenía que en los thrillers la solidaridad del público hacia determinados personajes dependerá del punto de vista desde el cual es contada la historia. El ejemplo que daba era el de una persona que registra los cajones en una habitación ajena, y cuando se muestra que el dueño de casa está subiendo las escaleras, el pensamiento de la audiencia estará de parte del primer personaje, deseando que no sea atrapado. Esta regla también es aplicada en Don’t Breathe, donde el relato es contado desde la perspectiva de los ladrones y no de la víctima, a quien ni siquiera se le asigna un nombre propio (en los créditos es referido como “The Blind Man”). Debido a esto, y a que conocemos las motivaciones de los jóvenes, se crea un curioso efecto en el que estamos más de parte de los intrusos en vez del hombre ciego que está siendo robado.

Pero la situación no es tan tajante en términos morales, ya que también hay rasgos de los jóvenes que nos impiden verlos como los héroes de la historia. Si bien su actuar es motivado por necesidades económicas, hay algo en el hecho de entrar a la casa de un anciano ciego, claramente atormentado por su pasado, que levanta más de alguna duda en relación a quién de ellos debemos apoyar. Se trata de un dilema pantanoso e interesante, que contribuye a la sensación de intranquilidad que se extiende a lo largo del metraje. Y el guion no se conforma solo con eso, sino que decide introducir durante su último tercio un giro adicional al mostrarnos un oscuro secreto que esconde el dueño de casa.

La revelación resulta desconcertante, y debido a la naturaleza de la misma, el relato adquiere de repente una perspectiva más horrorosa, acercándose más a la lógica del cine de terror. Para algunas personas este cambio en el tono de la cinta puede llegar a descolocarlos, ya que se presentan ciertos elementos que requieren una mayor suspensión de la incredulidad, pasando desde un relato que parecía aterrizado a uno más cinematográfico, pero en mi caso la brusca transición no me distrajo. Y lo retorcido de la sorpresa no termina ahí, ya que hay incluso una revelación adicional que acrecienta el horror que habíamos sentido la primera vez. Uno se siente repugnado por lo grotesco que es, pero al mismo tiempo hay una fascinación morbosa por lo que está ocurriendo en la pantalla.

Durante sus últimos minutos, la película recurre a algunos finales falsos, en los que parece que la historia va a terminar pero posteriormente se agregan escenas adicionales. Creo que este recurso le quita algo de fuerza a la conclusión, ya que hay varias ocasiones en las que podría haber terminado de manera abrupta, recurriendo a un desenlace pesimista, como un golpe en el estómago, pero se opta por algo más elaborado. En la película no hay fantasmas ni cuestiones sobre naturales, dejando que sea lo tangible (las vías de escape, el número de armas, la presencia de un violento perro) aquello que vaya determinando lo que puede y no puede ocurrir. Hay un par de lagunas lógicas, pero por lo general el desarrollo de la trama ocurre de manera fluida, sin mayores sobresaltos. Don’t Breathe es una obra que excede los desafíos que se impone a sí misma, creando una experiencia intensa y brutal, cuyos 88 minutos de duración casi ni se sienten.

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