Hunt for the Wilderpeople (2016)

hunt_for_the_wilderpeople-posterAunque su cortometraje Two Cars, One Night (2004) fue nominado a un premio Óscar, y su película Boy (2011) se convirtió en la más taquillera en la historia de Nueva Zelanda, el director Taika Waititi alcanzó su mayor popularidad en el resto del mundo solo hace un par de años, cuando estrenó What We Do in the Shadows (2014). La comedia contada a modo de falso documental acerca de un grupo de vampiros, que dirigió y protagonizó junto a Jemaine Clement (del dúo musical Flight of the Conchords), fue acumulando adeptos gracias a las recomendaciones y al boca a boca, llegando a convertirse en una obra casi de culto. Y si quedaban dudas acerca del renombre que ha ido alcanzando el director, tiempo después se confirmó que dirigiría Thor: Ragnarok, la nueva entrega del universo cinematográfico de Marvel, a estrenarse el próximo año.

Entre medio, Waititi hizo otra película, Hunt for the Wilderpople, que está basada en la novela Wild Pork and Watercress de Barry Crump. Con su escala modesta y pocos personajes, el título corre el riesgo de convertirse en una obra de transición, por estar ubicada después de la película que hizo famoso a su director y antes de su debut en Hollywood con un enorme blockbuster. Al no ser una película-hito dentro de la carrera del cineasta, se encuentra eclipsada por aquellas que la rodean, lo que es injusto, ya que se trata de una buena cinta que tiene méritos propios para brillar por sí sola. Es una de esas obras que sirven para demostrar la consolidación del estilo de su autor y el talento que tiene para contar historias.

La película es protagonizada por Ricky Baker (Julian Dennison), un problemático adolescente que ha pasado gran parte de su infancia viviendo en hogares de acogida. Cuando las opciones escasean y el siguiente paso es el reformatorio, el joven es trasladado a una casa en medio de la nada, donde viven Bella (Rima Te Wiata) y su hosco marido Hec (Sam Neill). Mientras Bella recibe a Ricky con cariño y tolerancia, Hec se muestra más reacio a la llegada del adolescente, quien por su parte tampoco está muy contento de vivir lejos de la ciudad, intentando escapar del lugar en su primera noche. Pero con el paso del tiempo el protagonista se acostumbra a la idea de una vida de campo, cerca de la naturaleza, llegando a considerar a Bella como la figura materna que nunca tuvo.

Sin embargo, una repentina desgracia separa a Ricky de Bella y lo expone a tener que volver al sistema de protección infantil, posiblemente al temido reformatorio. El joven decide huir al bosque para que no lo encuentren, pero Hec lo alcanza y le ordena regresar. Un accidente que fractura su pierna le impide a Hec volver con el adolescente ante las autoridades a tiempo, lo que sumado a un malentendido hace que ambos personajes se transformen en fugitivos a ojos de la policía. A partir de aquel momento se inicia una larga búsqueda a través de las montañas y los bosques, en la que Hec y Ricky tendrán que dejar de lado sus diferencias para trabajar juntos, sobrevivir y salir de este problema.

No es difícil detectar los lugares comunes presentes en la historia. El niño problema que no ha sido tratado con el afecto necesario y que descubre a una familia que finalmente lo acepta, el anciano malhumorado que se ve obligado a colaborar con alguien completamente opuesto a él, son ideas que han sido exploradas por varias películas antes. Lo importante, más que la originalidad de los elementos presentes en la trama, es la forma en que éstos son desarrollados, y es ahí donde Taika Waititi demuestra su talento. Para que el viaje que emprenden Ricky y Hec sea llamativo y como espectadores nos podamos identificar con lo que hacen, es necesario que los personajes se sientan reales. La dinámica que se produce entre ellos resulta creíble, y el guion les da el espacio suficiente para que puedan interactuar.

A esto también contribuye el trabajo de los actores, como Sam Neill, que logra uno de sus mejores roles en años. Neill parece casi irreconocible con su barba descuidada y la forma en que su rostro manifiesta el paso del tiempo y las inclemencias del clima, adquiriendo un aire severo que ayuda a darle forma a Hec. Julian Dennison, por su parte, es una revelación, gracias a un carisma magnético y a su buen sentido del humor. La química entre ambos es uno de los principales pilares de la cinta, lo que permite que sus escenas sean entretenidas por si solas, en base a las interacciones que tienen. Pese a algunos diálogos que parecen algo artificiosos, como ciertas líneas de Ricky que se nota fueron escritas por un adulto y no pensadas por un niño, la relación entre los personajes fluye con naturalidad.

La mano de Waititi se nota también en el estilo utilizado, el que le da un aire característico al resultado final. El humor recurre a la ironía y a los diálogos absurdos, como el sermón que el propio director hace en una escena de la película mientras interpreta a un sacerdote. La historia se encuentra dividida en capítulos, como si se tratara de un libro, y en términos estéticos hay algunas citas al excéntrico trabajo de Wes Anderson. La influencia del director oriundo de Texas emparenta a Taika Waititi con Richard Ayoade, otro cineasta que ha ocupado el estilo de Anderson para construir uno propio. Hunt for the Wilderpeople comparte una cierta sensibilidad con otras comedias indies de la última década como Little Miss Sunshine (2006) y The Kings of Summer (2013), aunque siempre tratando de entregar una visión personal.

Debido a sus raíces maoríes, el director ha incluido personajes de esa comunidad dentro de sus películas, lo que también se cumple en esta obra. Esa inclusión, sin embargo, hace todo lo posible por evitar cualquier estereotipo con el que tradicionalmente son representados los miembros de las etnias originarias, como el excesivo misticismo. Waititi reconoce la importancia de la representación dentro del cine y el arte en general, pero cuidando que dichas personas no sean tratadas como bichos raros, sino que como cualquier otro personaje. Ricky es de ascendencia maorí, al igual que un par de personas que encuentra en su aventura, pero no están definidos completamente por su etnia, sino que tienen sus propias personalidades y formas de ser, siendo su ascendencia solo un aspecto más de quienes son.

La habilidad de Waititi para contar historias se nota en cómo logra combinar comedia y drama. La transición de una a otra no es forzada, operando como un equilibrio necesario entre ambas emociones. Los momentos más serios le dan un peso importante al relato, volviéndolo trascendente. Es cierto que hay elementos que hemos visto antes, y un desenlace que puede llegar a ser predecible, pero no se puede negar que la película tiene corazón, algo que lamentablemente no se ve muy seguido en el cine actual. Su director cree en lo que está contando y se nota.

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  1. Pingback: Thor: Ragnarok (2017) – sin sentido

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