The Neon Demon (2016)

the_neon_demon-posterExisten directores de cine que aspiran a la autenticidad, a lograr un aspecto naturalista en sus películas que sea capaz de capturar la realidad lo más fielmente posible. Otros, en cambio, prefieren crear sus propias realidades, enfatizando ciertos aspectos estéticos del mundo en el que están ambientadas sus obras, para que el resultado sea distinto al ambiente donde nosotros mismos vivimos. En el caso del cineasta danés Nicolas Winding Refn, su carrera no ha optado en términos absolutos por una sola de estas perspectivas, sino que a lo largo de las dos décadas que viene haciendo películas ha evolucionado, pasando desde una visión naturalista a otra más estilizada.

Sus primeros trabajos, especialmente Pusher (1996), intentaban emular de forma genuina las situaciones narradas, llegando incluso a contratar a verdaderos delincuentes para roles menores en aquel largometraje debut. Con el estreno de Bronson (2008), cinta que le entregaba una especial atención a los aspectos psicológicos de su protagonista, el director dio un claro paso en dirección hacia un estilo más elaborado, lo que fue corroborado posteriormente por obras como Drive (2011) y Only God Forgives (2013). La combinación de diseño  de producción, fotografía y banda sonora crean una apariencia que destaca a sus trabajos de los de otros directores, dando forma a un estilo llamativo, que ha sido descrito por él como “realidad aumentada” (heightened reality).

En su nueva película, The Neon Demon, Winding Refn continúa cultivando la estética que lo ha llevado a la fama, a través de una historia donde el aspecto visual es primordial. El cineasta ha sido tildado por algunos de privilegiar demasiado el estilo por sobre la sustancia, y si bien eso es cierto respecto de algunas de sus obras, como Only God Forgives, en su última cinta se nota que hay algo que decir. La película está ambientada en la ciudad de Los Ángeles, y sigue a una joven de 16 años llamada Jesse (Elle Fanning) que ha decidido iniciar una carrera como modelo. A lo largo del metraje irá aprendiendo cómo funciona esta industria y qué cosas deberá sacrificar para poder triunfar en un ambiente tan competitivo como ese. Entre las personas que la ayudarán se encuentra Ruby (Jena Malone), una maquilladora, pero también conocerá a gente que la ve como un peligro para sus propias carreras, como las modelos Gigi (Bella Heathcote) y Sarah (Abbey Lee).

De manera coherente con el mundo en el que transcurre el relato, la cinta demuestra una gran atención por lo visual, a través de una apariencia pulcra, elegante, donde priman las superficies lisas y brillantes. Salvo el motel de mala muerte donde Jesse se hospeda (el que es administrado por nada menos que Keanu Reeves), el resto de las locaciones de la obra corresponden a lugares más lujosos, los que entregan una imagen idealizada de Los Ángeles. Agencias de modelos, estudios de fotografía, restaurantes, pasarelas, mansiones, carreteras, van creando una idea de la ciudad y del mundo al que quiere pertenecer la protagonista. Como el mismo título indica, la iluminación también juega un rol fundamental en la atmósfera de la película, la que a través de diversos colores recargados va creando un estado de ánimo particular, una representación de lo que Jesse va sintiendo dentro de ella.

The Neon Demon va alternando entre realidad y fantasía, teniendo por un lado escenas que se encuentran instaladas en el mundo cotidiano, y por otro lado secuencias que tienden hacia lo onírico. Durante su última media hora, la película combina ambas visiones, a través de unas imágenes chocantes, hasta grotescas, que sirven como una manifestación extrema de aquellos males que se esconden bajo la reluciente superficie del mundo donde transcurre su historia. La industria de la moda es representada como un lugar despiadado, donde el valor de las personas es definido solo por su apariencia física, algo que además es muy efímero. Para poder alcanzar y mantener ese anhelado éxito, algunas modelos están dispuestas a hacer cualquier cosa.

Así, se va creando un poderoso contraste entre los impulsos más primitivos y violentos del ser humano, los que son mostrados de manera sangrienta hacia el final, en una especie de comportamiento tribal de los personajes, quienes se deshacen de sus máscaras para mostrar su verdadero ser, y el mundo artificial de la moda, que está basado en la superficialidad y que funciona gracias a la creación de necesidades vacías, carentes de sentido. Detrás del glamour que se busca transmitir a través de las fotografías y los desfiles de moda, el ambiente retratado en la cinta es tan o más salvaje que el de otras disciplinas. Si la comparamos con Maps to the Stars (2014), por ejemplo, la película de David Cronenberg sobre los turbios rincones de Hollywood, la obra de Winding Refn resulta más cautivante.

A diferencia de Only God Forgives, donde la narración era más difusa y el desarrollo de los personajes menos claro, en The Neon Demon podemos distinguir con más claridad la estructura y márgenes del relato. Esto la asemeja más a la cinta Drive, aunque posee un giro que la convierte en algo diferente, poco convencional. Mientras el protagonista de aquella película tenía un arco que terminaba humanizándolo, llegando incluso a sacrificarse a modo de redención, en esta obra la evolución de la protagonista sigue un camino opuesto. Cuando conocemos a Jesse, la vemos como una joven idealista, que se mudó a la gran ciudad con tal de cumplir sus sueños; para poder alcanzar su objetivo, el personaje debe dejar atrás su pureza e inocencia, ya que es la única manera de triunfar dentro de ese ambiente. Su desenlace no deviene en redención, sino que en desgracia, en mezquindad.

La historia se enmarca dentro de la fórmula del novato que comienza a desenvolverse dentro de una disciplina difícil, logrando poco a poco mayores éxitos, gozando así de un ascenso meteórico. Sin embargo, la particular evolución de Jesse como persona, sumado a las características nocivas del mundo en el que está inserta, hace que sus logros generen emociones contradictorias. Como espectadores, resulta difícil alegrarnos por sus triunfos si estos dependen de la opinión arbitraria de fotógrafos y diseñadores que solo están preocupados de su apariencia física. Hay además un componente tóxico en relación a la edad de la protagonista y la forma en que esas personas se comportan ante ella. Su éxito se debe en parte a la corta edad que representa, lo que lleva a los hombres mayores con los que interactúa a adoptar una actitud dominante, que roza lo abusivo.

Si bien comprendemos lo que atraviesa Jesse a lo largo de la trama, se produce una distancia entre el personaje y la audiencia. La fotografía a cargo de Natasha Braier tiende a ser fría, hasta impersonal, lo que nos lleva a conectar con la historia desde una perspectiva más intelectual que emotiva. Son pocos los detalles que conocemos de la vida de la protagonista antes de llegar a Los Ángeles, y lo que alcanzamos a saber de ella con posterioridad está íntimamente ligado a sus aspiraciones profesionales. Los personajes secundarios, por su parte, no llegan a ser más que personificaciones elementales de ideas específicas, lo que contribuye a aumentar la atmósfera indolente de la cinta. Al igual que las modelos de alta costura que aparecen en fotografías con rostros impasibles, la película presenta una belleza gélida, incluso hostil.

La sátira dirigida hacia la sociedad de consumo, el narcisismo y la superficialidad es evidente. Como una manera de subrayar esas ideas, el estilo visual ocupado en la obra también tiende hacia lo excesivo y refinado, adoptando los elementos de la industria que está retratando. Sus escenas tienen un ritmo pausado, lo que permite ir instalando una sensación de inquietud, la que termina explotando durante los últimos minutos con gran violencia. Si bien estas secuencias finales cumplen con su objetivo de ser chocantes, su exageración y carácter absurdo las hace difíciles de vincular con el resto de la película. Más que una transición desde la alta a la baja cultura, el clímax de la cinta parece una irrupción brusca de esta última, un choque que no deja sobrevivientes.

Su estreno en el festival de Cannes entregó reacciones divididas, algo que la propia película parece querer provocar. Si tenemos que reconocer algo de Nicolas Winding Refn es que sus obras son fieles a lo que piensa, sin comprometer su visión a lo que otras personas opinen. Aunque en términos de contenido The Neon Demon entrega reflexiones poco innovadoras e incluso obvias, sus virtudes estilísticas permiten suplir en parte esos puntos débiles. No estamos ante una película vacía, ni siquiera confusa en lo que quiere decir (varias de sus metáforas visuales vienen a confirmar cosas que ya sabíamos), pero si lacónica. La grandilocuencia de su estilo visual hace suponer algo más significativo que lo que terminamos obteniendo.

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