Elle (2016)

elle-posterLa carrera del director neerlandés Paul Verhoeven alcanzó notoriedad mundial gracias a su paso por Hollywood, experiencia que tuvo sus altos, con películas populares que mezclaban acción y ciencia ficción como RoboCop (1987) y Total Recall (1990), y bajos, como la criticada Showgirls (1995), que llegó a obtener siete premios Razzie. Tras el estreno de su último largometraje estadounidense, Hollow Man (2000), el cineasta regresó a Europa, donde la frecuencia de sus trabajos disminuyó, pero no su trascendencia. Esto se puede notar con Elle, su primera película hecha en idioma francés, que no solo fue seleccionada para participar en el festival de Cannes, sino que fue escogida por Francia para representar al país en los premios Óscar.

Esta película parte de manera chocante, primero con la pantalla en negro, mientras escuchamos los gritos desesperados de una mujer y los jadeos violentos de un hombre. La primera imagen que aparece no nos muestra de inmediato lo que está ocurriendo, sino que se centra en un gato que está siendo testigo del hecho. En un plano general posterior, donde se muestra a una mujer tendida sobre el suelo de su casa, con objetos rotos alrededor, se nos indica que acaba de ser violada. Su nombre es Michèle Leblanc (Isabelle Huppert) y es directora de un estudio dedicado a la creación de videojuegos, y la reacción que tiene ante el ataque que acaba de sufrir es tan sorprendente como el delito en sí. En vez de contactar a la policía y denunciar lo ocurrido, se dedica a limpiar el desorden provocado, botar la ropa que estaba vistiendo, y tomar un baño de tina, con una calma que desconcierta.

Dado que el atacante llevaba la cara cubierta, la película podría haber sido contada como un thriller dirigido a descubrir la identidad del intruso, pero se opta por un camino menos convencional. Aunque el misterio en relación a quién es esa persona sigue ahí, la cinta además se da el tiempo de mostrarnos el círculo cercano de Michèle, desde su labor en su trabajo hasta la forma en que interactúa con sus familiares y conocidos. La película adopta un enfoque casi tan desprendido como el de la propia protagonista, asemejándose más a un drama que a un thriller propiamente tal. En vez de definir a Michèle a partir de la violación que acaba de sufrir, el relato prefiere entregar una imagen más completa de ella, tanto en sus roles de madre, ex esposa, jefa y amante.

El ataque sufrido en su casa no es el único problema al que la protagonista se ve expuesta. El ambiente dentro de su trabajo no ha sido el mejor, llegando incluso a recibir videos humillantes que ocupan personajes del videojuego en el que está trabajando para burlarse de ella. Además, a medida que la cinta avanza descubrimos que su pasado familiar se vio manchado por unos crímenes horribles que ocurrieron algunas décadas atrás, crímenes que justamente han reflotado durante esos últimos días, convirtiéndola involuntariamente en el foco de atención de algunas personas. Tanto la violación sufrida como los videos de índole sexual recibidos pueden ser vistos como una reacción de estos crímenes, creando un hilo conductor entre cada uno de estos elementos, pero la verdad es más cruel. La motivación de dichos ataques no es una intrincada venganza, sino que simplemente un sentimiento de superioridad basado en razones de género.

En manos de otras personas, la historia podría haber tratado a su protagonista como una simple víctima, centrándose en la tragedia de lo que ha vivido, viéndola como un ser pasivo que solo se limita a resistir lo que la vida le arroja, o incluso como una heroína que responde al daño sufrido con un deseo de retribución, movida por un profundo deseo de venganza contra su victimario. Pero la película, que está basada en la novela Oh… de Philippe Djian, opta por transitar un camino mucho menos convencional. Cuando Michèle descubre la identidad del agresor, la cinta no se transforma en un relato de ajuste de cuentas, sino que el personaje principal continúa demostrando el mismo aire inquisidor y frío que había demostrado hasta aquel momento. La rabia que debería sentir la protagonista es reemplazada por una especie de extraña fascinación que nos termina descolocando, sin saber muy bien cómo reaccionar.

A esto también contribuye el hecho de que Michèle vive su sexualidad con atrevimiento, no solo manteniendo una relación secreta con el marido de su mejor amiga y compañera de trabajo, sino también intentando seducir a su atractivo vecino, que está casado con una católica devota. La película plantea unas complejas interrogantes en torno al consentimiento y sus límites, recurriendo a una ambigüedad moral que la hacen difícil de disfrutar, pero al mismo tiempo levanta admiración por su osadía. Verhoeven ha dicho que intentó hacer esta película en Estados Unidos, pero debido al tipo de temas que toca y la forma en que lo hace, ninguna actriz demostró real interés en el proyecto y tuvo problemas consiguiendo financiamiento.

La  poca convencionalidad de Elle impide que sea una experiencia fácil de digerir. Hay algunos momentos cómicos, pero no es una comedia, tiene elementos enigmáticos, pero no es un thriller. Juega con las preconcepciones de la audiencia y con las expectativas que tenemos, pero sin caer en la parodia. La turbiedad de los hechos narrados se extiende a la personalidad de la misma protagonista, quien dista de ser un modelo a seguir, por lo que no sabemos con certeza si debemos estar de su lado o no. La película está filmada de una manera sobria, utilizando una paleta de colores poco llamativa, y con una narración de ritmo pausado. La frialdad –podríamos decir incluso apatía- de Michèle se refleja de manera visual en la propia obra.

Quizás el estilo apagado y el enfoque distante de la película impidieron que me gustara demasiado. Las ideas que explora y los riesgos que asume son destacables, pero hay algo en ella que me impidió conectar con lo que cuenta. La reacción provocada por la obra resultó ser más intelectual que emocional, y eso impide muchas veces que una cinta resuene en uno después de verla. Puede que esto se deba también a mi experiencia previa con el cine de Paul Verhoeven, dado que las anteriores películas que he visto de él siempre contaban con una energía contagiante y una sátira mordaz. En Elle no estamos ante la burla venenosa de una obra como Starship Troopers (1997), que tuvo la genialidad de adaptar un libro de corte fascista precisamente para reírse del fascismo que pregonaba, sino que ante un ejercicio más sutil y oscuro.

Hay algunos elementos de esta cinta que apuntan a un fin satírico, como el videojuego en el que trabaja la protagonista, que tiene por objeto explotar la violencia y el sexo que habitualmente se critica de ese tipo de productos. Sin embargo, es un aspecto más bien aislado de la película, y no alcanza el grado de exageración de los videos informativos que aparecían en Starship Troopers. Si Verhoeven hubiese seguido el estilo más llamativo que ocupaba en el pasado, el resultado final de Elle se habría acercado más a una obra como Gone Girl (2014) de David Fincher, que exploraba las dinámicas de género y la sexualidad desde una perspectiva más pulp.

Después de ver Elle, aún no estoy seguro de qué es lo que quiere decir respecto de todos los temas que toca. Esto puede deberse a un aire enigmático que la obra busca alcanzar, o quizás a una falta de determinación (entendida no como una ausencia de osadía, que está claro que la película posee, sino que como una falta de precisión en los límites de sus ideas). Hay poco de donde “agarrarse”, por así decirlo. La ambigüedad no es negativa per se, ya que una película es capaz de potenciar otros de sus aspectos para ser fascinante. Una obra como Under the Skin (2013), por ejemplo, con su alto nivel de abstracción, aún así era capaz de cautivar gracias a una poderosa atmósfera que la hace memorable y evocadora. Creo que a Elle le falta ese tipo de impacto duradero.

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