American Honey (2016)

american_honey-posterLa trama de American Honey tiene como elemento importante una actividad bastante particular que personalmente no conocía. Se trata de las mag crews, unos grupos de jóvenes sin un hogar estable que recorren diversos puntos de Estados Unidos ganando dinero a través de la venta de suscripciones de revistas. De hecho, mientras veía la película pensé que esta idea había sido creada especialmente para la cinta, pero es en realidad una práctica que pese a la predominancia de los medios digitales es más común de lo que se cree. La directora británica Andrea Arnold tuvo la idea de hacer la película tras leer un artículo publicado en el New York Times que hablaba sobre el tema.

Arnold ha buscado transmitir una sensación de autenticidad con sus trabajos, algo que vuelve a repetir en esta obra. A modo de preparación, realizó varios viajes a través de las carreteras estadounidenses, durmiendo en moteles baratos y frecuentando aquellos lugares que los jóvenes pertenecientes a estos grupos frecuentan. Habló con varios de ellos para conocer cuál es su estilo de vida y qué cosas experimentan día a día. El afán de alcanzar esa cuota tan ansiada de realismo también se extiende a su forma de escoger a sus actores, siendo una parte importante del elenco de la película personas que no tenían mayor experiencia actoral. Esto incluye a la propia protagonista, interpretada por Sasha Lane, quien fue descubierta por Arnold mientras la joven estaba de vacaciones.

Si bien el aspecto de las mag crews es importante, no es el núcleo de la película, sino que está al servicio de lo realmente esencial en la obra, que es el viaje personal de su protagonista, Star (Lane). La actividad podría haber sido reemplazada por cualquier otra que tuviese características similares, ya que lo relevante es cómo aquella ocupación refleja lo que el personaje principal está viviendo. Los primeros minutos nos entregan un breve vistazo a la vida de Star, quien durante el día busca comida entre la basura para poder alimentar a su familia, debiendo aguantar además un trato abusivo y denigrante en su casa. Sin un futuro prometedor, la protagonista no lo piensa demasiado al momento de unirse a un grupo de jóvenes que recorren el país vendiendo suscripciones de revistas, ya que la actividad parece brindar esa libertad que ella tanto desea. Quien la convence de unirse al grupo es Jake (Shia LaBeouf), un talentoso vendedor, pero la líder del grupo, Krystal (Riley Keough), no le hará las cosas nada fáciles a Star.

Con una duración de más de dos horas y media, American Honey se da el tiempo de mostrarnos cómo la protagonista se adapta a su nuevo oficio, aprendiendo las reglas y condiciones que debe cumplir si quiere seguir trabajando junto a ellos, así como los trucos necesarios para poder vender las suscripciones de revistas. La trama de la película es bastante sencilla, ya que se limita a seguir a Star día a día, sin narrar grandes hitos o conflictos que podríamos encontrar en una cinta más convencional. Hay escenas que nos hacen anticipar momentos peligrosos para el personaje principal, pero éstas pasan a ser un episodio más dentro de su experiencia, en lugar de un capítulo definitorio dentro de su vida.

Gran parte de la película consiste en un seguimiento de las interacciones entre los personajes, transcurriendo varias de sus escenas en el interior del furgón en el que viajan, vehículo donde conversan o simplemente escuchan música. Estas secuencias logran crear un tono cotidiano, como si estuviésemos siendo testigos de una parte del día de un grupo de personajes que realmente existe dentro de ese mundo. Los diálogos se sienten naturales, al igual que las actuaciones, lo que contribuye a reforzar esa atmósfera espontánea e inmediata que posee el relato. La fotografía de Robbie Ryan también ayuda a esto, gracias a una iluminación preferentemente cálida y a una relación de aspecto de 1.37:1, que le da a la imagen una apariencia más cuadrada, permitiendo que la cámara se centre en los personajes y se creen unos planos íntimos, cercanos.

En el artículo que inspiró a la directora a hacer la película se narran hechos de violencia, consumo de drogas y malas condiciones laborales, pero en esta película la realidad de las mag crew es retratada bajo una luz más idealizada, destacando el optimismo de los jóvenes involucrados más que los detalles escabrosos que rodean a su actividad. Las dificultades que deben vivir Star y sus compañeros son mostrados con sutileza, sin el sensacionalismo y melodrama que un director más efectista podría haber buscado. Habría sido muy fácil introducir dramas baratos a esta historia, pero Andrea Arnold prefiere crear un relato menos obvio. A pesar de la actitud severa de Krystal, quien roza lo autoritario, no podemos hablar de ella como una villana, dado que tiene los suficientes matices para verla en otros términos.

La decisión de la directora no debe ser confundida con un afán por suavizar ni maquillar lo que viven realmente quienes se dedican a esa actividad. Los peligros a los que están expuestos siguen ahí, pero de una manera más discreta. Uno de esos riesgos es la dependencia extrema que se produce entre los miembros del grupo, lo que forma un fuerte vínculo que dificulta su salida voluntaria de ese sistema. Cuestiones como la creación de costumbres comunes, consistentes en cosas tan simples como reaccionar de una manera determinada ante una situación en particular, van creando una identidad propia para sus miembros, lo que sumado a una serie de reglas internas van dando forma a un microcosmos del que es difícil escapar.

De forma coherente con el oficio que realiza, el que tiene un carácter nómade, exigiendo estar siempre en movimiento, la protagonista se encuentra en una constante búsqueda personal. A lo largo del metraje la vemos debatirse entre su pertenencia a este nuevo grupo de personas y la elección de un camino más autónomo, siendo varias las secuencias en las que opta por separarse momentáneamente de sus compañeros para hacer cosas por su cuenta. Esta indefinición forma parte de la esencia de la juventud, una etapa de la vida caracterizada por la exploración, en aras de encontrar una identidad propia. Star está en esa fase intermedia, en ese no-lugar, dentro de una bruma donde aún no tiene claro qué es lo que hará después, limitándose a vivir día a día.

Notamos la misma ambivalencia de la protagonista cuando vemos la relación que tiene con Jake. Star demuestra un claro interés por él, una especie de curiosidad sexual, la que llega a materializarse en algunas ocasiones a lo largo de la cinta, pero siempre de manera clandestina debido al control que Krystal tiene sobre él. Frente a la jefa del grupo, Jake se comporta con Star a través de una frialdad simulada, para no levantar sospechas, mientras que cuando están solos su pasión es cautelosa, por el miedo a ser sorprendidos. Aunque él intenta no involucrarse demasiado en términos emocionales con la protagonista, de todas maneras refleja unos violentos celos cuando ve que Star ha decidido hacer cosas por su cuenta, escapando de su poder.

Así, la agitada relación que se produce entre ambos pasa por una amplia gama de estados, desde la pasión a la indiferencia, pasando por momentos más íntimos y por otros que muestran arrebatos de rabia. Me cuesta definir la relación de ambos como una relación amorosa, ya que si bien existen momentos emotivos entre ambos, la dinámica que se produce entre los personajes es más complicada y pantanosa. Ni siquiera Star sabe con certeza qué es lo que existe entre ellos ni cuánto durará. Ambos personajes se encuentran a la deriva y de vez en cuando se aferran el uno al otro para lograr algo de estabilidad, pero esto parece solo resultar en una manera de compartir sus problemas más que de ayudarse entre sí.

A pesar de lo conocido que es Shia LaBeouf, su carácter de celebridad no nos distrae de la sensación de autenticidad que la película busca alcanzar, ya que su interpretación se complementa bien con la que realiza la debutante protagonista. Lo mismo ocurre con la modelo y actriz Riley Keough, que da vida a la estricta jefa del grupo de vendedores. Sus actuaciones, sumado a la forma en que están escritos los personajes, quienes demuestran dudas e imperfecciones a lo largo de la película, crean la ilusión de que estamos viendo a personas que perfectamente podrían existir en el mundo real. En la cinta no hay grandes monólogos ni momentos donde los personajes reflejan esa artificialidad que a veces se nota en ciertas obras.

La película ha sido comparada por algunas personas con el trabajo del director y guionista Harmony Korine, quien a través de cintas como Kids (1995) y Spring Breakers (2013), ha intentado retratar el entorno habitado por la juventud estadounidense de clase media-baja. El sexo, el consumo de drogas y la búsqueda de un estilo de vida similar al mostrado por la industria del entretenimiento están presentes tanto en la obra de Korine como en American Honey, pero esta cinta carece de la narración poco ortodoxa que el cineasta estadounidense ocupa de forma habitual en sus trabajos. Salvo algunos momentos en los que se ocupa la presencia de animales como elemento simbólico, la película opta por un estilo más naturalista y una narración sumida en la realidad.

No se puede negar que la duración de la película se siente en cada uno de sus minutos. El hecho de mostrar el día a día de sus personajes, creando la suficiente repetición de momentos para que notemos su rutina, contribuye a que sus casi tres horas no pasen desapercibidas. Aunque creo que le habría hecho bien a la cinta cortar unos 15 o 20 minutos, también entiendo la decisión de la directora de  hacernos partícipes de lo que vive la protagonista, incluidos aquellos momentos donde no pasa mucho. American Honey no busca entregar respuestas ni desenlaces concluyentes. Como buena road movie, el énfasis se encuentra en la búsqueda misma, en el viaje más que en el destino.

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