Moonlight (2016)

moonlight-posterEl cine, como toda forma de arte, se alimenta de las experiencias y las perspectivas de quienes crean las obras. Las películas presentan -en menor o mayor medida- una ineludible impronta personal de sus autores, por lo que discusiones como la que ha surgido recientemente acerca de la diversidad de las personas que participan en aquella industria resultan de gran importancia; mientras exista un abanico amplio de sectores trabajando en el cine, mayor será la variedad de películas que vamos a poder ver. Y esto en última instancia beneficia a los espectadores, quienes a través de las películas son capaces de presenciar realidades a las que no tienen acceso en su vida cotidiana, lo que les permite tener un mejor entendimiento del mundo y una mayor empatía.

Un ejemplo de lo señalado se puede ver en la cinta Moonlight (Luz de luna), de Barry Jenkins, una de las grandes favoritas de los próximos premios Óscar. Estrenada ocho años después del primer largometraje del director, la película cuenta la historia de un joven afroamericano homosexual que vive en un barrio pobre de Miami, Florida. El guion está basado en la obra de teatro In Moonlight Black Boys Look Blue de Tarell Alvin McCraney, quien ocupó elementos de su propia experiencia personal para darle forma a la historia narrada. Si bien Jenkins no es homosexual, su pasado le permitió conectar con el relato de McCraney, ya que ambos fueron criados en el mismo barrio y fueron testigos de la adicción de sus madres.

La trama se encuentra dividida en tres segmentos, cada uno de los cuales nos muestra una etapa en la vida del protagonista. El primero de ellos está ambientado en plena infancia del personaje principal, quien es apodado Little (Alex Hibbert) por sus compañeros de colegio. Se trata de un niño tímido, que al tener una personalidad diferente a la de lo demás, es hostigado por el resto de los niños. Es precisamente producto de ese maltrato que conoce a Juan (Mahershala Ali), un traficante de drogas que decide ayudarlo junto a su novia Teresa (Janelle Monáe). Sin embargo, la madre del protagonista, Paula (Naomie Harris), ve con malos ojos esta relación y se muestra hostil ante la presencia de Juan.

En el segundo tercio de la cinta, el protagonista, que ya es un adolescente, es referido por su verdadero nombre, Chiron (Ashton Sanders). Sus problemas en el colegio continúan, tornándose incluso más violentos, situación que se suma a las dudas que tiene acerca de su sexualidad. Los primeros acercamientos que tiene sobre este tema son cautos y motivados por un amigo de la infancia, Kevin (Jharrel Jerome). Durante el último segmento vemos a un Chiron adulto, apodado Black (Trevante Rhodes), quien ha intentado esconder su imagen vulnerable a través de una apariencia más intimidante. El personaje, que pasó un tiempo en la cárcel, se dedica ahora a traficar drogas y vive en Atlanta, pero su nueva vida no lo ha alejado completamente de las dudas que lo agobian, sobre todo cuando recibe la llamada de su viejo amigo (André Holland).

Aunque las circunstancias mostradas por la película pueden no ser muy familiares para la mayoría de los espectadores, Moonlight logra un buen equilibrio entre la atención por los detalles que demuestra en relación a la vida de Chiron y la forma en que transmite sensaciones e ideas más generales, capaces de ser comprendidas por el mayor número de personas posible. La película es innovadora al contar una historia que no siempre es representada en el cine, con un protagonista de raza negra, que siente una atracción por personas de su mismo género, y que pertenece a un sector socioeconómico vulnerable. Generalmente estos factores se encuentran separados, pero en el caso de Chiron lo convierten en un personaje que escapa de la norma general.

La forma en que es presentado el relato se aleja además de los lugares comunes que uno esperaría encontrar en este tipo de películas. La pobreza en la que vive el personaje principal, así como los problemas que debe enfrentar, reciben la seriedad necesaria, pero no se cae en la miseria que habitualmente se ocupa en las historias ambientadas en aquel mundo marginal. Tampoco se recurre el melodrama barato ni a los clichés, optando en cambio por la sutileza y las decisiones más medidas. Un personaje como Juan, que podría haber caído fácilmente en el arquetipo del narcotraficante violento o en su contraparte del delincuente con el corazón de oro, es representado como alguien con mayores matices, que tiene sus propios dilemas y complejidades.

Muchas de las ideas exploradas por Moonlight son sugeridas, dejando que sea el silencio el que transmita las sensaciones que experimenta su protagonista. Chiron es una persona tímida, que muchas veces prefiere observar lo que ocurre a su alrededor que decir lo que piensa. Aunque el personaje principal es interpretado por tres actores, que tienen algunas diferencias físicas entre sí, hay algo en sus ojos que los hace parte de la misma persona. Desde la mirada del curioso pero retraído Chiron interpretado por Alex Hibbert, pasando por los ojos heridos y atentos de Ashton Sanders, hasta el aire vacilante que se esconde tras la versión de Trevante Rhodes, todas estas interpretaciones dan cuenta de que el protagonista esconde algo que prefiere mantener en secreto.

Uno de los pilares de la película es el concepto de identidad, y a lo largo del metraje vemos el constante choque de dos principios que tratan de definirla. La pregunta de quién es Chiron resulta compleja, ya que depende tanto de los factores inherentes a su persona como del contexto sociocultural en el que se encuentra inserto. La realidad dentro de la cual ha debido crecer, así como las personas que ha ido conociendo, son una importante influencia en él, pero esto es un complemento para una esencia interna, endógena, que no puede ser disimulada. Esto se puede ver sobre todo durante el último tercio de la cinta, donde somos testigos de cómo el Chiron adulto intenta proyectar una imagen diferente a su verdadero ser, motivado por la presión social.

La manera en que la película trata temas como la identidad sexual y la idea de masculinidad no es tan atrevida ni visceral como Tangerine (2015), por ejemplo, una cinta que también cuenta la experiencia de personajes pertenecientes a los márgenes de la sociedad, en aquel caso de dos prostitutas afroamericanas transgénero que viven en la ciudad de Los Ángeles. El enfoque del director Barry Jenkins es más mesurado, como si estuviese inspirado por la propia circunspección de su protagonista. Cada decisión artística adoptada por Jenkins demuestra una precisión admirable, haciendo que los elementos que conforman la película sean certeros y se complementen sin mayores problemas. No hay cosas que se digan de más ni cosas que falten por decir.

Aunque su historia se encuentra circunscrita en la realidad, y el guion busca transmitir una sensación de verosimilitud, aún así la película se da el tiempo de introducir algunos momentos más oníricos, permitiendo que tengamos un breve vistazo a la mente del protagonista. Estas secuencias hacen que la cinta no sea monótona, adquiriendo en cambio una importante cuota de personalidad que se agradece. La propia forma en la que se encuentra estructurada la trama, al estar dividida en tres capítulos, cada uno de los cuales ambientado en una época diferente, contribuye a que la obra sea algo único, no derivativo ni excesivamente convencional. Jenkins y el resto de las personas que trabajaron en la película son conscientes de lo importante que es la manera en que es contada una historia.

Esto queda demostrado también por el aspecto visual de la cinta, que se aleja de la norma utilizada en este tipo de historias, consistente en un naturalismo decolorado y deprimente. El director de fotografía James Laxton logra que los colores presentes en las imágenes de la película resalten en cada plano, lo que sumado a una relación de aspecto ancha, espaciosa, le otorga un aire bastante cinematográfico al resultado final. Las imágenes son complementadas por la banda sonora de Nicholas Britell, que recurre a melodías evocadoras, hasta misteriosas, que ayudan a adentrarnos en la atmósfera que se quiere crear.

Si bien la película toca temas de gran relevancia sociocultural como la homosexualidad, la pobreza y el concepto de masculinidad, no estamos ante un panfleto ni ante un sermón. Más que respuestas acerca de estos temas, lo que se hace es presentar interrogantes en torno a ellos y dejar que la audiencia los aborde. Estas ideas se encuentran a disposición de los personajes y la historia, no al revés, lo que hace que el énfasis de Moonlight esté sobre Chiron y lo que debe vivir. Lo que realmente le importa a la cinta es el factor humano del relato, algo que permite mostrar momentos que probablemente no hacen que la trama avance, pero que nos entregan una idea de quién es el protagonista.

Uno de esos momentos ocurre durante el tercer capítulo de la cinta, y es tan mundano como fascinante. En la escena, el protagonista -que ha adoptado una forma de vestir característica de la cultura del gangsta rap– procede a sacarse los grills dorados de sus dientes antes de comer. Es un detalle sutil, sin mayor trascendencia dentro de la historia, pero la intimidad que demuestra nos permite observar un lado del personaje que él generalmente no deja que el resto de las personas vea. En una obra donde identidad y apariencias son tan importantes, este tipo de escenas crean una muy necesaria conexión personal con esos temas, otorgándole una genuina cuota de humanidad a la película.

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Un pensamiento en “Moonlight (2016)

  1. Pingback: Hidden Figures (2016) – sin sentido

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