La La Land (2016)

la_la_land-posterAl haber sido un aspirante a baterista de jazz durante la escuela secundaria, y formar parte del grupo de indie pop Chester French en su primer año de universidad, la filmografía del director Damien Chazelle ha estado ineludiblemente ligada a la música. Su experiencia como estudiante de un abusivo profesor lo inspiró a hacer la extraordinaria Whiplash (2014), que habla sobre la ambición y el ansia por alcanzar la excelencia, y también escribió la cinta Grand Piano (2013), un thriller acerca de un pianista que es aterrorizado durante un concierto. Con su nueva obra, La La Land, el cineasta sigue dentro del área de la música, pero a diferencia de los trabajos recién mencionados, ésta se enmarca dentro del género de los musicales, algo que no había hecho desde su primer largometraje, Guy and Madeline on a Park Bench (2009).

Mientras la película debut de Chazelle tenía un presupuesto limitado y fue filmada en blanco y negro, con un estilo visual que se asemejaba tanto a los primeros trabajos de Jean-Luc Godard como a la tradición del cinéma vérité, el objetivo de La La Land era lograr algo vistoso y de una escala mayor. El proyecto fue iniciado inmediatamente después del estreno de Guy and Medline, pero los recursos necesarios para poder concretarlo no estuvieron a disposición del director sino años después, al saltar a la fama con Whiplash. E incluso en aquel entonces debió enfrentarse a dificultades de financiamiento, ya que el musical es un género inusual en la actualidad, que no le da mucha confianza a los estudios.

Sin embargo, la cinta pudo ser completada y el éxito que ha ido acumulando en festivales de cine y entre el público la han convertido en la gran favorita de los próximos premios Óscar. A esto también ayuda el hecho de que la trama gira en torno al mundo del entretenimiento, específicamente Hollywood, algo que es muy apreciado por las personas que votan en ese tipo de galardones. La historia transcurre en la ciudad de Los Ángeles y muestra a Mia (Emma Stone), una aspirante a actriz que trabaja en una cafetería mientras espera por su gran oportunidad. La joven conoce a Sebastian (Ryan Gosling), un músico de jazz que sueña con tener su propio club de música, produciéndose un inevitable romance entre ambos.

La película se encarga desde el primer minuto de dejar en claro que estamos ante un musical. El número introductorio, que ocurre en una carretera de la ciudad, tiene toda la energía y colorido que uno esperaría en un musical clásico de la década de los 50, abrazando los elementos característicos del género como su entrega por el espectáculo. Algo que define a los musicales es que exigen una suspensión de la incredulidad más poderosa que el resto de las películas, ya que su tono se aleja de lo realista para acercarse a lo fantástico. En el universo donde están ambientadas esas historias, no es visto con extrañeza que los personajes comiencen a cantar o bailar de la nada, siendo simplemente parte del día a día.

Los guiños al Hollywood del pasado son evidentes, partiendo incluso con los créditos iniciales, a través de una imagen de diseño clásico que nos informa que la cinta fue filmada en el formato Cinemascope. Si bien la historia está ambientada en la actualidad, a lo largo del metraje hay múltiples elementos que la vinculan a la atmósfera tradicional del cine estadounidense de mediados del siglo XX. Pero a pesar de la innegable habilidad técnica que demuestra en sus números musicales, desde las coreografías hasta el uso de la cámara, hay algo en estos primeros minutos que no me permitieron conectar de inmediato con la obra. Quizás no esperaba que La La Land recurriera de forma tan directa a la sensibilidad y estética de los musicales clásicos como Singin’ in the Rain (1952). Ese tipo de películas son el resultado de una época determinada, e intentar emular su tono puede ser visto como una mera imitación, algo que me pasó al ver The Artist (2011).

No fue sino hasta que Emma Stone y Ryan Gosling comparten pantalla que comencé a sentir una mayor conexión con la película. Esta es la tercera cinta en la que ambos actores trabajan juntos interpretando amantes, siendo sus anteriores colaboraciones la buena Crazy, Stupid, Love. (2011) y la irregular Gangster Squad (2013). Algo que Chazelle buscaba al hacerlos actuar juntos nuevamente era intentar capturar esa sensación que ocurría con parejas como Fred Astaire y Ginger Rogers o Spencer Tracy y Katharine Hepburn, duplas del Hollywood clásico que también colaboraban de manera habitual en diferentes películas. Stone y Gosling logran un nivel de complicidad que hace que sus interacciones resulten genuinas, otorgándole una chispa especial a la obra.

Los personajes protagonistas no son demasiado originales ni profundos, cayendo en algunos lugares comunes que se extienden incluso a sus características más básicas. La idea de la actriz que sueña con alcanzar el estrellato y la del músico que quiere vivir de su arte, sin compromisos ni presiones económicas, ya se ha visto en varias otras obras. En el caso de Sebastian su idealización del jazz tradicional puede hasta verse como una muestra de tozudez, al atesorar un pasado glorioso y negarse a cualquier tipo de cambio; al ver la película no queda muy claro si su actitud es justificada como simple idealismo o si también da espacio para poder criticarlo (el mero hecho de que una persona caucásica intente salvar un género musical que tiene raíces negras ya resulta cuestionable). Allí donde el guion no es capaz de entregarles demasiada sustancia a los personajes, los actores por lo menos les otorgan una cuota de carisma y humanidad.

Algo de eso se nota en un detalle como las voces de los actores principales, que pueden no ser tan impecables como las de un musical más tradicional, pero precisamente por eso les da un aire más espontáneo, más creíble. Es cierto que esta idea de triunfar en la industria del espectáculo es algo visto muchas veces en otras películas, pero el talento de Stone y Gosling permite que el esfuerzo de sus personajes no resulte monótono, sino que tenga el suficiente peso para que nos importe su desenlace. El director es consciente de la importancia de sus actores, algo que se nota en la escena donde Stone interpreta la canción “Audition (The Fools Who Dream)”, la que es filmada de tal manera que el foco de atención se encuentra en ella y lo que siente.

Aunque la obra se alimenta de un claro sentimiento de nostalgia, eso no le impide mirar al presente y ver el lugar que ocupa en él. Preguntas acerca de la idealización del pasado y la necesidad de innovar son parte importante del dilema que enfrenta Sebastian en cuanto a su música. Como bien señala Keith (John Legend), un viejo amigo, el jazz que el protagonista admira tanto nació producto de un deseo por crear algo nuevo e iconoclasta. Intentar restringir al género musical, impidiendo que evolucione, puede ser visto como una traición a su propia esencia. Esta dicotomía que se produce entre respetar lo tradicional e intentar agregar nuevos elementos también opera respecto de la misma película.

Los números musicales estrafalarios, la historia de amor, la búsqueda del éxito y la fama, todos estos elementos habrían bastado para crear una obra de buena calidad pero  carente de mayor trascendencia. Lo que ayuda a La La Land a alcanzar una categoría mayor es lo que hace durante el último tercio con la historia de Mia y Sebastian, dándole al romance de ambos una dimensión más realista. Es en aquel momento cuando la cinta adquiere una sensibilidad más contemporánea, haciendo que los elementos clásicos mostrados anteriormente sirvan a modo de preparación para la conclusión del metraje. Sin revelar demasiados detalles, se puede decir que esta parte de la película trata temas como los sacrificios personales y las concesiones mutuas.

Al entregarle relevancia a estos aspectos más personales, la cinta logra resonar emocionalmente con la audiencia, lo que se aprecia sobre todo a través de su música. El compositor Justin Hurwitz, además de crear los enérgicos números musicales que ocurren a lo largo del metraje, también es capaz de construir melodías más evocadoras, que transmiten un estado de ánimo difícil de olvidar, como “City of Stars” o “Mia & Sebastian’s Theme”. La importancia de la música como parte de los sentimientos de los personajes queda reforzada hacia el final de la película, donde se utilizan las canciones que habíamos escuchado durante el resto de la cinta para dar forma a un viaje por la historia que compartieron los protagonistas, haciéndolas parte inseparable de sus vidas.

Hasta aquel momento, la película me había logrado atrapar gracias a sus números musicales, destreza técnica y actuaciones, pero se trataba solo de una obra entretenida, no más que eso. Fue con ese cambio de tono hacia el final que apareció la verdadera envergadura del relato y la causa que justificaba su existencia. No se trataba solo de un pastiche que celebraba a Hollywood (algo que habría sido bastante autoindulgente), sino que una obra que era capaz de ir más allá, sin miedo de recurrir a la melancolía ni de mostrar que en la vida las decisiones no siempre son fáciles ni las soluciones carentes de dolor.

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