Hidden Figures (2016)

hidden_figures-posterEl pasado 11 de febrero se celebró el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Proclamado el año 2015 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, la iniciativa busca reconocer el rol de las mujeres en esa área del conocimiento y de eliminar las barreras a las que se ven enfrentadas quienes desarrollan sus carreras científicas. A pesar de la importante contribución que han tenido en diversos avances científicos a lo largo de la historia, son muy pocos los casos de mujeres que son enseñados en la escuela o que forman parte del conocimiento general de la población. De hecho, salvo Marie Curie, que llegó a ganar dos premios Nobel en química y física, la labor de las científicas es tratada como una mera nota al pie cuando se habla de esa disciplina.

La situación es también perceptible en un área de la ciencia como la exploración espacial, que ha sido considerada tradicionalmente como una labor de hombres. Ha sido el paso del tiempo el que ha permitido que las mujeres que participaron en aquellos proyectos comiencen a recibir el reconocimiento que merecen. Así ocurre, por ejemplo, con Margaret Hamilton, una ingeniera que lideró el equipo a cargo de diseñar el software de navegación de las misiones Apolo, incluida la misión que llegó a la Luna. En noviembre del año pasado, Hamilton recibió la Medalla de la Libertad del presidente estadounidense Barack Obama, y la fotografía de ella posando junto a los numerosos tomos de código que su equipo escribió para esas misiones de la NASA se ha vuelto célebre sobre todo en internet.

Pero los reconocimientos recibidos por estas científicas no han ocurrido para todas por igual. Hay casos en los que además de su género, deben lidiar con obstáculos adicionales, como la raza, lo que genera una marginalización aún mayor. La película Hidden Figures (Talentos ocultos) de Theodore Melfi busca mostrar este proceso de invisibilización al que son sometidos esos grupos, incluso dentro de una misma categoría de personas no privilegiadas, como las mujeres. Basada en hechos reales, la cinta está protagonizada por tres afroamericanas –Katherine Goble (Taraji P. Henson), Dorothy Vaughan (Octavia Spencer) y Mary Jackson (Janelle Monáe)- que trabajaron para la NASA a comienzos de los años 60, en plena carrera espacial, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética competían por convertirse en la nación hegemónica en el espacio exterior.

De las tres, es Katherine quien recibe el mayor foco de atención. La primera escena que vemos la muestra como una niña superdotada que ya desde una temprana edad demostraba un gran manejo de los números. Años después, enviudada y con tres hijos, Katherine trabaja  para la NASA como una “computadora”, encargada de hacer cálculos matemáticos para sus misiones. Debido a su conocimiento especializado, la protagonista es escogida para trabajar bajo las órdenes de Al Harrison (Kevin Costner), el director del programa espacial. Apremiado por los avances tecnológicos que ha demostrado la Unión Soviética, el gobierno estadounidense ha decidido hacer todo lo posible por superarlos, siendo su próximo objetivo lograr que un ser humano orbite la Tierra.

A lo largo de la película las tres mujeres deben aguantar una serie de prejuicios basados en su género y raza, los que se ven acrecentados por la época en la que está ambientada la película y el área en el que trabajan. Sus méritos son desestimados, su trabajo no es valorado y su perseverancia parece no dar frutos, pero la pasión que sienten por lo que hacen las motiva a continuar. La segregación racial que existía en la época se  refleja también en su lugar de trabajo, desde detalles tan cotidianos como los baños que pueden ocupar hasta la manera en que las oportunidades que tienen son más restringidas que las de sus compañeros de raza blanca. Debido a la situación en la que se encuentran, los tres personajes deben abrirse camino por su cuenta, dado que no existen precedentes que seguir; cada avance que logran es inédito y significativo, ya que en muchos casos son las primeras en hacerlo.

Aunque este es recién el tercer largometraje del director  Theodore Melfi, Hidden Figures ha sido nominado a tres premios Óscar, incluido el de mejor película. Cuando escribí sobre su anterior obra, St. Vincent (2014), me referí a ella como una película que recurría a lugares comunes, fórmulas ya vistas y que denotaba un aire demasiado calculado que impedía considerarla una cinta honesta. Lamentablemente, esta descripción también se puede utilizar en parte con su nueva película. La forma en que es desarrollada su historia, tanto desde un punto de vista narrativo como estilístico, cae en lo excesivamente convencional, sin entregar innovaciones ni riesgos. Habiendo leído la premisa de la película y viendo su afiche, uno ya se puede hacer una idea más o menos precisa de lo que encontraremos en ella.

Si bien la trama está basada en hechos reales, el guion se toma ciertas libertades artísticas que ajustan los sucesos a una estructura más cohesionada, modificando el momento en el que ocurrieron ciertas cosas y enfocándose en algunos elementos más que en otros. Por lo tanto, los problemas de la película no surgen de la historia que toma como base, sino que en la forma en que esta es narrada. Todo lo que vemos en la cinta es lo que uno espera ver en este tipo de obras, como la escena en la que la protagonista tiene un momento de inspiración que la ayuda a resolver por sí sola un complejo problema frente a un grupo de personajes que la subestimaba, o el momento decisivo en el que una situación de vida o muerte es resuelta gracias al talento del personaje principal.

La forma en que los personajes secundarios están construidos obedece a una serie de arquetipos necesarios para el desarrollo de la trama. Cada uno de ellos cumple con un rol bien definido dentro de la historia, siendo funcionales al relato y sin tener mayores matices propios. Están, por ejemplo, el compañero de trabajo que ve con malos ojos la presencia de Katherine porque amenaza su posición dentro del equipo, y la supervisora que no es capaz de ver el verdadero mérito de Dorothy debido a sus prejuicios raciales. Al menos se debe agradecer el hecho de que el personaje interpretado por Kevin Costner no cae totalmente en la figura del “salvador blanco” (white savior), dado que la cinta destaca la iniciativa propia de las protagonistas por sobre la ayuda piadosa que puedan recibir de sus superiores jerárquicos.

No es una mala película, ya que en términos técnicos es una obra correcta, y el mensaje que busca transmitir es positivo, pero resulta tan obvia que el hecho de estar nominada a un Óscar junto a títulos como Arrival (2016) o Moonlight (2016) es difícil de entender. No existe en ella esa excelencia artística que deberían reflejar las cintas digas de reconocimiento. Hasta el aspecto racial de su mensaje se encuentra simplificado, siendo sus ideas en torno al tema convenientemente articuladas por los personajes, sin que haya dudas respecto de qué piensa cada uno de ellos sobre el tema. No hay lugar para ambigüedades, interpretaciones ni sutilezas, cosas que al fin y al cabo ayudan a definir a una obra artística.

El momento más potente de la obra es una escena que brilla más que nada por el talento de la actriz Taraji P. Henson. Su personaje, que ha sido constantemente menospreciado, debiendo resistir un trato vejatorio y discriminador en comparación con el resto de sus compañeros, no aguanta más y le explica a su jefe, con una mezcla de rabia e impotencia, por qué tiene que ausentarse más de media hora de su escritorio para tener que ir al baño. Es una escena llena de una emoción genuina, pura, que se eleva por sobre las demás secuencias de la película, que parecen hasta calculadas e inofensivas al lado de ella.

Los puntos bajos de Hidden Figures se notan más si comparamos a la película con otra como Selma (2014) de Ava DuVernay, que pese a estar basada en una de las figuras más reverenciadas en la historia de Estados Unidos, como Martin Luther King, aún así es capaz de entregar una visión interesante y novedosa sobre el líder de los derechos civiles. En la obra de DuVernay hay un esfuerzo por mostrar el personaje y su entorno a través de un lente distinto, más íntimo, que nos permita ver sus dudas y contradicciones. Hay, por lo tanto, una visión autoral tras la cinta, lo que no ocurre con la película de Theodore Melfi, que opta por irse a la segura con una historia sobre la superación de las adversidades y un discurso meloso.

Esta crítica a los méritos artísticos de la película no debe confundirse con una crítica a su mensaje, el que creo es muy importante. Destacar el rol que las protagonistas tuvieron en la NASA es un gran mérito de la obra, ya que permite derribar preconcepciones acerca de qué tipo de personas pueden trabajar en el área de la ciencia. Pero la importancia del contenido de una película no es suficiente para suplir la falta de imaginación en la que cae al momento de contar su historia. De hecho, ese factor debería hacer que exijamos más del resultado final, ya que en este caso la cinta no se encuentra a la altura de los sorprendentes hechos en los que está inspirada.

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