Kong: Skull Island (2017)

Kong_Skull_Island-posterLa película King Kong (1933) se estrenó en una época en la que el mundo permitía creer en la posibilidad de una isla donde animales gigantescos y prehistóricos pudiesen vivir.  Si bien los avances tecnológicos habían ayudado a entregar una idea más o menos acabada de lo que se puede encontrar en nuestro planeta, aún había rincones que no estaban del todo explorados, lo que daba pie a historias que se acercaban más al terreno de los mitos que de la ciencia. Por eso, al momento de hacer una versión nueva de aquel personaje, es necesario tener en cuenta el contexto en el que estará ambientada, con tal de que sea plausible la idea de descubrir un mundo perdido.

De esta manera, la recién estrenada Kong: Skull Island (Kong: La Isla Calavera), que no es tanto un remake, secuela ni precuela de aquella historia, sino más bien una reimaginación de la misma, ha optado por un punto intermedio entre la modernización de la obra y la preservación de su idea original. El año en el que transcurren los hechos es 1973, cuando la reciente tecnología de las imágenes satélites le permite al gobierno de Estados Unidos descubrir una misteriosa isla en el océano Pacífico. William Randa (John Goodman),  quien está a cargo de la organización Monarch, convence a sus superiores jerárquicos de autorizar una expedición al lugar con el supuesto fin de explorar las propiedades geológicas de la isla.

En la misión contará con la ayuda del escuadrón de helicópteros del teniente Preston Packard (Samuel L. Jackson), cuyos miembros acaban de participar en la guerra de Vietnam, y con un grupo de científicos que registrarán lo que encuentren allí. Al viaje se unen además James Conard (Tom Hiddleston), un ex militar británico que es contratado como guía de la expedición, y Mason Weaver (Brie Larson), una fotógrafa que sospecha que el viaje tiene un fin distinto al que ha sido informado. Al llegar a su destino, el que ha sido bautizado “isla Calavera”, los exploradores comienzan a lanzar bombas para mapear el subsuelo, pero esto atrae a una gigantesca criatura que habita en la selva, un simio conocido como Kong.

La decisión de ambientar la trama en la década de los 70 fue uno de los puntos que más llamó la atención antes de su estreno, especialmente por la conexión que la cinta tiene con la guerra de Vietnam. En los tráilers, fotos publicitarias y afiches se destacaba la influencia estética con películas clásicas sobre ese conflicto bélico, como Apocalypse Now (1979) o Platoon (1986), lo que aumentaba las expectativas por ver una historia como King Kong contada desde una nueva perspectiva. Sin embargo, el vínculo que la película tiene con aquella época termina siendo más superficial que significativo, limitando los guiños y referencias a cuestiones estilísticas, sin aprovechar tanto las posibilidades que la premisa entregaba.

Hay planos inspirados de forma directa por el aspecto visual de esas obras, y la banda sonora contiene una lista de canciones que se han transformado en un verdadero lugar común cuando se habla de aquella era, como “White Rabbit” de Jefferson Airplane, “Down On The Street” de The Stooges y “Paranoid” de Black Sabbath. El director Jordan Vogt-Roberts, que ronda los 35 años de edad, no vivió en carne propia la década de los 70 ni la guerra de Vietnam, por lo que su entendimiento acerca del tema está más modelado por la cultura popular. De esta manera, la forma en que lidia con ciertos temas o sentimientos no se asemeja al trabajo de cineastas como Francis Ford Coppola u Oliver Stone, que le otorgaron matices interesantes a sus trabajos sobre el conflicto bélico, sino que al estilo sobrecargado y poco sutil de alguien como Zack Snyder.

La caracterización de los personajes también recurre a esa estrategia, dejando poco a la interpretación o a la ambigüedad. La película se encarga de que no quepan dudas acerca de las motivaciones y características de sus personajes. Así, por ejemplo, sabemos que la actriz Brie Larson interpreta a una talentosa fotógrafa que trabaja para la revista Time, cubrió la guerra de Vietnam en medio del campo de batalla, retratando los horrores del conflicto bélico, todo esto con el objeto de transmitir su pensamiento antibélico a través de su trabajo, una muestra del poder que poseen las imágenes. Todos estos aspectos acerca de su personaje son revelados en los primeros cinco minutos después de conocerla, y todos ellos son expresados en voz alta, sin necesidad de inferirlos por nosotros mismos.

Esa falta de confianza de la película hacia sus espectadores se nota también en la superficialidad con la que explora ciertos temas. A pesar de tener una conexión directa con la guerra de Vietnam, la cinta hace poco para profundizar el significado de que el grupo de soldados que participa de la misión deba enfrentarse a una amenaza de esta envergadura después de haber sobrevivido una guerra tan infame como aquella. ¿Es Kong el símbolo de algún elemento o idea de esa época? La película no parece tener claridad respecto de si cuenta o no con un subtexto. Ni siquiera la presencia del personaje interpretado por Samuel L. Jackson, que llega a adoptar un rol similar al del capitán Ahab por su obsesión con matar al monstruo, es explorada con la detención que se merece, siendo en definitiva una oportunidad desaprovechada.

Estas críticas no deben ser vistas como una subestimación de todo el trabajo que realizó Vogt-Roberts. Con solo un largometraje a su haber, la comedia The Kings of Summer (2013), asumió el desafío nada sencillo de dirigir una superproducción de escala enorme, sobre una criatura clásica del cine estadounidense. Su elección se enmarca dentro de una tendencia que se ha ido dando en los blockbusters durante los últimos años, que consiste en contratar a directores jóvenes que debutaron en el cine indie para hacerse cargo de estas películas más grandes, como ocurrió con Josh Trank, Colin Trevorrow y Gareth Edwards, siendo este último quien hizo la cinta Godzilla (2014) para el mismo estudio. Fue precisamente el éxito de aquella cinta lo que permitió la producción de Kong, que es la segunda parte de un universo cinematográfico cohesionado de monstruos gigantes, siguiendo el ejemplo de Marvel y sus superhéroes.

Debido a esta conexión, las comparaciones entre ambas películas serán difíciles de evitar. Algo bastante criticado de aquella versión de Godzilla fueron sus personajes humanos, cuyas escenas parecían unas tediosas interrupciones de las secuencias más interesantes de la obra, que involucraban al monstruo. Este es un elemento que ha sido mejorado en Kong, donde a pesar de estar modelados a partir de meros arquetipos, por lo menos las interacciones de los personajes son más interesantes de ver. Además, se produce una mejor transición entre las escenas protagonizadas por los humanos y aquellas donde aparece el simio, logrando así un ritmo más fluido.

Sin embargo, donde esta cinta palidece en comparación a la otra es en la visión de su director. Mientras Godzilla se atrevía a crear algo único, filmando las apariciones del monstruo desde el punto de vista de los personajes humanos, lo que le otorgaba una escala enorme y lo asemejaba a un gigantesco desastre natural, en Kong las decisiones de estilo son menos osadas, optando por el camino más convencional. A pesar de las críticas de ciertas personas que sostuvieron que en la anterior película no se mostraba demasiado a la criatura, se trataba de una estrategia estilística premeditada, que buscaba privilegiar la anticipación y el misterio por sobre lo pirotécnico. Sin esa manera de abordar los elementos que tenía a su alcance, el director Gareth Edwards difícilmente habría logrado una secuencia tan buena como la del descenso en paracaídas en medio de una ciudad destruida.

En Kong: Skull Island no vemos decisiones autorales tan claras como las que encontramos en Godzilla, siendo el trabajo de Jordan Vogt-Roberts más impersonal, incluso sustituible por cualquier otro director competente. Es cierto que hay en la cinta una predilección por el espectáculo descomunal, demostrado a través de las peleas de Kong con otros monstruos enormes, pero incluso esa inclinación del cineasta carece de la suficiente personalidad para descubrir su voz detrás de lo que vemos en la pantalla. No se trata, por ejemplo, del cariño entusiasta que Guillermo del Toro reflejó en Pacific Rim (2013), una fantasía nerd que mezclaba aspectos del cine kaiju, el anime, los videojuegos y los mechas.

Donde si vemos señales del estilo que Vogt-Roberts empleó en The Kings of Summer es en el personaje de Hank Marlow, un piloto de la Segunda Guerra Mundial que lleva años atrapado en la isla, el que es interpretado por John C. Reilly. Si bien la forma básica en que está escrito no lo separa demasiado del resto de los personajes que hay en la cinta, Marlow presenta una personalidad estrafalaria y una chispa que lo hacen sobresalir de los demás. La dosis de carisma que le otorga a la obra lo transforma en uno de los aspectos más memorables de la película.

A pesar de las oportunidades desaprovechadas, Kong funciona como espectáculo, gracias a sus peleas de monstruos gigantes y a la exploración de lugares perdidos. Hay que reconocer el esfuerzo de Legendary Pictures por intentar revivir un género tan particular como este, invirtiendo tal cantidad de dinero. Podemos decir que la película es superficial, o que carece de una voz distintiva, pero dentro de su simpleza hay un deseo por entretener, el que funciona la mayoría de las veces. Los puntos bajos de la película dicen relación con cuestiones más secundarias, ya que su esencia, y la principal razón de quienes la van a ver, consiste en el simple deseo de ver monstruos que solo podemos encontrar en la pantalla del cine.

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