Dunkirk (2017)

dunkirk-posterA lo largo de su carrera, el director Christopher Nolan se ha dedicado a contar historias que van difuminando los límites entre realidad y ficción. Ya sea a través de las identidades ocultas de sus personajes, elaborados giros en las tramas, espejismos o revelaciones, sus películas muestran cómo las ilusiones pueden ir creando su propia realidad. En su anterior obra, Interstellar (2014), llegó incluso al punto de curvar las reglas de la realidad misma, con un relato que lidiaba con las posibilidades del espacio-tiempo en nuestro universo. Por eso, llama la atención que con su cinta más reciente, Dunkirk (Dunkerque), el cineasta haya decidido basarse en la realidad más que en modificarla, narrando un hecho que ocurrió de verdad, algo novedoso dentro de su filmografía.

La película gira en torno a la masiva evacuación que el ejército británico debió realizar de las costas de Dunkerque, Francia, a comienzos de la Segunda Guerra Mundial, cuando las fuerzas alemanas los rodeaban y superaban en número. Debido a la importancia que tiene el hecho para la historia del Reino Unido y la formación del espíritu británico, la obra posee un innegable vínculo personal entre el director y su país, destacando dentro de una trayectoria que estaba conformada por producciones primordialmente estadounidenses. Una de las razones que tuvo Nolan para abordar el proyecto fue de hecho la conexión familiar que posee con el conflicto bélico, ya que su abuelo formó parte de la fuerza aérea del Reino Unido y murió durante la guerra, y si bien él no participó de la evacuación narrada en esta obra, esa circunstancia demuestra el lazo que el director tiene con los sacrificios que ocurren en medio de ese tipo de episodios.

Sin contar con un protagonista claro, algunos de los personajes que vemos en Dunkirk ni siquiera son llamados por su nombre propio dentro de la película. El guion escrito por Nolan es reservado en cuanto a los detalles de los soldados que participan de la acción, por lo que las referencias a sus vidas antes de la guerra son inexistentes. La cinta prefiere que estos hombres sean caracterizados por sus acciones más que por otros aspectos, y la forma que tenemos para distinguirlos entre sí es la actitud que adoptan en medio del caos que intentan sobrevivir. Algunos recurren a una postura de valentía abnegada, otros deben resistir las secuelas psicológicas de los horrores vividos, mientras que la mayoría hace lo posible por aferrarse de cualquier destello de esperanza para poder salir con vida.

De todos los personajes, quien recibe una mayor  atención es un joven soldado británico (Fionn Whitehead) que posee una perspectiva más cercana al de la propia audiencia. Se trata de un muchacho observador, inexperto en los conflictos bélicos, que está dotado de una cierta pureza que le impide caer en el lado más monstruoso del ser humano cuando se ve enfrentado a situaciones desesperadas, conservando una importante cuota de moral que nos hace sentir empatía por él. Su deseo por sobrevivir no anula su inclinación a hacer lo correcto y de ayudar a quien lo necesita. La inocencia del personaje, sin llegar a caer en la ingenuidad, crea un buen contraste con el violento ambiente en el que se encuentra inserto.

Que la cinta esté basada en una circunstancia verídica no impide que Nolan pueda jugar con la realidad como en sus anteriores trabajos. Esto no lo hace cambiando los hechos en sí, sino que la forma en que son relatados. La obra está estructurada en tres narraciones diferentes, las que van confluyendo a medida que la película avanza. Una de ellas tiene lugar en la playa de Dunkerque, donde el personaje de Fionn Whitehead espera junto a otros decenas de miles de soldados algún barco que los ayude a evacuar el lugar. La segunda sigue al capitán de una pequeña embarcación civil (Mark Rylance), su hijo (Tom Glynn-Carney) y un amigo de este (Barry Keoghan), quienes responden al llamado de las autoridades de acudir a Dunkerque a ayudar en la evacuación debido a la escasez de barcos militares. Y la tercera gira en torno a dos pilotos de la fuerza aérea británica (Tom Hardy y Jack Lowden) que intentan mantener a los aviones alemanes a raya para evitar que ataquen a los barcos y a los solados que están siendo evacuados.

Uno de los aspectos más interesantes de Dunkirk es que no se contenta solo con dividir el relato en tres vertientes, sino que lo hace además en tiempos diferentes, ya que cada una de ellas transcurre dentro de un marco temporal distinto. Así, las escenas que transcurren en la playa se extienden a lo largo de una semana, las de la embarcación en un día y las de los aviones en una hora. Por lo tanto, el foco de la película va saltando de forma constante desde una historia a otra, no siempre en orden cronológico, y no necesariamente de forma paralela. Esto, que podría haber resultado confuso en manos de otro director, es manejado de manera habilidosa por Christopher Nolan, quien junto al editor Lee Smith crea un resultado coherente.

La estrategia requiere de un poco de esfuerzo intuitivo para poder ubicarse bien en términos temporales,  pero a medida que los tres relatos se van juntando vemos con mayor claridad cómo están relacionados entre sí. Hay ciertos momentos dentro de la película que vemos más de una vez, ya que la perspectiva desde la cual son mostrados va cambiando, algo que es aprovechado para enseñar nuevos detalles que no eran evidentes en nuestro primer acercamiento. La manera en que la cinta juega con el tiempo le otorga una mayor expresividad y lirismo a una obra que podría haber resultado algo plana si hubiese sido contada desde una postura más convencional.

Pero, además del atractivo estilístico de esta triple narración, es inevitable preguntarse si la decisión de Nolan tiene una fundamentación más profunda que la simple estética. A priori, puede parecer que la fragmentación del relato busca solo complicar la trama de manera innecesaria, quizás ocultando las falencias de esta, pero a medida que la película avanza uno se da cuenta de la forma en que esa medida va contribuyendo a potenciar las sensaciones que quiere transmitir. Los saltos de una historia a otra no solo le entregan intensidad al relato, sino también una inmediatez que nos hace experimentar la acción de cerca. La forma en que la cinta relativiza el tiempo de sus tres narraciones permite que todo se sienta más urgente, haciendo que las situaciones que experimentan los personajes se vivan en el momento, que es lo único que importa cuando se está al borde de la muerte.

Esto es complementado por la banda sonora de Hans Zimmer, a esta altura un colaborador habitual del director, con quien ha trabajado desde hace más de una década. La música recurre a sonidos amenazantes, que no solo vienen a potenciar la acción que ocurre en la pantalla y el sonido ambiente, sino que pasa a formar parte esencial de dichos elementos, confundiéndose con el ruido de los disparos y las explosiones. Con tal de mantener una tensión constante e implacable, Zimmer ocupó una ilusión auditiva denominada escala de Shepard, que consiste en  una escala musical construida de tal manera que su repetición va creando la apariencia de que va bajando o subiendo constantemente de tono, pese a que el sonido de cada escala es igual al de la anterior.

Con una tensión que se estira a lo largo de todo el metraje, exponiendo a sus personajes a sentimientos como la desesperación y el miedo, gran parte de la película transita por un terreno sombrío, en el que la muerte asecha constantemente. Cuando los soldados británicos creen haber encontrado una salida para su situación, un nuevo traspié los obliga a volver al punto de partida, en una dinámica que parece no terminar. El anonimato de los enemigos alemanes, a quienes ni siquiera les vemos los rostros, les entrega un carácter más aterrador, como si se tratase de una inexorable fuerza de la naturaleza que no se detendrá ante nada para matarlos. Sin embargo, pese a lo negativo que puede sonar todo eso, al final la cinta termina entregando un mensaje optimista.

Es cierto que Dunkirk trata acerca de una evacuación, la que en estricto rigor fue una importante derrota para el ejército británico y marca la consolidación de la ocupación nazi en Francia, preparando el terreno para los futuros ataques contra el Reino Unido por parte de las fuerzas alemanas, pero el hecho en sí no significó un desmoronamiento del espíritu de aquel país, sino que su reforzamiento. Al centrar su relato en los soldados británicos y no en los enemigos alemanes, la cinta demuestra su preocupación, más que en el daño causado, en la manera en que sus personajes resisten el dolor y lo enfrentan. Es la entereza demostrada en los momentos horrendos, y no el horror en sí, lo que termina destacando en esta obra.

Al construir su relato en torno a sensaciones tan crudas, a través de personajes caracterizados de forma elemental, despojado de una grandilocuencia y artificios innecesarios, la película se posiciona como uno de los mejores trabajos de Christopher Nolan. Su estilo, que a veces ha sido criticado –y con razón- como uno que privilegia lo analítico por sobre lo emotivo, es utilizado con precisión en esta obra, dejando de lado los diálogos densos y expositivos, los juegos mentales superficiales y las ínfulas de intelectualismo, prefiriendo centrarse en lo visceral.

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