Tickled (2016)

Tickled-posterDavid Farrier es un periodista neozelandés que trabaja en televisión haciendo reportajes acerca de historias curiosas, que salen de lo común.  Dado que su trabajo está íntimamente ligado con lo inusual, cuando se encontró en internet con un video donde un grupo de jóvenes participaba de algo denominado “competencia de resistencia de cosquillas”, parecía algo ideal para hacer un nuevo reportaje. El video mostraba a unos jóvenes vestidos con ropa deportiva que le hacían cosquillas a otro que estaba atado de manos y pies. La actividad formaba parte de unos eventos mensuales organizados por una compañía estadounidense llamada Jane O’Brien Media que buscaba a atletas para que viajaran a Los Ángeles a participar de la competencia, con todos los gastos pagados.

La premisa parecía lo suficientemente extraña para hacer un reportaje sobre ella, así que Farrier se contactó a través de internet con la compañía para poder obtener mayor información, pero la respuesta que recibió de ellos no fue lo que esperaba. En vez de obtener una simple negativa o incluso la indiferencia de la empresa, el periodista recibió un mensaje de una representante de Jane O’Brien Media que hacía referencia a la orientación sexual de Farrier –quien es bisexual-, señalando que la compañía no quería estar ligada a ese tipo de personas. Los posteriores intercambios de mensajes hacían énfasis en que la competencia era estrictamente heterosexual y no tenía un fin erótico, llegando incluso a recurrir a insultos homofóbicos. El periodista continuó investigando por su cuenta y escribió acerca de lo que iba encontrando, lo que provocó un punto de inflexión cuando la compañía envió a tres de sus representantes a Nueva Zelanda para ordenarle personalmente que se detuviera.

Esta medida, que demostraba el nivel de recursos de que disponía la empresa y sus esfuerzos por mantener en secreto ciertas cosas, solo contribuyó a acrecentar la curiosidad de Farrier, quien con la ayuda de su amigo Dylan Reeve decide hacer un documental sobre lo que está ocurriendo. Tickled registra el viaje del periodista a Estados Unidos, las amenazas judiciales que recibe de la compañía, las entrevistas que logra hacer a los pocos participantes de las competencias que deciden hablar con él, y las pistas que va encontrando en el camino acerca de quién controla todo esto. Revelar mucho en esta reseña puede ser un error, ya que el gran atractivo de la cinta son los giros que se producen y la manera en que van surgiendo nuevas aristas.

De manera similar al documental Catfish (2010) de Henry Joost y Ariel Schulman, que narraba la relación que uno de ellos mantuvo con una misteriosa joven en internet, los directores de Tickled estuvieron en el lugar y momento indicados, teniendo el mérito de haber seguido esta historia que los afectaba personalmente y registrar sus avances con una cámara. Pero al igual que ese otro documental, también han surgido algunas críticas acerca de la forma en que la información ha sido presentada. Si bien no han aparecido sospechas tan grandes como sugerir que todo fue inventado, ciertas personas que aparecen en la cinta han desmentido algunas cosas de él, llegando al punto de encarar a los directores cara a cara en algunos cines.

La veracidad de todo lo que es mostrado en la película puede ser objeto de debate para los años que vienen, pero no se puede negar el buen trabajo que hace manteniendo la tensión a lo largo del metraje y entregando datos que nos van adentrando más y más en la intriga. Su valor como documental no necesariamente será el mismo que tiene como thriller, género donde alcanza sus mayores logros. Durante los últimos años, documentales como The Imposter (2012), en el cine, y The Jinx (2015) y Making a Murderer (2015), en la televisión, han ido asimilando elementos de las películas de suspenso para ir narrando estos hechos extraídos de la realidad, jugando con las expectativas del espectador y los giros en la trama para captar su atención.

Y no solo en la tensión radica el atractivo de Tickled, ya que además es capaz de ocupar esta historia tan particular, sobre una actividad que apunta a un nicho de la población, para tratar temas más generales e interesantes. A través de una entrevista a una persona que se dedica a hacer videos sobre cosquillas, reconociendo su carácter de fetiche, Farrier se encarga de dejar en claro que sus denuncias no van contra la actividad en si ni contra las personas que disfrutan de ella, sino que contra el abuso de poder ejercido por Jane O’Brien Media. El asunto de las cosquillas le entrega a la cinta un aire único, claro, pero lo realmente importante es cómo la estrafalaria situación que narra sirve para reflejar cuestiones como la represión sexual, el poder del dinero, el abuso de las instituciones, la censura y el deseo de control.

El acto de hacerle cosquillas a alguien puede resultar inofensivo, ya que el resultado que se busca consiste en hacer reír, pero cuando es llevado al extremo puede pasar a ser casi una tortura. En un punto de la película se menciona que los videos de ese tipo no son demasiado diferentes a la práctica del BDSM, donde una persona se encuentra a merced de otra, cambiando simplemente los medios utilizados. La diferencia de poder de los participantes es similar entre ambas actividades, y lo peligroso ocurre cuando algo que exige el consentimiento de los dos termina convirtiéndose en un abuso. El sentimiento de culpa de los participantes cumple un rol fundamental en la extorsión que retrata el documental, siendo su sufrimiento el objetivo que el responsable de los videos busca alcanzar.

Es una lástima que un relato tan fascinante, que va aumentando la intriga a medida que avanza, termine de una manera algo anticlimática. Pese a que los directores descubren la identidad de quién está detrás de los videos, la confrontación es breve y no muy trascendente dentro de la misma película. Aunque el hecho de estrenar el documental sirve como una forma de desenmascarar al responsable, no hay un momento dentro de la propia cinta que tenga un impacto como el de The Jinx, por ejemplo. Incluso una serie como Making a Murderer, que deja la historia de sus personajes inconclusa, aprovecha esa incertidumbre para reforzar la idea de que su injusticia continúa. En Tickled no hay algo tan elocuente en términos narrativos.

Es un punto bajo de la película, al igual que la voz en off del periodista, que a veces acentúa lo evidente y carece de la gravitas que podría haber ocupado un documentalista más experimentado, pero se trata de falencias que no afectan demasiado al resultado final, ya que al ser el largometraje debut de ambos directores son fáciles de perdonar. Como un thriller que se ve beneficiado por una historia extraordinaria, y como un retrato de la cultura estadounidense realizado desde la perspectiva fresca de dos extranjeros, Tickled funciona muy bien.

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