Baby Driver (2017)

Baby_Driver-posterEl cine es, por definición, movimiento. Está ahí, en su propio nombre. Asociada a esa idea está la noción de ritmo, que combina elementos como la velocidad, frecuencia y orden de los acontecimientos. Todo esto es entendido muy bien por Baby Driver (Baby: El aprendiz del crimen), la nueva película del director británico Edgar Wright, cuya historia está íntimamente ligada a la idea de movimiento, ya que su protagonista es reconocido por su habilidad como conductor, ayudando a ladrones a escapar de la policía luego de cometer sus robos. El dinamismo de las situaciones narradas es replicado también por el estilo ocupado, lo que le otorga una fluidez y chispa importantes al relato.

Wright es un caso inusual del cine contemporáneo, sobre todo dentro de géneros como la comedia, la acción y la ciencia ficción, ya que aprovecha las posibilidades del lenguaje cinematográfico para crear un estilo tan llamativo como propio. Mientras la mayoría de los blockbusters y cintas de género optan por el camino más seguro, recurriendo a una estética plana, que pase lo más desapercibida posible, este director no esconde su uso del montaje, la fotografía y el diseño de sonido para transmitir sensaciones. Con su nueva obra da un paso más allá, especialmente con la combinación entre sonido e imagen, ya que como explica textualmente al comienzo de su guion, “cada escena de esta película es impulsada por la música”.

De manera similar a lo que hizo James Gunn con Guardians of the Galaxy (2014), donde el uso de canciones y la presencia de la música no solo tenían un fin estilístico, sino que existía una conexión con la historia y su protagonista, en Baby Driver el hecho de que el personaje principal esté constantemente escuchando música forma parte de su caracterización, vinculándolo a su pasado y a su familia. A través de una gran atención por los detalles, aspirando a una precisión poco antes vista, Wright relaciona lo que ocurre en la pantalla con lo que escuchamos hasta tal punto que incluso las escenas de acción se encuentran sincronizadas con las canciones. Referirse a esta cinta como un musical con persecuciones de autos y disparos no sería una exageración.

El director ha mencionado que fueron tres sus grandes fuentes de inspiración para hacer esta película. Por un lado está la cinta The Driver (1978) de Walter Hill, un neo-noir acerca de un conductor que ayuda a delincuentes a escapar de robos, la que según él es la primera película que se centraba en la figura del hombre tras el volante en ese tipo de crímenes, ya que hasta entonces solo eran personajes secundarios. La segunda fuente de inspiración fue la canción “Bellbottoms”, de la banda Jon Spencer Blues Explosion, que le parecía un gran acompañamiento para alguna escena de persecución. En tanto, la idea de integrar de una manera tan expresiva las acciones de los personajes con la música que suena de fondo había sido ya desarrollada por Wright en el video que hizo del tema “Blue Song” del grupo Mint Royale, cuyo concepto adaptó en la primera escena de esta obra.

Como el interés de la película está tan ligado a su estilo y a los aspectos sensoriales, la historia que narra no es demasiado elaborada, ya que fue creada al servicio de estos elementos. El protagonista es un joven apodado Baby (Ansel Elgort), cuyas extraordinarias habilidades como conductor son aprovechadas por el jefe criminal Doc (Kevin Spacey) para que lo ayude en los robos de banco que planea. Aunque la obligación del protagonista surgió sólo como una manera de reparar un daño que le había provocado a Doc en el pasado, todo indica que deberá continuar trabajando para él una vez que termine de pagar su deuda. No es tan fácil alejarse de una vida asociada al crimen, sobre todo cuando lo que está en juego es la seguridad de sus seres queridos, algo con lo que Baby tendrá que lidiar tras enamorarse de una camarera llamada Debora (Lily James).

Tras ser parte de un accidente automovilístico cuando era niño, en el cual perdió a sus padres, Baby ha sufrido de un tinnitus crónico, lo que lo obliga a escuchar música constantemente para ahogar el pitido de sus oídos y poder concentrarse. Así, los audífonos se convierten en una parte inseparable del personaje, y el gran número de iPods que lleva consigo -los que poseen diferentes canciones dependiendo de su estado de ánimo-, le van dando forma a una ecléctica banda sonora, que incluye temas de artistas como Beck, The Beach Boys, Barry White, Young MC, Queen y Simon & Garfunkel. Esto permite que se cumpla lo señalado al comienzo del guion, haciendo que cada escena esté guiada por la música, y dado que la historia es contada desde la perspectiva del protagonista, cuando no hay una canción sonando en el fondo podemos escuchar el incesante pitido que lo agobia.

La historia narrada tiene harto de fantasía adolescente, con un héroe taciturno, de pasado trágico, quien es extremadamente habilidoso en una determinada área, inserto en un entorno peligroso donde es tratado como una superestrella, y enamorado de una atractiva joven que tiene una vida complicada, a quien decide “salvar” a través de un autosacrificio. Lo que podría haberse convertido en un insufrible ejercicio de frivolidad, en el que el personaje principal es alguien demasiado perfecto, que jamás se equivoca, es eludido gracias a los problemas que debe enfrentar  Baby. Su talento al volante no impide que sus decisiones estén exentas de problemas o que se vea enfrascado en situaciones adversas, lo que nos lleva a preocuparnos por él.

Aunque en términos de trama la cinta no muestra demasiadas cosas nuevas, y el desarrollo de la relación amorosa entre Baby y Debora puede ser calificada de rudimentaria y hasta apresurada, el gran atractivo de la película se encuentra no tanto en aquello que cuenta sino en cómo lo cuenta. Es ahí donde Edgar Wright sobresale y entrega algo que viene a iluminar el panorama del cine comercial actual, creando una carta de amor a las posibilidades del lenguaje cinematográfico, explorando sus límites y no restringiéndolos. Podemos decir incluso que los lugares comunes de su historia son elevados por el estilo de Baby Driver, permitiendo que adquieran un aire novedoso pese a su familiaridad.

Además, el guion también es capaz de dar forma a algunos aspectos interesantes, como el gran dilema que enfrenta Baby, quien intenta desmarcarse de los crímenes cometidos por los delincuentes a quienes transporta, creando una especie de barrera con lo que ellos hacen, creyendo que su trabajo solo consiste en conducir el vehículo. A la larga, el protagonista se dará cuenta que esa distinción no es tan clara como él pretende, y que en menor o mayor medida su calidad de cómplice también lo convierte en uno de ellos. También resulta ingeniosa la manera en que surge la principal amenaza de Baby durante el último tercio del metraje, alejándose de los villanos clichés y ocupando el desarrollo del personaje para impulsar sus motivaciones.

Que la trama sea tan elemental puede ser criticable, pero también puede ser visto como un guiño al cine clásico, en el que los acontecimientos y las relaciones entre los personajes (en este caso el romance de Baby y Debora) no necesitaban de demasiadas justificaciones para existir. Vista de esa manera, la película tiene un anacronismo que la destaca del resto de las obras que se estrenan en la actualidad, otorgándole a esos elementos más tradicionales una sensibilidad moderna, expresada sobre todo por el estilo con el que los aborda. Al final de cuentas, dependerá de cada persona cómo evaluarán esta cinta, ya sea como una película que suple su falta de sustancia por un estilo vibrante, o como un complemento entre ambas categorías, donde el estilo no reemplaza la sustancia, sino que la realza.

El virtuosismo del director se siente en cada secuencia, entregando una especie de realidad recargada, que no funciona con las mismas reglas que nuestro universo, sino que con las normas propias del mundo cinematográfico. Esta versión estilizada de la realidad es similar al de los musicales, donde los colores y los acontecimientos son más vibrantes de lo normal, exigiendo así una mayor suspensión de la incredulidad, para aceptar algunas cuestiones que salen de lo normal. Desde los disparos que suenan al ritmo de la música, hasta un plano secuencia al comienzo de la película que está sincronizado con la canción que suena de fondo, todos los aspectos de la obra cuentan con una impecabilidad y precisión envidiables.

Como una mezcla entre True Romance (1993) y Drive (2011), aunque con personalidad propia, la cinta es fiel a su estilo y no teme ocuparlo. Si bien su deseo por parecer cool descoloca un poco al principio, a medida que los minutos avanzan nos acostumbramos a la atmósfera que quiere crear, y no se llega al extremo de ciertas obras de Danny Boyle o Guy Ritchie, quienes no siempre saben cuándo bajar el tono. El enfoque que ocupa Wright en Baby Driver es ideal para él como director y para esta obra en particular, por lo que no necesariamente funcionaría en manos de otra persona. Además del compromiso que demuestra por su visión, el gran mérito de la película está en la forma en que aprovecha las herramientas del medio al que pertenece.

2 pensamientos en “Baby Driver (2017)

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