It (2017)

It_2017-posterLa obra de Stephen King ha estado ligada fuertemente a la cultura popular. Al ser un escritor de numerosos best sellers que ha triunfado comercialmente durante décadas, su nombre se ha instalado casi como sinónimo de literatura de terror, y su figura como autor se fue masificando con el pasar de los años. A esto también han contribuido las adaptaciones que se han hecho de sus libros en el cine y la televisión, las que han entregado verdaderos clásicos, como The Shining (1980), que estuvo a cargo de un director tan prestigioso como Stanley Kubrick, o The Shawshank Redmeption (1994), de Frank Darabont, que ha sido considerada por algunos como una de las mejores películas de la historia.

Otro de los títulos basados en un libro de King que se ha transformado en un ícono es la miniserie de televisión It, estrenada en 1990, y que ha servido como imagen paradigmática del miedo a los payasos. La serie, que consta de dos episodios, sigue a un grupo de niños que viven en el ficticio pueblo de Derry, Maine, donde también habita un ente maligno llamado Pennywise, que adopta la forma física de un payaso y comienza a asesinar a los niños del pueblo cada 27 años. Aunque la miniserie es considerada una obra fundamental del género del terror, algunos de sus elementos no han envejecido bien y su atractivo en la actualidad depende mayoritariamente de la nostalgia.

Por eso, cuando se anunció que harían una nueva película basada en la novela, surgieron algunos reclamos que decían que la miniserie no podría ser reemplazada y que esta nueva versión no estaría a la altura. Pero la verdad es que esa obra de 1990 tenía las suficientes debilidades para hacer que una nueva versión resulte incluso justificada, ya que al menos daría la oportunidad de reforzar esas falencias. Y la verdad es que la cinta, dirigida por el argentino Andrés Muschietti y estrenada oportunamente 27 años después de la miniserie, es capaz de elevarse con méritos propios superando incluso a la adaptación previa en varios aspectos.

La trama toma los elementos ya conocidos de la novela y no los cambia demasiado, teniendo como punto de partida la desaparición de Georgie (Jackson Robert Scott) a manos de Pennywise (Bill Skarsgård). Pese a que han pasado semanas y no hay rastro del niño, su hermano mayor, Bill (Jaeden Lieberher), no pierde la esperanza de encontrarlo vivo. Para eso, y aprovechando que acaba de salir de vacaciones, le pide ayuda a sus amigos Richie (Finn Wolfhard), Eddie (Jack Dylan Grazer) y Stanley (Wyatt Oleff), para registrar los túneles del alcantarillado del pueblo. La presencia de Pennywise no solo comenzará a ser sentida por Bill y sus amigos sino también por otros niños –Ben (Jeremy Ray Taylor), Beverly (Sophia Lillis) y Mike (Chosen Jacobs)-, quienes se unirán a ellos para descubrir qué es lo que está ocurriendo.

Uno de los cambios con la novela es la época en la que está ambientada la primera parte de la historia, pasando desde fines de la década de los 50 a fines de los 80. De esta manera, la segunda parte de la trama, que transcurre cuando los protagonistas son adultos, tendrá lugar en la época actual, tal como había ocurrido con el libro cuando se publicó. Otra diferencia relevante es que en términos de estructura narrativa la cinta opta por un camino más convencional que la historia de King, dejando de lado las alternancias entre ambas épocas y centrándose únicamente en la que muestra la infancia de los personajes principales. De esta manera, la película adquiere un carácter que llega a ser hasta autoconclusivo, y la promesa de una segunda parte surge recién durante los créditos finales.

Aunque posee elementos sobrenaturales y una presencia amenazante, el principal mérito de la película son sus escenas más aterrizadas, donde vemos las interacciones entre los niños protagonistas. Todos ellos tienen personalidades definidas, algunas más interesantes que otras, pero capaces de diferenciarlos entre sí: Bill, que asume el rol de líder del grupo y posee una perspectiva más idealista de la situación, lucha contra su tartamudez; Richie está constantemente rompiendo la tensión con sus chistes; Eddie es un niño nervioso e hipocondriaco; Stanley es tímido y trata de satisfacer las expectativas de su padre; Beverly debe lidiar con un trato abusivo tanto en la escuela como en su casa, pero se esfuerza por ayudar a quienes lo necesitan; Ben es el niño nuevo de la escuela y no es muy sociable, pero posee una gran curiosidad y espíritu estudioso; y Mike vive con un constante sentimiento de culpa por la muerte de sus padres.

Esa sensación de “pueblo chico” que captura, y el hecho de estar ambientada algunas décadas en el pasado, teniendo además un grupo de niños como protagonistas, la emparentan con otra película basada en un libro de King, Stand by Me (1986) de Rob Reiner. Al igual que en aquella cinta, los niños parecen vivir en un mundo diferente al de los adultos, quienes son retratados ya sea como personajes pasivos o indiferentes o como personas derechamente dañinas, que abusan del poder que tienen sobre ellos. Uno de los puntos más interesantes de la obra es cómo esta idea se relaciona con el peligro de Pennywise, sirviendo el comportamiento de los adultos como una especie de manifestación del mal de esa criatura.

Como no cuentan con la ayuda de sus padres, los niños tienen que valerse por sí mismos, investigando por su cuenta la historia del pueblo y tratando de encontrar una forma de vencer a Pennywise. El villano se aprovecha de las debilidades de los protagonistas para atacarlos, acentuando sus miedos más profundos. La forma que los personajes tienen para hacerle frente consiste en trabajar juntos, descubriendo que así son más fuertes que actuando cada uno por su lado. Son sus problemas lo que terminan uniéndolos, ya que es en el entorno tóxico en el que cada uno ha crecido que encuentran su principal punto de coincidencia, reconociendo de esta manera que no están tan solos como pensaban.

Si bien la idea de este vínculo entre el ambiente familiar abusivo del que forman parte los protagonistas y la amenaza de Pennywise tiene mucho potencial, lamentablemente la cinta no se detiene demasiado tiempo en ella. La forma en que aborda este elemento peca de breve, como esa escena donde se menciona a la rápida que las desapariciones de los niños están siendo olvidadas por el resto del pueblo, o de superficial, como la relación entre Beverly y su padre, que pese a lo perturbadora que es tiende a ser más sensacionalista que otra cosa. El verdadero terror que surge de una película como esta no depende tanto de sus aspectos estrafalarios sino que de la forma en que se vincula con los puntos más cotidianos de la vida de sus protagonistas; es esa conexión con la realidad la que terminará resonando en los espectadores.

La atención de la obra se encuentra, en parte, en el payaso y en sus habilidades, los que son abordados a través de sustos concretos, puntuales. Acompañados en su gran mayoría de un fuerte estruendo y la aparición repentina de una imagen terrorífica, el miedo provocado por la cinta se asemeja más a una sorpresa estrepitosa que al gradual incremento de la tensión. Es una estrategia que Muschietti ya había utilizado en su trabajo anterior, el largometraje Mama (2013), pese a tener a su alcance un muy buen diseño de producción a  cargo de Claude Paré y la fotografía de Chung Chung-hoon, quien ha trabajado con el talentoso director surcoreano Park Chan-wook.

Al contar con este tipo de herramientas, la aplicación de una técnica tan básica como el jump scare termina siendo una muestra de la falta de confianza que la cinta tiene de sí misma, al menos en ese aspecto en particular. Si algo dejan en claro las escenas dramáticas que protagonizan los actores infantiles en esta película, es que la obra cuenta una historia más trascendente que un conjunto de sustos fugaces. Estos momentos podrían haber sido complementados de mejor manera con el resto del metraje, dejando de lado los acercamientos más convencionales, algo que quizás habría logrando el anterior director asociado al proyecto, Cary Fukunaga, pero eso ya es adentrarse en el terreno de la especulación y no sirve de mucho.

Bill Skarsgård, quien tuvo la difícil tarea de interpretar a Pennywise tras la famosa versión que Tim Curry hizo en 1990, logra entregarle a los sustos de la película algo más de carácter, gracias a su manera de abordar el personaje. El sadismo que demuestra hacia sus víctimas, sumado a un aire extraño que le otorga al payaso, que acentúa su calidad no-humana, dan como resultado una lectura memorable del ente, tanto así que no es difícil pensar en cómo en algunos años podría unirse al panteón de villanos sobrenaturales del cine al lado de nombres como Freddy Krueger o Jason Voorhees.

Pese a la forma demasiado convencional en que se tratan los aspectos ligados al género del terror,  y al estilo algo plano de Muschietti, los puntos bajos de It no llegan a afectar demasiado el gran mérito de la obra, su elemento humano. La historia narrada trata acerca de la maduración y de enfrentar los miedos más profundos de cada persona, por lo que el rol de sus protagonistas era algo fundamental, debiendo hacer que las consecuencias personales de lo vivido resulten creíbles. Gracias a unas actuaciones consistentemente buenas y a un guion que entrega el tiempo suficiente para desarrollar a la mayoría de los personajes principales, la obra entiende cuál es el núcleo del relato, pudiendo hasta ser categorizada como un drama con aspectos paranormales.

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Un pensamiento en “It (2017)

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