A Ghost Story (2017)

A_Ghost_Story-posterHay películas que llaman la atención incluso antes de verlas, gracias a sus premisas estrafalarias y al compromiso que demuestran por ellas. Este tipo de cintas tiene un elemento que sale de lo común de manera evidente, el que aprovechan no solo para destacar sobre el resto sino también para potenciar algunos de los temas e ideas que exploran. Es lo que ocurría, por ejemplo, con un título como Frank (2014), donde el personaje del actor Michael Fassbender  oculta su rostro con una enorme cabeza falsa que nunca se saca. Lo excéntrico de la situación permite algunos momentos cómicos, pero también logra unas sorprendentes cuotas de profundidad.

Algo similar ocurre con la cinta A Ghost Story del director estadounidense David Lowery. Tal como dice su título, la obra cuenta con la presencia de un fantasma, pero no estamos ante una película de terror, y la forma en que este elemento es representado escapa de lo que uno podría haber esperado. Visualmente, el fantasma es mostrado a través de aquella imagen paradigmática que viene a nuestra mente cuando pensamos en estos entes: una sábana blanca que cubre todo el cuerpo de la persona y dos agujeros negros que sirven como ojos. Su apariencia contrasta con la estética de los demás elementos de la cinta, que están más apegados a la realidad.

Durante los primeros minutos, la película muestra a un matrimonio, acreditados simplemente como M y C (Rooney Mara y Casey Affleck), que vive en una casa de los suburbios de Dallas, Texas. La rutina de la pareja  es interrumpida de forma repentina cuando C muere en un accidente de tránsito, pero mientras está en el hospital el espíritu del personaje recobra la energía y vuelve a su casa como un fantasma. Lo que podría haber sido una simple historia de la mujer descubriendo que su fallecido esposo regresó, narrando las interacciones entre ambos, es desechado casi de inmediato, ya que salvo breves ocasiones en las que es capaz de mover ciertos objetos o controlar la luz eléctrica, el rol de este ser es más bien contemplativo.

Una vez que llega a la casa, el fantasma se limita a ver, por ejemplo, cómo su viuda se come –producto de la pena- una tarta completa. Esta secuencia, que no tiene diálogos ni música de fondo, y que posee un plano estático de cuatro minutos de Rooney Mara comiendo mientras está sentada en el piso de la cocina, es una verdadera prueba de paciencia para el espectador. No es la única ocasión en la que Lowery hace algo similar durante la película, ya que antes hay un par de secuencias que también recurren a planos prolongados en los que somos testigos en tiempo real de situaciones discretas que aparentemente no tienen mayor importancia. Durante este punto de la película comencé a cuestionarme la necesidad de seguir viéndola si se iba a limitar solo a mostrar al fantasma presenciando las acciones cotidianas de su esposa.

Afortunadamente el director hace más que eso, e incluso llega a justificar la utilización de esas escenas de ritmo tan pausado. Jugando con el paso del tiempo, A Ghost Story ocupa el lenguaje cinematográfico a través de herramientas como las elipsis para diferenciar el mundo de los vivos y el de los muertos. El tiempo para C, una vez que es un fantasma, no tiene el mismo significado que antes, cuando su existencia tenía un carácter momentáneo. La noción de eternidad que adquiere cuando pasa al plano espiritual lo lleva a ver el mundo de otra manera, algo que llega a alcanzar hasta tintes trágicos. Aún cuando no lo quiera, él y su esposa se encuentran en planos existenciales drásticamente distintos, irreconciliables incluso.

Un abrir y cerrar de ojos para el fantasma puede significar una semana o un mes en el mundo de los vivos, impidiendo así que pueda volver a reencontrarse con su esposa. Mientras en las escenas iniciales de la película el tiempo transcurría con una incómoda exactitud, haciendo que sintiéramos cada segundo que pasaba, durante el resto del metraje acompañamos al protagonista  en su nueva experiencia, viendo cómo los días avanzan con una angustiosa velocidad. Pareciera como si el tiempo se le escapara de las manos, transformándolo en un observador de cómo el mundo que lo rodea cambia sin que pueda hacer algo por detenerlo.

Esto levanta un potente existencialismo en la obra, a través de nociones como la mortalidad, los legados, lo efímero, la memoria y el porvenir. La idea de eternidad y de cómo se contrapone a aquello que nos hace humanos, trivializando la importancia de los momentos puntuales y mezclándolos todos dentro de un confuso manchón, me recordó al cuento El inmortal de Jorge Luis Borges. Esta película, que parecía una extravagancia que a lo más podía aspirar a un resultado entretenido, alcanza unos niveles de trascendencia  impensados. Pese a sus modestos recursos, la cinta es capaz de alcanzar una escala enorme gracias a los temas que explora.

La presencia de un actor como Casey Affleck, ganador del premio Óscar a comienzos de este año, pasa casi a un segundo plano en la obra, ya que su rol cuando adopta la apariencia del fantasma es muy limitado. Esto se diferencia, por ejemplo, de lo que debió hacer Michael Fassbender en Frank, donde pese a llevar una cabeza falsa cubriendo completamente su rostro, también debió actuar a través de sus diálogos y movimientos corporales, cosa que Affleck casi no tiene necesidad de hacer. El director David Lowery incluso reconoció en algunas entrevistas que no todas las escenas donde vemos al fantasma corresponden al actor, sino que a otra persona bajo la sábana, debido a algunas refilmaciones que debieron hacer.

Más que por sus actuaciones, el efecto magnético de A Ghost Story, esa atmósfera misteriosa que la cubre, se logra gracias a la forma en que es ocupado el lenguaje cinematográfico. El montaje, que estuvo a cargo del mismo Lowery, en conjunto con su guion, le da ese ritmo tan particular a la obra, mientras que la fotografía de Andrew Droz Palermo, quien recurre a una relación de aspecto más cuadrada de lo normal, con bordes redondeados, le entregan una apariencia antigua a la película, como si se tratase de una foto vieja. Hay algo melancólico en la forma en que están filmadas sus escenas, algo que se siente también gracias a sus colores tenues.

En el largometraje que lo hizo conocido, Ain’t Them Bodies Saints (2013), Lowery ya había trabajando junto a Mara y Affleck, pero a diferencia de esa cinta donde su estética etérea venía casi a suplir su falta de sustancia, en este nuevo trabajo el estilo utilizado sirve como un gran complemento para lo que quiere decir. La obra alcanza un efectivo equilibrio entre lo lírico y lo racional; es cerebral sin llegar a ser fría, y poética sin caer en una abstracción incomprensible.

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