Blade Runner 2049 (2017)

Blade_Runner_2049-posterEl comienzo de la película Blade Runner (1982) se ha convertido con el pasar de los años en un ícono visual del cine. El plano aéreo que muestra a una futurista ciudad de Los Ángeles en el año 2019, densamente poblada y con unas gigantescas chimeneas que expelen llamaradas, nos adentra de inmediato en el universo en el que transcurre su historia. Una de las grandes fortalezas de aquella obra, y que le ha valido múltiples elogios, ha sido precisamente la forma en que construye ese mundo, transmitiendo al espectador el contexto en el que se desenvuelve su protagonista. Esa sociedad, pese a sus notorios avances tecnológicos, se encuentra sumida en serios problemas ambientales y socioeconómicos, lo que va creando una atmósfera tan fascinante como decadente.

Esos primeros minutos son también referenciados en Blade Runner 2049, la sorpresiva secuela de aquella obra de ciencia ficción que se estrenó este año. Además del primerísimo primer plano de un ojo, que estaba asimismo en la película original y que es ocupado como un símbolo recurrente por su director Ridley Scott, la nueva cinta intenta replicar su famosa imagen aérea. La diferencia es que las chimeneas que hacían referencia a una energía de carácter fósil, combustible, son ahora reemplazadas por numerosos paneles solares. Como ocurre con el resto del metraje, esta introducción logra un equilibrio entre un respeto por la primera cinta, a través de citas y alusiones directas, y una expansión de su mundo, actualizando o cambiando los elementos que la caracterizaban.

Su estrategia parece ser la más adecuada al momento de abordar una película tan respetada como Blade Runner. Cuando se anunció que se haría una segunda parte de aquella cinta, sobre todo después de tanto tiempo, surgieron múltiples dudas sobre la necesidad y la calidad de la secuela, a pesar incluso de la presencia de un cineasta tan talentoso como Denis Villeneuve en el proyecto. El resultado es una película que no solo ocupa temas y elementos del material original, sino que además logra capturar esa atmósfera que la ha hecho imperecedera y transformarla lo suficiente para que tenga un aire nuevo. En algunos aspectos, se puede decir que 2049 es hasta mejor que la primera.

Sin embargo, la tarea no era nada fácil, especialmente por las múltiples versiones que existen de la película original. Sin estar conforme con la versión que el estudio diseñó para su estreno de 1982, la que agregaba una narración de Harrison Ford para evitar confundir a los espectadores con la información que debían captar, Ridley Scott estrenó en 1991 una “edición del director”, que removía la narración y reemplazaba el final optimista que fue agregado por el estudio. Esta visión fue reforzada por una “edición final” de 2007, en la que Scott tuvo completo control artístico y editorial sobre la obra. Pero, si Blade Runner 2049 iba a ser una secuela de la primera cinta, ¿cuál de estas versiones debía seguir como guía?

Villeneuve ha señalado en varias entrevistas que su primer acercamiento a la película fue la versión para cines, aquella que fue diseñada por el estudio, siendo la versión con la que creció. Solo años después conoció las modificaciones que hizo Scott. Por esto, su forma de abordar el material consistió en no optar por una u otra visión, especialmente porque existen elementos fundamentales del protagonista que cambian en una y otra. Así, el director optó por adherir a la ambigüedad de Blade Runner más que a sus certezas, creando un relato que está abierto a interpretaciones y le otorga espacio a la audiencia para que vaya resolviendo algunas cosas por su cuenta.

Por ejemplo, una pregunta tan repetida como “¿es Deckard un replicante?” no recibe una respuesta definitiva en 2049, ya que el guion entiende que se trata de algo que no necesita explicación. Su valor es superior cuando se deja en manos de la audiencia, para que sean ellos quienes den forma a las múltiples lecturas que inspira. De igual forma, aspectos como la creación de los replicantes o su composición biológica, solamente se enuncian y su desarrollo queda como una invitación para el público. Quienes vean esta película buscando que todos sus elementos estén delimitados con precisión y que cada interrogante tenga una solución, se van a decepcionar.

La película tiene algunas lagunas argumentales, ciertos personajes no poseen motivaciones claras, y la investigación que se desenvuelve en ella tiene unos saltos deductivos más convenientes que creíbles, pero detenerse en esos puntos implicaría perder el foco de la obra. Al igual que la cinta de Ridley Scott, estamos ante una película cuyo principal motor es la fuerza de su atmósfera. Aunque tiene un ritmo lento, Blade Runner 2049 es capaz de fascinar gracias al funcionamiento de su mundo, siendo el diseño de producción de Dennis Gassner una parte fundamental de ese efecto. Su estética cyber punk, con elementos del cine negro, así como una mezcla de culturas entre lo occidental y lo oriental, hacen que la experiencia de ver esta obra implique sumergirse en su universo.

Roger Deakins, el eterno nominado de los premios Óscar, vuelve a trabajar con Villeneuve tras Prisoners (2013) y Sicario (2015). Si bien no pudo colaborar en su anterior obra, la muy buena cinta de ciencia ficción Arrival (2016), el director de fotografía demuestra un gran manejo dentro de ese género y deja en claro que solo alguien de su categoría podía estar a la altura de un desafío como este. Su trabajo posee aquella precisión y suntuosidad que requiere la secuela de un clásico del cine, sobre todo uno que ha pasado a la historia gracias a su aspecto visual, creando imágenes evocadoras, magnéticas. El envidiable manejo que tiene de las luces y sombras, recurriendo en varias ocasiones a las siluetas, le entregan un resultado lleno de personalidad a la película.

Los aspectos técnicos de la obra ayudan a complementar los temas que explora. Ideas como la identidad, la esencia de ser humano, la soledad, el control, la memoria, y el destino, resuenan con mayor fuerza cuando forman parte de un mundo tan vibrante como este. La ciencia ficción es un género que permite este tipo de lecturas gracias a su capacidad figurativa; a través de un ejercicio especulativo sobre la tecnología y sus efectos en la sociedad, estas películas son capaces de entregar comentarios acerca de nuestra propia realidad y sus interrogantes.

Todo esto tiene como marco una investigación que el agente K (Ryan Gosling) inicia tras desactivar a un replicante fugitivo. Las pistas que encuentra dan cuenta de un importante paso evolutivo en el desarrollo de estos seres, el que podrían tener consecuencias de enorme envergadura en caso de salir a la luz pública. Su misión consiste en encontrar y destruir todo rastro de esto, para así mantener el status quo de la sociedad en la que vive. Sin embargo, a lo largo de su investigación el protagonista irá descubriendo cosas que lo harán cuestionar su rol dentro de ese mundo e incluso su propia identidad.

Además de un viaje intelectual y un espectáculo visual, la película destaca gracias a las emociones que le dan forma, algo que la diferencia de la cinta original que tendía a ser más distante en ese sentido. Parte importante de esta nueva obra es la relación afectiva entre K y Joi (Ana de Armas), una inteligencia artificial que es personificada como un holograma. La dinámica entre ambos personajes hace recordar a lo que Spike Jonze hizo en Her (2013), introduciendo algunas implicancias adicionales. Villeneuve recurre a novedosas maneras de representar la relación entre ambos personajes, algo que se nota sobre todo en una fascinante escena amorosa que cae en el terreno del “valle inquietante”.

K debe lidiar con un constante estado de indefinición, cuestionando a lo largo de la película qué es genuino y qué no. Si bien estas preguntas surgen primero como parte de su trabajo de detective, poco a poco van inmiscuyéndose en aspectos personales de la vida del protagonista, creando una fuerte angustia existencial que lo va afligiendo. Entre estos cuestionamientos se encuentra el lugar que K ocupa en el mundo, algo que se relaciona con el tropo de “el elegido” y la subversión que la cinta hace de ese lugar común. La carga emocional de la obra está provista de una poderosa melancolía, la que le entrega una importante cuota de humanidad a una película que podría haber resultado densa e impersonal sin ella (algo que sentí, por ejemplo, cuando vi Kôkaku Kidôtai [Ghost in the Shell; 1995]).

Blade Runner 2049 es una superproducción poco común en el actual panorama del cine estadounidense. De ritmo pausado, privilegiando la atmósfera por sobre una trama sobrecargada, y lidiando con temas complejos, estamos ante una obra que es fiel a su visión y que no teme desafiar al espectador. Villeneuve vuelve a confirmar su lugar dentro de los grandes directores contemporáneos, consolidando su carrera en Hollywood y demostrando que su estilo no se ve cohibido por trabajar con un material tan venerado.

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