The Meyerowitz Stories (New and Selected) (2017)

The_Meyerowitz_Stories-posterEl entorno en el que se desenvuelven y las experiencias que han vivido, tienen un rol fundamental en la formación de un artista como persona y por consiguiente una influencia importante en su obra. En el caso del director Noah Baumbach esto se nota en que su filmografía gira en torno a historias ambientadas en la ciudad de Nueva York, dentro de un círculo social que podríamos llamar privilegiado, en el que sus personajes tienden a desarrollar actividades ligadas al mundo artístico, formando parte de una especie de burguesía intelectual que ha provocado más de alguna comparación con la obra de Woody Allen, otro cineasta que vive en esa ciudad.

Este tipo de historias tienen el riesgo de parecer elitistas, ya que transcurren en un universo que no está al alcance de la mayoría de los espectadores. Para evitar esa sensación, y generar empatía en la audiencia, Baumbach tiende a retratar a sus personajes con un toque de patetismo, haciéndolos imperfectos y, en resumen, humanos. Películas como Frances Ha (2012) y While We’re Young (2014) muestran a protagonistas inseguros, que están en una constante lucha por definir el rumbo de sus vidas. Con su nueva película, The Meyerowitz Stories (New and Selected), el director introduce el factor de la decadencia, al mostrar a una familia que está lejos de su época de gloria.

La idea es personificada por el patriarca del grupo, Harold Meyerowitz (Dustin Hoffman), un anciano escultor que alguna vez estuvo a punto de alcanzar el elusivo éxito artístico, pero cuya carrera no llegó a prosperar como deseaba. Aunque goza de cierta reputación, su renombre se acerca más a la cortesía que a la adulación, algo que lo fastidia. Su mayor logro ocurrió décadas atrás, cuando el prestigioso museo Whitney de Arte Estadounidense compró una de sus obras, pero se trata de un hecho aislado que no logró replicar durante los años siguientes. Como un reflejo de su situación actual, la escultura adquirida por el museo se encuentra inubicable, existiendo la posibilidad de que la hayan perdido.

Ya retirado de su ocupación como docente, Harold intenta capturar esa atención que según él merece, ojalá a través de una muestra retrospectiva de su trabajo. Su falta de reconocimiento es suplida por una ambición y un ego que lo convierten en alguien difícil de tratar, algo que saben muy bien sus hijos –Danny (Adam Sandler), Matthew (Ben Stiller) y Jean (Elizabeth Marvel)- , quienes en mayor o menor medida se vieron afectados por el desinterés afectivo de su padre. Tal como dice su título, la cinta se encuentra dividida en varios segmentos, los que se centran en diferentes miembros de esta familia.

Dado que gira en torno a una familia disfuncional, cuyos hijos han crecido con un fuerte resentimiento por la forma egoísta en que su padre se comportó con ellos, la película hace recordar a The Royal Tenenbaums (2001) de Wes Anderson. A diferencia del director de Texas, cuyos mundos y personajes se encuentran definidos hasta el último detalle, demostrando un ansia de control que no deja nada al azar, la cinta de Baumbach parece transmitir una sensación más espontánea sobre el entorno en el que habitan sus protagonistas. Mientras los personajes de Anderson parecen diseñados de manera muy precisa para encajar en ese universo tan particular y caricaturesco (en el buen sentido de la palabra), los de Baumbach viven de forma orgánica en su respectivo mundo.

La primera escena en la que vemos a Harold está llena de vitalidad, con rápidos diálogos entre los personajes, los que van dando cuenta de sus personalidades y de los diferentes tipos de trato que existen entre ellos. Una secuencia como esta es un buen ejemplo de esa sensación de ser presentados a una realidad que ya existía antes de que comenzara la película, siendo tarea del espectador ir captando las relaciones que existen entre los personajes y ver cómo es cada uno. La primera mitad del metraje descansa sobre este tipo de interacciones, prefiriendo destacar la idiosincrasia de sus personajes que depender de una trama demasiado marcada. Durante estos segmentos, la historia parece deambular más que avanzar, pero sus protagonistas son lo suficientemente interesantes para que no resulte molesto.

El punto de inflexión narrativo ocurre cuando Harold sufre un accidente cerebrovascular, debiendo ser internado en el hospital. Es acá cuando en términos de estructura y desarrollo la obra pasa a un terreno más convencional, ya que obliga a los hijos del escultor a estar a su lado y a reflexionar ineludiblemente acerca del rol que Harold tuvo en sus vidas. De repente la película pasa a adquirir una dirección determinada, la que va encaminando a sus personajes a un desenlace más o menos claro. No es que la cinta pase a ser predecible, pero si va recurriendo a algunos elementos ya conocidos.

Su gran atractivo es el elemento humano de la historia, específicamente la forma en que son construidos sus personajes. Danny es un hombre recién divorciado, que tiene buenas intenciones pero no ha logrado nada en términos profesionales; su potencial como músico nunca fue explotado más allá de las canciones que compone dentro de su círculo familiar, siendo su mayor orgullo su hija, Eliza (Grace Van Patten), que acaba de entrar a la universidad. Matthew, por su parte, es un exitoso hombre de negocios que vive en Los Ángeles, pero cuya vida parece vacía desde un punto de vista personal, con logros más superficiales que significativos.

Tanto Sandler como Stiller vienen a recordar en esta cinta el talento que tienen como actores, alcanzando unas de las mejores interpretaciones de sus carreras. Sandler, sobre todo, es capaz de lograr matices interesantes como Danny, a través de una mezcla de frustración y resignación cada vez que debe interactuar con su padre. Pero quien más llamó mi atención fue Elizabeth Marvel, quien con un rol bastante acotado le entrega un gran magnetismo a Jean, la hermana cuyo principal rasgo característico es pasar desapercibida. Como una forma de resaltar su exclusión, el propio guion le entrega un breve capítulo dentro de la cinta, pero así y todo se transforma en uno de los personajes más memorables de la obra.

Los elementos cómicos de la cinta no impiden momentos más incisivos, como los cuestionamientos que surgen contra Harold de parte de sus hijos, cuyo narcicismo lo ha llevado a estar en un constante estado de animosidad contra aquellos que según él no lo valoran lo suficiente. Matthew, por ejemplo, se pregunta si su padre es tan talentoso como aparenta, y si ese supuesto talento ha llevado a quienes lo rodean a excusar su mal trato. El patriarca de los Meyerowitz es una persona muy cuestionable, lleno de defectos, pero aún así la cinta logra entregarle algo de humanidad gracias al guion de Baumbach y a la actuación de Hoffman.

Debido a la profundidad del daño recibido por los hijos de Harold, es difícil que la situación dentro de la familia cambie demasiado. Si bien la situación que experimentan en la cinta los hace descubrir algunas cosas que no habían considerado antes, hay aspectos que seguirán junto a ellos durante mucho tiempo. La cuota de optimismo de la obra viene de la mano de Eliza, la hija de Danny, quien es mostrada a través de un lente más bondadoso que el resto de los personajes, demostrando que estos ciclos familiares nocivos no necesariamente deben replicarse en las nuevas generaciones.

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