Ingrid Goes West (2017)

Ingrid_Goes_West-posterAlgo interesante que ha generado internet, y específicamente aplicaciones como Instagram, es la capacidad para que cualquier persona pueda convertirse en una celebridad. Si bien antes existían barreras que superar, las que eran controladas por estudios de cine, compañías discográficas o agencias de modelos, hoy en día la fama puede ser alcanzada por personas de los lugares más variados. Ni siquiera el talento artístico –o la ilusión de tenerlo- es necesario en la actualidad, algo que se puede ver en la figura de los influencers, personas que acumulan cientos de miles de seguidores e importantes ganancias económicas gracias a su agudeza para inclinar la opinión o los gustos de los demás, lo que es aprovechado por marcas comerciales para pagarles a cambio de promocionar sus productos.

Gran parte del atractivo que transmiten estas personas depende del tipo de vida que aparentan tener en esa red social. A través de fotos cuidadosamente seleccionadas son capaces de crear una imagen que los eleva por sobre las personas comunes y corrientes. Viajes, comida, fiestas, todos estos elementos contribuyen a dar cuenta de una vida al que no puede acceder la mayoría de la población. Lo que atrae a sus seguidores, por lo tanto, es un sentimiento de aspiración, o incluso de envidia, que los lleva a anhelar algo que les gustaría ser. Da lo mismo que la realidad sea diferente a lo que se muestra en esas fotografías, ya que lo importante es la ilusión que genera y la manera en que convencen al resto.

En la película Ingrid Goes West, Taylor Sloane (Elizabeth Olsen) forma parte de ese grupo privilegiado de personas que es idolatrada por compartir su vida en las redes sociales. Aunque se considera a sí misma una fotógrafa, su trabajo se limita a subir imágenes a su cuenta de Instagram acompañadas de una calculada frase o reflexión que buscan crear una imagen muy específica de su entorno. Todo en ella parece transmitir una idea de perfección, desde la ropa que usa y los lugares que visita hasta la relación que tiene con su marido Ezra (Wyatt Russell), un artista que crea obras tan o más superficiales que las imágenes de Taylor.

Una de las tantas personas fascinadas por su vida es Ingrid Thorburn (Aubrey Plaza), quien tras la muerte de su madre y la herencia que recibió de ella decide mudarse a Los Ángeles para conocer a Taylor. La película no tarda en mostrarnos que la obsesión de Ingrid cruza los límites de lo que uno puede considerar normal, estando dispuesta a hacer todo lo posible por encontrarse en persona con ella. La joven decide frecuentar los mismos lugares que aparecen en sus fotografías, adoptar su estilo y hasta robar a su mascota para poder “devolverá” posteriormente. La torpeza de sus primeros intentos y la incomodidad que surge cuando finalmente conoce a Taylor dan paso a una efectiva tensión a medida que los días avanzan y las mentiras que ha ido construyendo pueden ser descubiertas en cualquier momento.

El director Matt Spicer, que escribió el guion de la cinta junto a David Branson Smith, no esconde sus críticas a la cultura de la frivolidad que se forma a través de este tipo de redes sociales. Estos comentarios satíricos acerca de la tecnología y su influencia en la vida de las personas pueden levantar algunas comparaciones con una obra como Black Mirror, pero mientras la serie de Charlie Brooker recurre a la ficción especulativa para hipotetizar acerca de un futuro cercano, Ingrid Goes West se encuentra anclada en la actualidad. Sirve como una muestra fiel de esta época específica y de sus circunstancias, la que en algunos años más podría convertirse en una especie de cápsula del tiempo proveniente de 2017.

Debido a la forma apresurada a la que avanzan los cambios tecnológicos, algunas de las cosas mostradas en la película van a pasar de moda dentro de cierto tiempo. De hecho, mientras estaban filmándola, Instagram realizó unos cambios en su interfaz que obligaron a Spicer a modificar digitalmente los planos donde se mostraba la aplicación para poder actualizar su diseño. Afortunadamente, la presencia de esos elementos tecnológicos está al servicio de lo que sienten los personajes, por lo que el riesgo de esa futura obsolescencia  no es tan grande en términos de la sustancia de la cinta. No llega, por ejemplo, al extremo de una película como Unfriended (2014), que trazó su propia narración en torno a determinados programas y sitios web.

Al contar una historia como esta, en la que una persona desequilibrada inventa una personalidad y miente para poder acceder al círculo cercano de alguien, habría sido fácil caer en el terreno del thriller y reducir a Ingrid solo a una amenaza. Sin embargo, y pese a que existen ciertos aspectos que se acercan al terreno del suspenso, al mismo tiempo es capaz de entregarle una cuota de humanidad a la joven, permitiendo que incluso sintamos empatía por ella. Esto se logra gracias a la perspectiva desde la cual es contado el relato, siendo Ingrid nuestro punto de referencia en todo momento. El resultado habría sido muy distinto si la historia fuese contada solo desde el punto de vista de Taylor.

Este efecto también es potenciado por el hecho de que el actuar reprochable y hasta peligroso de la protagonista es motivado por un fin sincero, que es la amistad de alguien que admira. Tras el accionar inicial de Ingrid no hay un deseo de riqueza, de venganza ni de causar daño, sino que busca simplemente compañía. Con la muerte de su madre, sin familiares ni amigos con los cuales contar, internet parece ser su  única ventana al mundo exterior, y su travesía a Los Ángeles surge como una forma –impulsiva, extraña- de hacer frente a la muerte de un ser querido. De esta manera el humor negro de la película, que depende mucho de Ingrid y de lo que hace, adquiere un tono tragicómico.

Lo que busca Ingrid es llenar un vacío que no puede llenar a través de otros métodos. Su obsesión por el estilo de vida de Taylor, que la lleva a intentar adoptar sus gustos e idiosincrasia, tiene por fin último alcanzar un estado ideal que no es capaz de lograr por su propia cuenta. La protagonista tiene un problema evidente, y la película no llega a justificar sus acciones. El guion, sin embargo, tampoco le adjudica toda la culpa ni apunta sus críticas solo hacia ella, ya que la actitud de Taylor también es cuestionada. Así como Ingrid recurre a mentiras para poder entrar a la vida de Taylor, esta última emplea una idealización de su propia vida para entregar una imagen que no necesariamente coincide con la realidad. Cuestiones como la honestidad, la superficialidad, la inseguridad, y las apariencias, van chocando a lo largo de la película, y les van dando forma a sus personajes, sin que la cinta recurra a reducciones simplistas sino que a matices interesantes.

Aubrey Plaza, que ha desarrollado su carrera generalmente con papeles secundarios, demuestra su talento como protagonista en esta obra a través de una actuación que no resulta autoparódica, sino que le entrega a Ingrid una sinceridad muy efectiva. El personaje se siente complejo, real, y el trabajo de Plaza le debería valer más de algún reconocimiento. Otro miembro del elenco que destaca, además de Elizabeth Olsen en el papel de Taylor, es O’Shea Jackson Jr, quien interpreta a Dan Pinto, el arrendador de Ingrid. El hijo del rapero Ice Cube le entrega una importante cuota de humanidad a la película, gracias a un carisma y honestidad que brilla en cada escena en la que participa.

Lo incisivo de su guion y su interés por abordar temas tan actuales no impide que Ingrid Goes West sea, ante todo, una cinta acerca de sus personajes y lo que deben vivir. Una historia como esta podría haber sido excesivamente sermoneadora en relación a los peligros de la tecnología, pero la obra tiene la suficiente altura de miras para examinar esos puntos con madurez.

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