Justice League (2017)

Justice_League-posterCreada en 1960 como una sucesora de la Sociedad de la Justicia de América, la Liga de la Justicia se transformó rápidamente en uno de los grupos de superhéroes más famosos del mundo. Al reunir a los personajes más populares de DC Comics, como Superman, Batman, Wonder Woman, Aquaman y Flash, su éxito no solo se limitó a esa editorial sino que abarcó el medio de los cómics en general, siendo posteriormente adaptada a numerosas series de televisión y películas animadas. Su influencia se extendió incluso hasta su competencia directa, Marvel, que aprovechando las buenas ventas logradas por la Liga decidió crear su propio grupo de superhéroes, los Cuatro Fantásticos. Siendo tal su importancia dentro de ese entorno, la noticia de una película en imagen real levantó toda clase de expectativas entre los fanáticos, quienes esperaban algo a la altura de esta reunión.

Sin embargo, en vez de convertirse en la punta de lanza de una nueva forma de hacer películas de superhéroes, creando algo de una escala que no se había visto antes -como podría haber sido el caso del proyecto de la Liga de la Justicia que el director George Miller no pudo concretar hace una década atrás-, la versión de la Liga estrenada este año surge dentro de un contexto bastante particular. Si en el mundo de los cómics fue DC la editorial que fijó las bases de las historias sobre superhéroes, en el cine esa tarea ha sido desarrollada principalmente por Marvel Studios, que desde 2008 y gracias a su universo cinematográfico se ha convertido en la norma de ese tipo de cintas. Con historias interconectadas y personajes que colaboran de forma constante entre sí, sin que las barreras que existen entre una película y otra impidan narrar un relato más general, ha sido esta estrategia la que fue adoptada por el resto de los estudios al momento de llevar a sus personajes a la pantalla.

Mientras Marvel finalizaba la primera fase de su ambicioso plan con el estreno de The Avengers (2012), que reunía a los superhéroes de sus películas de años anteriores, DC y Warner Bros. recién comenzaban a fijar las bases de su denominado universo extendido con la cinta Man of Steel (2013). A la circunstancia de haber comenzado después de Marvel, algo que los llevaba inevitablemente a ser comparados con lo que ellos hicieron antes, se sumó la tibia respuesta recibida por parte de la crítica, la que pasó a ser derechamente negativa con el estreno de Batman v Superman: Dawn of Justice (2016) y Suicide Squad (2016). Aunque los buenos comentarios de Wonder Woman (2017) les dieron un respiro, Warner y DC eran conscientes de que con eso no bastaba para asegurar el futuro de su plan a largo plazo, siendo Justice League (Liga de la Justicia) una prueba decisiva.

El tono oscuro y lo confusa que era la trama de Batman v Superman fueron los principales puntos bajos de esa película, por lo que la estrategia al momento de hacer Justice League fue intentar algo opuesto a eso. La historia narrada tiene una estructura muy sencilla, y el relato en sí posee varios de los lugares comunes que uno ha visto en otras películas de superhéroes, incluido el primer largometraje de los Avengers. De esta manera, los protagonistas deben unirse para luchar contra un poderoso villano intergaláctico que cuenta con un enorme ejército de criaturas creadas con efectos digitales. Su plan consiste en utilizar una especie de reliquia milenaria capaz de destruir el planeta Tierra. No obstante, antes de poder enfrentarlo, los superhéroes deberán aprender a trabajar juntos, aprovechando sus diferencias para complementarse entre sí.

En el caso de esta obra, la amenaza es personificada por Steppenwolf (Ciarán Hinds), un guerrero proveniente del planeta Apokolips que quiere reunir las tres Cajas Madre que se encuentran en la Tierra para poder desatar su poder destructor. La aparición de este villano y de su ejército de Parademonios se vio propiciada por la muerte de Superman (Henry Cavill), cuya presencia y poderío dificultaban el desarrollo de su plan. Advirtiendo el peligro que asecha a la humanidad, Batman (Ben Affleck) decide reunir a un grupo de héroes con habilidades especiales –Wonder Woman (Gal Gadot), Flash (Ezra Miller), Aquaman (Jason Momoa) y Cyborg (Ray Fisher)- para luchar contra Steppenwolf y proteger a nuestro planeta.

La apuesta de Warner en esta ocasión es más segura, prefiriendo transitar por un camino ya conocido, sin comprometerse demasiado. Es difícil evaluar una película como esta en comparación con las otras dos cintas que Zack Snyder dirigió dentro del universo extendido de DC. Si bien sus intentos anteriores fueron más irregulares en términos de calidad, existía una visión definida, dentro de la cual se podían ver algunos atisbos de qué quería lograr. En este caso, el resultado es más aceptable, pero su identidad parece más difusa. Además de la labor del propio Snyder, es necesario considerar el rol que pudo haber tenido el estudio sobre las decisiones creativas, y también las contribuciones que realizó Joss Whedon, director que se hizo cargo de la posproducción del proyecto luego de la tragedia personal que obligó a Snyder a dar un paso al costado.

Pese a que Whedon llegó a filmar escenas adicionales, las que según estimaciones de Warner corresponden al 10 o 15% del resultado final, el crédito de director fue otorgado exclusivamente a  Zack Snyder. Uno puede notar la influencia del director de Avengers en aquellos momentos más distendidos entre los protagonistas, con cuotas de humor que se extienden a lo largo de la película, especialmente aquellas escenas en las que participa Flash. Los detalles en torno a la producción de la película, incluidos los retoques digitales que debieron hacer al bigote de Henry Cavill en las nuevas escenas, son más llamativos que la propia obra, y demuestran que estamos ante una cinta que fue creada a través de diversas miradas, sin un norte muy claro.

Aunque la trama no es tan enmarañada como la de Batman v Superman, el relato todavía tiene algunos problemas de cohesión, especialmente durante sus primeros minutos debido a escenas que no conectan demasiado entre sí. Uno de los aspectos que quisieron corregir de la anterior película fue su excesiva duración, reduciéndola a dos horas, pero una historia con tantos personajes como esta habría podido beneficiarse de algo más de tiempo, sobre todo para lograr esa magnitud y carácter épico que quiere alcanzar. Algunos de sus momentos avanzan de forma demasiado apresurada, como un punto que dice relación con el regreso de Superman, cuya muerte en la cinta anterior fue igual de acelerada.

Los cambios en el tono de la película se extienden incluso a la propia paleta de colores utilizada, la que resulta más vibrante que la estética deslavada a la que recurría Snyder. En el caso de los personajes, se nota una mayor tendencia por los chistes y los comentarios agudos entre ellos. Batman, por ejemplo, sufre un importante cambio con la imagen severa que mostró cuando peleó contra Superman, mientras que la incorporación de superhéroes como Flash y Aquaman ayuda a relajar el ambiente con cada una de sus intervenciones. El propio Superman se muestra más jovial que en sus dos largometrajes previos, acercándose a la imagen que ha proyectado durante décadas en los cómics y en sus adaptaciones animadas.

Si en la dinámica entre los protagonistas se notan unas chispas de vitalidad que le dan energía a la cinta, ocurre lo contrario cuando vemos al villano, que no puede ser más genérico en su diseño, sus motivaciones y su plan. Su presencia en la película parece una excusa para que la trama avance y los personajes principales tengan una razón para trabajar juntos. Lo poco memorable del villano hace que incluso nos preguntemos si valía la pena resucitar a Superman en esta ocasión, ya que parece una oportunidad desaprovechada. Mirado de esa forma, el regreso del kriptoniano no tiene demasiada justificación desde una perspectiva general, siendo una decisión algo prematura.

Hasta la ambientación de la batalla final es tan aburrida como el mismo Steppenwolf. Estas secuencias transcurren en un destartalado pueblo de Europa del este, donde si bien se insinúa la presencia de varios habitantes, la película se limita solo a mostrar a una familia de tres o cuatro personas, lo que le entrega una extraña sensación de trivialidad a un peligro que se supone es de escala global. El estilo grandilocuente que ha caracterizado a la filmografía de Zack Snyder, el que podría haber funcionado con personajes como estos, los que a diferencia de Marvel se asemejan más a dioses que a personas, no se nota durante este último tercio, cayendo más bien en el terreno de lo corriente.

Las comparaciones con Avengers pueden resultar cansadoras, pero era algo inevitable ya que se trata de películas que giran en torno a los grupos más populares de sus respectivas editoriales. Hoy en día uno tiende a dar por sentado los logros de esa película de 2012 y su rol en la formación del panorama actual del cine de superhéroes, pero no debemos olvidar sus méritos y el trabajo que hubo detrás. La batalla ambientada en Nieva York, por ejemplo, demuestra una claridad y una progresión narrativa que Justice League desearía tener, y sus virtudes salen a relucir cuando la comparamos con una cinta como esta, que peca de desarticulada.

Siendo la Liga de la Justicia un grupo de superhéroes tan trascendente en el mundo de los cómics, uno esperaría algo más de esta película. Más allá de los defectos, estaba la esperanza de ver algo innovador, que nos mostrara cosas a las que no estábamos acostumbrados, pero el resultado tiende a lo derivativo. Por eso, llama la atención la mención especial que se hace al artista Jack Kirby al final de los créditos, la que parece limitarse solo a los personajes y elementos de la trama basados en la historia “Fourth World” que hizo a comienzos de los 70, la que exploraba la dimensión cósmica del universo de DC. De su estrafalario estilo artístico no hay mayores señales en esta película, siendo un mejor tributo a Kirby el que Taika Waititi realizó en Thor: Ragnarok (2017).

Más que convertirse en un estreno que demostrara la categoría de estos personajes icónicos, como una especie de señal de autoridad ante lo que otros estudios habían estado haciendo en años anteriores, esta cinta parece un trámite que DC quería cumplir para poder asegurar sus siguientes proyectos.

Con sus problemas y todo, Justice League es un paso en la dirección correcta para DC, destacando el heroísmo de sus protagonistas, algo que se echaba de menos, y formando buenos lazos entre estos. Las mejores escenas de la película son aquellas que muestran a sus superhéroes interactuando entre sí, lo que se nota en los breves pero efectivos momentos que se dan entre Flash y Superman. De hecho, de las dos escenas que aparecen en los créditos finales (una estrategia que DC y Warner habían querido evitar pero que finalmente ocupan en esta película), la que más me gustó no fue aquella que tiene mayores implicancias para la trama de las cintas posteriores, sino que la primera, esa que puede resultar algo intrascendente pero que posee una mayor cuota de humanidad.

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