Phantom Thread (2017)

Phantom_Thread-posterEn Phantom Thread (El hilo fantasma), supuestamente su último trabajo antes de su retiro definitivo de la actuación, Daniel Day-Lewis interpreta a Reynolds Woodcock, un diseñador de modas que vive en Londres en la década de los 50. Este personaje, que desempeña su oficio con meticulosidad y posee un gran talento artístico, parece a simple vista no compartir demasiadas cosas con Daniel Plainview, el ambicioso empresario petrolero que interpretó en la cinta There Will Be Blood (2007), también dirigida por Paul Thomas Anderson. Sin embargo, existen algunos paralelos que se van descubriendo entre ambos roles, como la obsesión que cada uno demuestra por su respectiva ocupación, o la manera en que tratan a quienes los rodean no como fines en sí mismos sino que como medios para alcanzar un objetivo.

Esta característica del protagonista no resulta evidente cuando vemos su primer acercamiento a Alma (Vicky Krieps), quien posteriormente se convierte en su musa y cuya relación da forma a la columna vertebral de la obra. Cuando la ve por primera vez en un restorán, donde ella trabaja como mesera, la actitud de Woodcock es cautelosa, delicada, demostrando una fuerte fascinación por la joven y quedando maravillado ante su presencia.  Hay algo en ella que llama poderosamente su atención, pero no tardamos en descubrir que dicho sentimiento no se acerca a la idea de amor, sino más bien a un interés por potenciar su propia labor creadora. Alma despierta un arrebato artístico en el protagonista, quien en la primera noche que comparten ya le solicita tomar sus medidas y probarse unos prototipos de vestidos en los que estaba trabajando.

Con una personalidad controladora, que lo lleva a dirigir de manera estricta cada aspecto de su día a día, Woodcock pasa a ver a Alma y a las demás mujeres que la precedieron, como una herramienta más que tiene a su alcance. De esta manera, para él no se diferenciarían demasiado de unos simples maniquíes. La única persona que parece disculpar su comportamiento es Cyril (Lesley Manville), su hermana y la encargada de administrar sus negocios, quien ve estos caprichos como algo inseparable de su genio creativo. A diferencia de sus antecesoras, que buscaban acomodarse  a las exigencias del protagonista, Alma aparece como un factor disruptivo dentro de la vida del diseñador, prefiriendo adoptar un comportamiento más contestatario que sumiso cuando la tensión aumenta.

Desde Magnolia (1999) en adelante, la filmografía de Paul Thomas Anderson ha estado acompañada de una atmósfera enigmática, difícil de descifrar. La caracterización y comportamiento de sus personajes no siguen caminos que uno pueda considerar como demasiado convencionales, algo que también se nota en esta nueva cinta. Phantom Thread es una obra que funciona con sus propias reglas, dejando que sean las peculiaridades de sus protagonistas, y no nuestras expectativas, las que vayan controlando lo que ocurre en la pantalla. Con elementos de romance, drama, thriller y hasta comedia, la película evita ser clasificada dentro de una categoría acotada, dejando de lado los conflictos y desenlaces demasiado definidos.

La relación que surge entre Woodcock y Alma, por ejemplo, no obedece a las fórmulas típicas que uno podría esperar de una premisa como esta. Anderson opta por la ambigüedad al momento de dar forma a la dinámica entre esos personajes, para no encasillarlos con roles rígidos. La disputa de poder que se forma dentro de la pareja no tiene un desarrollo previsible, en el que uno pueda determinar de inmediato sus motivaciones ni el ánimo con el que actúan, adquiriendo tintes incluso perversos hacia el final. Aunque se trata de un elemento inusual, que parece no tener precedentes demasiado directos en otras obras, este aspecto del guion está dotado de una sinceridad que hace que la relación entre sus protagonistas resulte efectiva.

El hecho de estar ambientada en un mundo refinado, de la alta sociedad de mediados del siglo XX, no transforma a la cinta en algo empaquetado ni aburrido. Bajo esa superficie tradicionalista se esconde una sensibilidad contemporánea a través de la cual se exploran ideas inesperadas. La singular interacción que desarrollan sus protagonistas, donde las dinámicas de poder van cambiando y existe un anhelo de dominación y de mantener al otro en un estado de vulnerabilidad, presenta similitudes con los fundamentos de una práctica como el BDSM. Sin la necesidad de elementos frívolos como los presentes en la película  Fifty Shades of Grey (2015), esta obra es capaz de entregar un relato osado, que no necesita recurrir a lo obvio.

Como es costumbre, la actuación de Daniel Day-Lewis es de gran calidad, creando un personaje que posee una idiosincrasia muy particular, expresada a través del tono de voz, conducta y estados de ánimo que muestra a lo largo de la película. Igual de admirable es la labor de Vicky Krieps, una actriz de Luxemburgo que no se encoge cuando debe compartir escena con alguien de una trayectoria tan vasta y elogiada como él. Las interacciones entre los personajes tienen un convincente grado de naturalidad, demostrando de vez en cuando momentos de espontaneidad debido a algunas improvisaciones y también a la forma en que Day-Lewis aborda los personajes que debe encarnar. Practicante de la actuación de método, su compenetración con los roles es tal que insistió en que no debía conocer a Krieps sino cuando su personaje lo hiciera, de tal manera que la escena en el restorán donde hablan por primera vez es también el primer encuentro entre ambos intérpretes.

Un tipo de cine como el que hace Paul Thomas Anderson, que privilegia lo difuso por sobre lo concluyente, puede no conectar con ciertas personas. Sin embargo, ese interés por lo enigmático no debe ser confundido con un resultado incomprensible, frustrante, como el de otras cintas que están tan preocupadas de sí mismas que olvidan que deben ser vistas posteriormente por una audiencia. El director es capaz de crear una especie de fuerza subterránea que nos indica de forma general cuál es la dirección a la que apunta la obra, aún cuando no podamos precisar cada uno de sus detalles. A eso contribuye también la atmósfera que va creando, que en este caso depende en gran medida de la banda sonora de Jonny Greenwood, guitarrista de Radiohead que ya lleva cuatro largometrajes colaborando con Anderson.

Son pocos los directores que se pueden dar ese lujo, poder hablar con voz propia, sin tener que incurrir en demasiados compromisos. Anderson ha alcanzado esa etapa dentro de su carrera en la que su estilo es reconocido por el resto, y en vez de dar excusas o explicaciones sobre el mismo, puede desarrollarlo de tal manera que es capaz de evolucionar, sin quedar estancado por miedo a que no lo entiendan cuando cambie algo. Phantom Thread no es The Master (2012) ni Inherent Vice (2014), pero al mismo tiempo todas esas películas cuentan con una perspectiva que las convierte en un producto inseparable de su creador.

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