Darkest Hour (2017)

Darkest_Hour-posterEn una de esas curiosas coincidencias que a veces ocurren en el cine, en el mismo año se estrenaron dos películas que giran en torno al asedio que sufrieron las tropas británicas en la playa francesa de Dunkerque por parte de los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras en Dunkirk (2017) el director Christopher Nolan se centraba en los anónimos rostros de las personas que participaron directamente de ese hecho histórico, optando por un estilo visceral que nos hacía parte de lo que ocurrió en ese enfrentamiento, en Darkest Hour (Las horas más oscuras) de Joe Wright el foco de atención se posa sobre las personas que tomaban las decisiones en las altas esferas, específicamente sobre el primer ministro Winston Churchill, lo que permite que las diferentes perspectivas de cada obra las convierta en piezas complementarias.

La cinta transcurre durante mayo de 1940, en el primer mes de Churchill (Gary Oldman) ocupando el puesto, tras reemplazar al criticado Neville Chamberlain (Ronald Pickup) cuya actitud pasiva no lo convertía en el nombre más indicado para abordar el violento avance de Hitler por Europa. La elección de Churchill obedece a un acuerdo político entre conservadores y liberales, siendo la persona que generaba el mayor consenso entre ambos sectores frente al preocupante panorama internacional. Sin embargo, esta aparente aprobación inicial a la figura del protagonista no lo exime de las dificultades que deberá enfrentar durante las primeras semanas en el cargo, las que en el plano exterior están marcadas por la desventaja numérica de las tropas nacionales ante los alemanes, y en el interno por la amenaza de ser destituido como primer ministro debido a sus cuestionadas decisiones.

El dilema político y moral que encara Churchill en la película dice relación con qué está dispuesto a sacrificar ante el peligro que asecha a su país. Con gran parte de su ejército atrapado en la costa de Francia, rodeado de fuerzas enemigas, una de las opciones más razonables parece ser negociar con los alemanes y evitar la masacre de cientos de miles de soldados. Pero la posición del protagonista es diametralmente opuesta, ya que negociar con el enemigo significaría quedar sometido a sus condiciones, dependiendo de la honradez de un hombre en quien él no confía. Churchill opta por un discurso que exalta la lucha del pueblo británico y los esfuerzos por evitar a toda costa la subyugación por parte de un régimen autoritario como el nazi.

Mirando la situación en retrospectiva, sabemos que la postura del protagonista fue finalmente exitosa, reforzando el espíritu del pueblo británico y evitando la derrota de su país. Sin embargo, la solución alternativa, que en la cinta es defendida por Chamberlain y el Conde de Halifax (Stephen Dillane), también era válida dentro de ese delicado contexto, si consideramos que ayudaría a impedir un baño de sangre. Aunque la película tiende a mostrar la razonabilidad de esa opción y el riesgo que estaba asumiendo Churchill, queda la sensación de que esos dos personajes son retratados bajo una tenue luz de villanos. De esta manera, el conflicto que busca transmitir la obra no llega a tener la fuerza que probablemente tuvo en la realidad, ya que al conocer el desenlace de antemano sabemos cuál de los dos caminos terminó triunfando.

Los argumentos de Churchill no obedecen a un razonamiento de carácter utilitarista ni a un análisis detallado de los peligros a los que están sujetos los soldados en Dunkerque. Su visión está inspirada más bien por algo intangible, por una sensación visceral de no rendirse jamás y luchar hasta las últimas consecuencias. Así, el principal aliado que tiene es la fuerza del lenguaje, echando mano a su talento como orador para inspirar a los ciudadanos. A lo largo de la cinta lo vemos redactando discursos con la ayuda de su asistente Elizabeth Layton (Lily James), pensando la forma en que dirá ciertas cosas o la cantidad de información que dará a conocer, lo que da cuenta de la importancia de las palabras en la política.

Entre los puntos fuertes de la obra, el que más destaca es la actuación de Gary Oldman como Winston Churchill, que le ha significado numerosos premios durante los últimos meses. No sé si será por los elogios que ha ido acumulando, algo que me llevó a ver la cinta examinando especialmente su interpretación, pero de vez en cuando uno es capaz de divisar a la persona del actor bajo el maquillaje y las prótesis, lo que interrumpe la ilusión de estar viendo a alguien de carne y hueso. Puede que esto se deba al tono de voz utilizado, que le da un aire medio artificial, como el de Natalie Portman en Jackie (2016). Aun así su trabajo es bueno, demostrando algunos momentos esporádicos de vulnerabilidad e inseguridad por parte del personaje que contribuyen a humanizarlo, bajando a Churchill de ese pedestal en el que las figuras históricas tan importantes suelen estar.

La desesperanza que transmite Oldman durante los episodios más complejos que muestra la película, complementada por la labor del director Joe Wright que es capaz de crear tensión aún cuando ya sabemos cómo termina la historia, hace que el título de la cinta esté justificado. Debido a la situación que enfrentaba Europa durante esa época, con gran parte del continente bajo el control de Hitler y sin tener todavía el apoyo directo de Estados Unidos, el futuro del Reino Unido era sombrío. Una figura como la de Churchill, decidido y hasta terco, que transmitía la fuerza que le hacía falta a su país, se convirtió en uno de los principales pilares durante esos años de guerra. Su personalidad estaba tan ligada a un contexto como ese que al poco tiempo de haber finalizado la Segunda Guerra Mundial, en 1945, perdió la reelección.

Si en Dunkirk la narración va alternando entre diferentes relatos, cruzándose unos a otros a diversos ritmos, para crear una sensación de inmediatez y acentuar el sentido de urgencia, Darkest Hour prefiere una aproximación más convencional, recurriendo a un orden cronológico que pone el énfasis sobre el transcurso del tiempo y la acumulación de los acontecimientos, avanzando hacia un crucial desenlace. El desempeño correcto pero sencillo de la cinta hace recordar a The King’s Speech (2010) de Tom Hooper, sobre todo por una escena ambientada en el metro de Londres que peca de cursi y hasta ridícula, dejando de lado los matices y prefiriendo deletrear cada uno de los puntos que quiere transmitir. Afortunadamente la obra como un todo no llega a ser tan insípida como la cinta de Hooper.

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