The Florida Project (2017)

The_Florida_Project-posterLos moteles que vemos en la película The Florida Project (El proyecto Florida), ubicados en las afueras de Disney World, fueron creados originalmente como una alternativa económica para aquellos turistas que no podían hospedarse en los resorts que están dentro de ese parque de diversiones. Con nombres que hacen referencia más o menos directa a las atracciones de dicho lugar, como The Magic Castle o Futureland, de vez en cuando llegan por error algunas personas que creyeron haber reservado una pieza en un lujoso hotel, pero hace tiempo que sus residentes dejaron de ser turistas despistados o con poco dinero. La gran mayoría de los hospedados son ahora familias que aprovechan la tarifa de los moteles para instalarse de manera fija en ellos, ya que las opciones más tradicionales de vivienda están fuera de su alcance.

Ese es el caso de Halley (Bria Vinaite), una joven madre soltera que vive junto a su hija Moonee (Brooklynn Prince) en una habitación de The Magic Castle, motel que es administrado por un bienintencionado hombre llamado Bobby (Willem Dafoe). La película sigue el día a día de madre e hija, mostrando por una parte las aventuras de Moonee, que junto a sus amigos busca diferentes formas de pasar el rato, alborotando de vez en cuando el funcionamiento del motel; y por otra parte los intentos de Halley por ganar dinero para poder seguir viviendo en ese lugar, algo que debe obtener a través de medios no convencionales dado que no tiene un trabajo estable. Su estilo de vida se basa en la inmediatez, al no contar con los medios económicos para poder planear su panorama por más de una semana, que es la frecuencia con la que se debe pagar el hospedaje en el motel.

No es la primera vez que el director Sean Baker ha ambientado una de sus historias en un ambiente de marginalidad, donde sus personajes se encuentran excluidos del resto de la sociedad. En su anterior largometraje, Tangerine (2015), sus protagonistas eran dos afroamericanas transgénero que se dedicaban a la prostitución, mientras que en The Florida Project el director se centra en un grupo social que en inglés es conocido como hidden homeless (“indigentes ocultos” o “indigentes secretos”). Se trata de aquellas personas que viven en moradas provisorias, sin tener perspectivas ciertas acerca de una vivienda permanente. Si bien no están en la calle, como los verdaderos indigentes, deben lidiar con un constante estado de incertidumbre, al vivir como allegados en casas de otras personas o estar en lugares de hospedaje temporal como el motel que aparece en esta cinta.

El guion de la película fue escrito por Baker y Chris Bergoch, un colaborador con el que ya había trabajado en sus dos anteriores cintas.  El tema de la obra fue propuesto por Bergoch, y ambos iniciaron un proceso de investigación para entregarle al resultado final un aire de verosimilitud que fuese creíble, entrevistando a varias personas que se encontraban en esa particular situación. La estrategia utilizada, así como el hecho de girar en torno a personajes que se encuentran a la deriva, luchando por mantenerse a flote dentro de una sociedad a la que parecen no pertenecer, recuerda a la película American Honey (2016) de Andrea Arnold.

Otra de las similitudes con esa cinta es que la protagonista no es una actriz profesional, sino que alguien que fue descubierta para participar en el proyecto, en este caso luego de que el director encontrara su cuenta de Instagram. Baker acostumbra ocupar personas poco conocidas en el elenco de sus películas, siendo la gran excepción en The Florida Project el actor Willem Dafoe, el intérprete de mayor renombre que ha aparecido en una de sus obras. A pesar de ser un rostro conocido, que ha actuado incluso en grandes blockbusters, la labor de Dafoe se complementa con el trabajo de los nombres menos experimentados, sin llegar a derrumbar la ilusión de veracidad que atraviesa a la cinta.

La búsqueda de un aire naturalista en las actuaciones y en las situaciones narradas no impide que la película pueda recurrir a un estilo propio, que la destaque de las demás. Así como ocurría en Tangerine, el director Sean Baker representa la realidad de una manera recargada, algo que se puede ver en la paleta de colores utilizada. Como una manera de evocar la fantasía de Disney World y crear un contraste con la compleja realidad de los personajes, cada color que aparece en la pantalla resalta de manera llamativa. Es una buena manera de recordarnos la cruel ironía de que justo afuera del “lugar más feliz del mundo”, haya personas que vivan de las migajas del sistema económico que permitió la creación de ese parque de diversiones. Además de hacer referencia al nombre clave con el que fue conocida la construcción de Disney World, el título de la cinta también se pueden vincular con la ideal del project estadounidense, un nombre con el que son conocidas las viviendas públicas que presentan altos grados de marginalidad y hacinamiento.

Sin necesidad de una trama demasiado estructurada, la obra nos entrega un vistazo del tipo de vida que existe dentro del motel, desde los ratos de ocio de los niños y los tipos de cosas que hacen para mantenerse entretenidos, hasta la forma en que Halley se las intenta ingeniar para ganar dinero o la manera en que Bobby debe solucionar los problemas que se van presentando dentro de las inmediaciones del recinto. La dinámica que se produce entre los personajes es creíble y sirve para crear una sensación orgánica dentro de esa comunidad, como si estuviésemos ante un grupo vivo, que podría perfectamente existir fuera de los márgenes de la película.

Aunque el relato se mantiene aterrizado durante gran parte del metraje, esto se rompe en sus últimos minutos, cuando adquiere un aire más fantástico y ambiguo. Esta decisión estilística se ha transformado en uno de los puntos más divisorios de la cinta, llegando incluso a arruinarle la experiencia a varios espectadores que habían disfrutado de la obra hasta ese repentino cambio. Pese a que se trata de un giro algo brusco en la narración, que sale de lo convencional, de todas maneras termina siendo coherente con el punto de vista de la película, que privilegia la perspectiva de su protagonista infantil, por lo que es posible justificar ese camino dentro del contexto de la obra.

Otro de los elementos que ha generado opiniones encontradas es la forma en que es retratada Halley, y cómo su comportamiento provoca un rechazo en algunas personas que ven en su cuestionable actuar algo demasiado insoportable. No es necesario que el protagonista de una película sea simpático para que uno pueda disfrutar de una obra, ya que hay varios ejemplos de personajes de moral desviada -que se acercan hasta el terreno de la psicopatía-, cuyo comportamiento no afecta la calidad de sus respectivas cintas. La razón de la sensación negativa que surge contra Halley parece estar relacionada con la presencia de Moonee, ya que es distinto cuando un personaje realiza cosas que lo afectan a si mismo que cuando hay un niño involucrado, siendo este un factor que le entrega una mayor responsabilidad por sus acciones. El hecho de ser una persona impulsiva, violenta, poco cuidadosa, genera mayor antipatía dado que los efectos de su conducta se pueden ramificar hasta su hija.

Que los sentimientos que una película provoca en el espectador sean complicados no significa que se trate de una mala cinta. El personaje de Halley es difícil de categorizar, y no es posible hablar de ella condenándola o alabándola de forma categórica, lo que se transforma en uno de los atractivos de la cinta. Muchas veces vemos obras que entregan todo de forma deletreada, que limitan la labor del espectador a la mera percepción, dejando fuera la interpretación. The Florida Project no solo nos obliga a formar una opinión propia acerca de su protagonista, sino que llega al punto de desafiarnos a hacerlo. A pesar de lo cuestionable que puede ser el personaje principal, la tarea de ver esta obra no resulta insufrible, ya que en el fondo podemos ver que en las acciones de Halley está la intención de cuidar de Moonee, pese a que sus métodos no sean los más adecuados.

El buen trabajo que hace la película creando una atmósfera verosímil se ve interrumpida de vez en cuando con ciertos diálogos de los niños que se nota fueron escritos por alguien mayor, o con algunos simbolismos medio obvios, como la escena del árbol caído o la del arcoíris, pero por lo general Baker cumple con los objetivos que se propone. Aunque prefiero la energía más caótica de Tangerine y su aproximación más visceral al arte de hacer cine, no se pueden negar los méritos que tiene The Florida Project y el gran potencial de su director. Estamos ante un cine social que no se estanca en las penurias, que es capaz de crear un estilo llamativo y propio, y que entrega perspectivas fascinantes.

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