Annihilation (2018)

Annihilation-posterEx Machina (2014), el primer largometraje dirigido por Alex Garland, funcionaba casi como un reloj. Era una cinta de ciencia ficción ambientada mayoritariamente dentro de una casa y su laboratorio subterráneo, con un número reducido de personajes, y una trama que era precisa, que tenía cada elemento en su lugar. Con Annihilation (Aniquilación), su segunda película, Garland ha decidido expandir los horizontes de ese anterior enfoque, lo que significa no solo un mayor presupuesto y una historia de escala más grande, sino también aumentar las posibilidades de las ideas exploradas. Esto permite que la historia adquiera una importante dosis de ambigüedad, al no existir respuestas únicas para los enigmas planteados, dejando así espacio para las interpretaciones.

La estrategia del director no entusiasmó demasiado a Paramount Pictures, el estudio a cargo de su distribución, por lo que si bien se estrenó la película en cines estadounidenses, para el resto de los países decidió ocupar una estrategia distinta, vendiendo los derechos a Netflix. Es un caso que demuestra los beneficios de esta nueva plataforma, que permite ver cintas que no necesariamente encajan dentro de lo que se considera comercialmente viable, pero al mismo tiempo refleja el complejo panorama de la distribución a través de medios tradicionales, los que parece que han ido perdiendo la diversidad del tipo de obras que podemos ver en los cines.

Aunque es recién el segundo largometraje de Garland como director, su experiencia contando historias se extiende por más de dos décadas, habiendo pasado por diferentes formatos. Partiendo su carrera como novelista, su salto al cine vino gracias a la adaptación de uno de sus libros, The Beach, que sirvió como base para la película homónima dirigida por Danny Boyle. Fue precisamente para ese cineasta que comenzó a escribir sus primeros guiones, los que dieron origen a 28 Days Later (2002) y Sunshine (2007), pertenecientes al género de la ciencia ficción. Sus posteriores guiones también se desenvolvieron en ese género, con Never Let Me Go (2010) y Dredd (2012).

Cuando dio el paso a la dirección de sus propias cintas, Garland no solo demostró su talento ya conocido para crear historias cautivantes y plantear interesantes temas, sino que además demostró un buen manejo del lenguaje cinematográfico. Esto permitió la creación de una atmósfera efectiva, que complementaba las virtudes de su guion y le entregaba un valor más intangible a su obra. Y es ese valor el que se nota en este nuevo trabajo, que si bien no entrega demasiadas certezas ni respuestas, es capaz de transformarse en una verdadera experiencia, privilegiando de vez en cuando las sensaciones por sobre lo cerebral.

Basada en la novela del mismo nombre escrita por Jeff VanderMeer, Annihilation mezcla aspectos de ciencia ficción dura con el cine de terror, sumando incluso algunos elementos psicodélicos. La protagonista es Lena (Natalie Portman), una profesora de biología celular que se une a una expedición –conformada por la Dra. Ventress (Jennifer Jason Leigh), psicóloga y líder del grupo,  Anya Thorensen (Gina Rodriguez), paramédico,  Josie Radek (Tessa Thompson), física, y Cass Sheppard (Tuva Novotny), geóloga- para adentrarse en una misteriosa zona que fue creada con la llegada de un meteorito a la costa de Estados Unidos. El área es rodeada por una especie de campo de fuerza, y pese a que apareció hace tres años, hasta el momento no se ha logrado descubrir demasiado acerca de su naturaleza o funcionamiento, ya que de los anteriores grupos que entraron ninguno ha regresado, salvo el soldado Kane (Oscar Isaac), marido de Lena.

De manera similar a Arrival (2016), que muestra la aparición de un objeto extraño que moviliza a científicos y militares para explorar sus propiedades, la película de Garland nos lleva a un mundo que funciona con sus propias reglas, acompañando a sus personajes a medida que van explorando el entorno. Es ese uno de los principales atractivos de la cinta, que aprovecha las peculiaridades de esta misteriosa zona para mantener nuestra atención. Esta área, que aumenta constantemente de tamaño, afecta a los organismos que están en su interior desde una perspectiva celular, cambiando de forma radical la manera en que entendemos nuestra propia composición. Las características de uno y otro organismo son capaces de intercambiarse, se pueden generar algunas duplicidades, y cuestiones esenciales como la identidad pasan a volverse borrosas a medida que los personajes se acercan a su centro.

Todo esto es representado de modo magistral por la película, que a través del diseño de producción de Mark Digby nos sumerge en la extravagancia de la que son testigos sus protagonistas. Hay una constante sensación de inquietud a lo largo del metraje, de no saber qué ocurrirá después, ya que si bien se parte con variaciones leves, como el paso del tiempo o las características físicas de ciertos animales, poco a poco nos vamos alejando de lo que consideramos normal y la cinta pasa a adquirir un tono más tétrico. El ejemplo más claro involucra a una criatura que no solo tiene un diseño chocante, sino también una cualidad sonora siniestra; incluso aquellos momentos menos sombríos, como la extraña forma que adoptan unas plantas, sirven para mantener la tensión de la obra.

Pese a que el elemento humano de la historia no llega a ser tan efectivo como en la película de Denis Villeneuve, de todas maneras es una perspectiva que le entrega un valor adicional al relato. Al tratarse de un tarea peligrosa, que no asegura el bienestar de las exploradoras, pudiendo incluso hablarse de una misión suicida, es interesante ver por qué cada una de ellas ha decidido participar. La idea planteada por la película dice relación con un sentimiento de autodestrucción, que cada uno de los personajes ha desarrollado durante sus vidas a su propia manera. Esto se extiende incluso a Lena, que no solo ha aceptado adentrarse en esta misteriosa zona para entender lo que ha ocurrido con su marido, sino que está guiada también por una profunda sensación de culpa.

A medida que las cosas se van volviendo más raras en el relato, sus aspectos científicos se flexibilizan y los esfuerzos por darle una inclinación práctica son reemplazados por una aproximación más teórica. El clímax de Annihilation se acerca, de esta manera, al de cintas como 2001: A Space Odyssey (1968) o Contact (1997), o a la abstracción de Under the Skin (2013), donde sus ideas no siempre son concluyentes ni concretas, pero la impresión que genera resulta poderosa. Lo más probable es que no podamos resumir nuestras ideas acerca de la cinta en frases concisas o hasta coherentes, pero no se puede negar que es una obra que resuena en nuestra cabeza durante días después de haberla visto.

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