Los perros (2017)

Los_perros-posterUno de los puntos llamativos de los documentales que Marcela Said dirigió durante la primera etapa de su carrera –con títulos como I Love Pinochet (2001) u Opus Dei: Una cruzada silenciosa (2006)- es la manera en que muestran de forma transparente a las personas que aparecen en ellos. El mensaje que buscan transmitir se desprende de las palabras de sus propios entrevistados, quienes representan aquello que está siendo criticado, que en resumidas cuentas es el pensamiento de la extrema derecha y los privilegios de la clase acomodada de Chile. No son, por lo tanto, personas que están en contra de ese mundo, sino que individuos pertenecientes a él, cuyas declaraciones son de tal naturaleza que demuestran la manera en que están aislados de la realidad, lo que permite que veamos lo absurdo de la situación que aparece en la pantalla.

Esta transparencia continuó durante sus trabajos posteriores, pero con el estreno del documental El mocito  (2011) pasó a adquirir mayores matices. Esa película, que giraba en torno a un mozo que durante su juventud trabajó en un centro de tortura, presenta a un protagonista definido por la ambivalencia, que transita esa línea divisoria que separa a culpables de inocentes. De repente, el diagnóstico que uno hacía de sus personajes ya no era tan sencillo de definir, y el ridículo o rabia que anteriormente provocaban pasaba a crear destellos de sentimientos más complejos. Eso es también lo que ocurre con Los perros, el segundo largometraje de ficción de la directora, que fue seleccionado para participar en la semana de la crítica en el Festival de Cannes del año pasado.

La idea de la película surgió cuando Said estaba filmando El mocito. Dado que necesitaba corroborar las cosas que el protagonista le había dicho, la directora se contactó con el coronel Juan Morales Salgado, quien entonces trabajaba como profesor de equitación y esperaba una condena por ser declarado culpable de crímenes de lesa humanidad que cometió durante el régimen de Pinochet. La historia de esta persona sirvió como inspiración para el personaje interpretado por Alfredo Castro en la cinta, quien imparte clases de equitación a la protagonista, Mariana Blanco (Antonia Zegers), una mujer de clase acomodada que es hija de un importante empresario (Alejandro Sieveking). La vida de la protagonista transcurre sin mayores sobresaltos, dividiendo su tiempo entre la equitación, la administración de una galería de arte y la vida junto a su marido Pedro (Rafael Spregelburd).

Cuando Mariana descubre que su profesor fue miembro de la DINA y está siendo investigado por violaciones a los derechos humanos, su interés por él aumenta. No queda muy claro si la afinidad que siente la protagonista por este coronel retirado es un afecto genuino, que surge al notar la soledad de su profesor, o una atracción solo de carácter sexual, más cercano a lo fetichista, como una especie de contrapunto a la tensa relación que mantiene con su padre y con su marido. Lo que no se puede negar es que Mariana se ve cautivada por aquello que el coronel representa, sea lo que sea, y por lo que esconde en su pasado. La forma en que es representado el vínculo que surge entre los dos personajes no es convencional, prefiriendo transitar por las áreas grises. No estamos ante el relato de un amor imposible, sino que ante la complicada situación que se produce entre estos dos seres que tienen múltiples defectos.

Gracias a las buenas actuaciones de Zegers y Castro, los dos personajes principales se sienten creíbles. Mariana es muy llevada a sus ideas y puede ser descrita como un tiro al aire, tan intensa como impredecible, mientras que el coronel tiene una personalidad más retraída, cargando con un gran preso dentro de sí. La moral sombría de la obra se ve reflejada también en su atmósfera, que entre la fotografía de Georges Lechaptois y la música de Gregoire Auger va transmitiendo una sensación opresora.

En términos morales, la cinta es pantanosa, turbia, sin que sus personajes cuenten con redenciones ni con arcos demasiado definidos. Mariana adopta una actitud defensiva, hasta agresiva, cuando recibe algún cuestionamiento por relacionarse con alguien como su profesor, mientras que el coronel no demuestra remordimientos por lo que hizo. El personaje primero niega haber participado de manera directa en los hechos que le imputan, y posteriormente hace referencia a un supuesto código de honor para no colaborar en la investigación ni dar datos acerca del paradero de las víctimas, o utiliza las muertes sufridas por el bando de los militares casi como una justificación para las muertes de los civiles.

A diferencia de sus primeros documentales, donde la visión de Said era clara y se notaba la intención con la que mostraba a quienes aparecían en ellos, la tarea de descifrar esta obra resulta mucho más difícil. Si bien la directora tiene un pensamiento político que es crítico de la dictadura, si uno no supiera eso y simplemente viera esta cinta, podríamos incluso asumir que la cineasta mira con excesiva indulgencia a sus personajes. Dotar a estas personas de humanidad resulta necesario, sobre todo a aquellas que participaron o defendieron los crímenes de esa época, ya que ayuda a no simplificar el mal que provocaron; sin embargo, se nota cierta confusión en el tipo de empatía que la película busca generar hacia ellos, sin que queden demasiado claros los límites que está dispuesta a traspasar.

No es lo mismo representar algo que respaldarlo, y en el caso de Los perros no siempre se puede ver cuándo estamos ante uno y otro caso. La “funa” que se muestra en una de las escenas, por ejemplo, ¿es mostrada como una reacción entendible de las víctimas y sus familiares o como un comportamiento desmedido e injusto respecto de algo que ocurrió varias décadas atrás? La respuesta va a cambiar dependiendo de cada espectador. Aunque la ambigüedad puede llegar a ser poderosa cuando es utilizada con destreza, en esta obra hay ocasiones en las que su aspecto desafiante pasa a convertirse en algo parecido a la frustración.

El único aspecto sobre el cual la cinta parece tener una postura más o menos definida es la responsabilidad de los civiles por los crímenes cometidos en dictadura. Esta crítica a la impunidad es representada a través del padre de la protagonista, quien no solo se vio beneficiado económicamente por lo que ocurrió durante esos años, sino que además tuvo un rol importante en algunos de sus aspectos más oscuros. El desenlace de este punto dentro de la trama no sigue un planteamiento predecible, optando por una salida más sutil, que acentúa ese sentimiento de desilusión que el tema genera.

Además del aspecto político, la película también explora ciertas perspectivas de género, al mostrar cómo su protagonista debe transitar un mundo de gran presencia masculina. Los cuatro principales personajes con los que debe interactuar durante el metraje son hombres, y cada uno de ellos intenta ejercer una cuota de dominio sobre ella. Mariana recibe constantemente las órdenes de quienes la rodean, desde firmar unos documentos hasta bajar sus tobillos mientras monta un caballo, y la respuesta de la protagonista está siempre cargada de un  aire contestatario. Hay una clara incomodidad dentro de ella cuando intentan arrinconarla, y lo deja en claro con una actitud directa, rebelde. Sin embargo, su inclinación por sublevarse contra el rol social que ocupa se asemeja más a un reflejo o a un antojo que a esa dignidad y resiliencia con la que, por ejemplo, la protagonista de Una mujer fantástica (2017) enfrentaba la adversidad.

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