The Death of Stalin (2017)

Death_of_Stalin-posterLos primeros minutos de The Death of Stalin (La muerte de Stalin) encapsulan muy bien el tono de la película. En la Unión Soviética, en el año 1953, y tras la exitosa transmisión de un concierto de Mozart por la radio, los encargados de la emisión son contactados por el mismísimo Iósif Stalin, quien les señala que disfrutó tanto la pieza que le gustaría le enviaran la versión grabada de la misma. El problema es que el concierto solo fue transmitido por la radio, pero no grabado. En medio de un repentino pánico por la posibilidad de pagar con sus vidas ese error, los encargados deciden repetir el concierto que acaba de ser tocado, con los mismos músicos e incluso con un auditorio lleno de espectadores, dado que hacerlo sin público podía crear problemas de acústica.

Entre las medidas desesperadas que deben adoptar se encuentran conseguir un nuevo director de orquesta, ya que el original quedó inconsciente, y buscar a improvisados nuevos espectadores provenientes de la calle, debido a que algunos de los anteriores ya se habían ido. La situación no solo refleja la atmósfera absurda que atraviesa a la obra, sino también la sensación de peligro que deben enfrentar sus personajes, quienes al formar parte de un régimen autoritario tan particular como el soviético se ven expuestos al constante riesgo de recibir una súbita e inapelable condena de muerte debido al más mínimo detalle. Basada en la novela gráfica francesa de Fabien Nury y  Thierry Robin, la película es dirigida por el británico Armando Iannucci, quien ha desarrollado una carrera ligada a la sátira política con series de televisión como Veep en Estados Unidos y The Thick of It en el Reino Unido.

Tal como indica su título, la cinta tiene como punto central la muerte de  Iósif Stalin (Adrian McLoughlin) y el vacío de poder que se produce con ese acontecimiento. Además del miedo que existía entre la población durante esa época, los primeros minutos de esta obra muestran el enorme poder que Stalin tenía y la fuerza que transmitía su sola figura, por lo que su repentina muerte provoca sorpresa dentro de un gobierno tan estructurado como el de la Unión Soviética, especialmente entre los altos mandos, que deben descifrar cómo actuar por sí solos. Aunque el sucesor formal del gobernante es Gueorgui Malenkov (Jeffrey Tambor), en los hechos son dos los nombres que comienzan a competir para hacerse con el control, Lavrenti Beria (Simon Russell Beale) y Nikita Khrushchev (Steve Buscemi).

Al estar basada en hechos reales, y sobre todo en hechos que afectaron de manera grave a tantas personas, surgen irremediablemente algunas preguntas acerca de cómo utilizar el humor negro para tratar este tipo de historias. Si uno intenta reemplazar las situaciones narradas en la cinta con algunas más cercanas a nuestra realidad, como las que ocurrieron en las dictaduras latinoamericanas de hace algunas décadas, ¿es posible satirizar tales hechos de manera efectiva? ¿Se corre el riesgo de suavizar las atrocidades de dichos regímenes el incorporar un elemento como la comedia? ¿Qué ocurre con las víctimas de esos gobiernos? Todas esas interrogantes dan cuenta de la difícil misión que tenía Iannucci al embarcarse en un desafío como este, pero el director logra encontrar el equilibrio preciso que exige una obra como The Death of Stalin.

El acierto de la película está en no disimular sus elementos violentos ni en reírse de ellos, sino que mostrarlos con la ferocidad que verdaderamente tienen. De manera paralela a sus aspectos cómicos, fluye una corriente de terror que se siente a lo largo del metraje, como una amenaza inexorable que está a la espera de cualquier paso en falso de los personajes. La sátira que emplea la obra se desarrolla en las esferas de poder, mostrando el patetismo y egoísmo de la clase dominante, pero no llega a alcanzar a las víctimas, salvo un par de excepciones. La cinta, por lo tanto, cuando se burla de alguien lo hace de la desorientación de la clase política, más que de las fatales consecuencias que sus actos tienen sobre la población común y corriente.

Con una estrategia que hace recordar a la que Stanley Kubrick utilizó en Dr. Strangelove (1964), la cinta acentúa el contraste que se produce entre las situaciones absurdas que protagonizan sus personajes y el contexto formal dentro del cual ocurren. De vez en cuando aparecen unos textos en la pantalla que hacen referencia a protocolos o normas que supuestamente deben regular una situación como la narrada en la película, pero en la realidad somos testigos de cómo los caprichos se sobreponen a lo que en teoría tenía que pasar. El diseño de producción a cargo de Cristina Casali y la dirección de arte de Jane Brodie resaltan la magnanimidad que generalmente se asocia con regímenes autoritarios como el de la Unión Soviética, la que da cuenta de la megalomanía de sus líderes.

La dimensión más distendida del relato se logra gracias a una estrategia poco habitual en las películas históricas, que tratan de ser fieles a la época en la que transcurren, pero es una medida que resulta eficaz en este caso en particular. En vez de hacer que los actores dijeran sus diálogos en inglés con un marcado acento ruso, el director prefirió que los intérpretes utilizaran sus propios tonos de voz, lo que crea una interesante mezcla de inflexiones dado que el elenco está conformado tanto por actores estadounidenses como británicos. Todo esto le entrega una sensación más espontánea, más natural, a la película, y aumenta el carácter estrafalario de la historia narrada.

Una cinta como The Death of Stalin tenía pocas probabilidades de funcionar. Debido a lo complicados que son los temas tratados y a lo difícil que es crear humor a partir de ellos, cualquier persona más o menos cauta habría decidido no concretar este proyecto. Iannucci, sin embargo, logró tomar este campo minado y crear una película tan ácida e irrespetuosa con algunos de sus elementos como juiciosa con otros, alcanzando un preciso equilibrio entre comedia y horror. Es una obra capaz de mostrar las dos dimensiones del poder cuando está concentrado en pocas manos y no cuenta con límites claros: por un lado está la ridiculez que emana de sus excesos, y por otra el peligro que surge ante sus abusos. Así, la risa que provoca la cinta es una risa nerviosa, de la que no siempre estamos seguros, ya que  en cualquier momento la situación puede terminar salpicada de sangre.

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