Ready Player One (2018)

Ready_Player_One-posterNo soy muy asiduo a leer libros justo antes de ver sus adaptaciones cinematográficas. Tiene que existir una razón muy poderosa para que lo haga. Este año, por ejemplo, ha sido una excepción, ya que van dos libros que he leído como preparación para alguna película. La primera fue The Disaster Artist (2017), cuyo libro ya tenía ganas de leer desde hace tiempo, siendo el estreno de la versión de James Franco una buena excusa para finalmente hacerlo. El segundo caso viene de parte de Ready Player One, pero no lo hice esperando encontrar un libro bueno, todo lo contrario. Lo que me motivó fue un morbo parecido al que me llevó a leer Fifty Shades of Grey: ver si el libro era tan deficiente como los párrafos sueltos que leí previamente.

Cuando se anunció el estreno de esta película, no tenía un interés demasiado grande por verla. No sabía nada sobre su trama y personajes, siendo el único elemento que llamó mi atención la utilización de guiños a otras obras de la cultura popular, lo que entregaba un interesante crossover de gran escala. Las ganas por leer el libro en el que estaba basada surgieron después, cuando comenzaron a aparecer en internet algunas citas directas de la novela de Ernest Cline que destacaban sus diálogos pobres, caracterización de personajes básica y, sobre todo, un estilo narrativo torpe, que abusaba de las referencias a películas, videojuegos y series ochenteras con un afán superficial.

La historia está ambientada en el año 2045, en una época donde el mundo se encuentra colapsado en términos económicos, medioambientales y humanitarios. La principal forma de entretención de las personas en este sombrío panorama es el Oasis, un programa de realidad virtual que les permite interactuar con millones de personas y experimentar aventuras que son solo posibles dentro de ese entorno. La muerte del creador de esta plataforma provoca un gran impacto entre la población, no solo por lo famoso que era sino también por la misión que se dio a conocer tras su fallecimiento. Se trata de una especie de búsqueda del tesoro, en la que cualquier persona con acceso al Oasis puede participar, resolviendo acertijos y siguiendo pistas que tienen como último premio el control total del programa y de la enorme fortuna de su creador.

Esta adaptación mantiene la premisa base del libro, cambiando algunos de los elementos de su historia para acomodarla mejor al contexto de una película. El protagonista es Wade Watts (Tye Sheridan), conocido como Parzival en el Oasis, un joven que pasa la mayor parte de su tiempo tratando de resolver la misión que James Halliday (Mark Rylance) diseñó antes de morir. En su aventura colaborará con otros jugadores, como Aech (Lena Waithe), Art3mis (Olivia Cooke), Sho (Philip Zhao) y Daito (Win Morisaki). Sin embargo, su preocupación no solo se centra en encontrar las pistas que lo llevarán al premio, debiendo además competir contra una poderosa empresa llamada IOI, liderada por Nolan Sorrento (Ben Mendelsohn), que quiere hacerse con el control del Oasis para convertirlo en un producto lleno de restricciones, corrompiendo así la visión original de Halliday.

Que el material en el que está basada la cinta sea deficiente no significa que la adaptación también deba serlo. Algunos de los problemas de la novela, como la excesiva descripción de referencias culturales, podían ser corregidos en un medio donde lo visual también es capaz de entregar información. Además, otra de las razones para suponer que el resultado sería mejor que el libro es que Steven Spielberg está a cargo de la dirección. El cineasta claramente posee mayor experiencia y talento que Cline al momento de contar una historia, algo que le entregaría una mayor claridad al momento de trasladar su obra a la pantalla. Su participación entregaba también un factor interesante a todo esto, ya que mientras Cline escribió Ready Player One como un fanático de la cultura popular ochentera, Spielberg fue una de aquellas personas que ayudó a definirla, por lo que su perspectiva al momento de trabajar con estos elementos podía ser distinta a como son ocupados en la novela.

Aunque Spielberg demuestra su conocimiento narrativo en los primeros minutos, donde a través de una secuencia introductoria muestra el lugar donde vive el protagonista y la manera en que el Oasis forma parte importante de la vida de las personas, el resto del metraje no alcanza niveles tan habilidosos, recurriendo a una acción más estándar que sobresaliente. Las escenas ambientadas en la realidad virtual presentan una sobrecarga de información, con varios cameos de personajes y elementos pertenecientes a la cultura popular. Estas escenas son creadas a través de animación digital, y si bien el diseño de los protagonistas se ve algo artificial, el entorno de videojuego en el que están evita que Parzival y compañía caigan en esa área conocida como “valle inquietante”.

En su libro, Cline dedicaba varias páginas a demostrar su afecto por los juegos de rol como Dungeons & Dragons, y algunas de las misiones que Halliday diseñó en su búsqueda del tesoro tenían relación con esos juegos. En la película este aspecto es reemplazado por escenas de acción más convencionales, como la pirotécnica carrera que vemos al comienzo del metraje, donde la cámara se mueve de forma frenética entre los vehículos y la pantalla se llena de personajes y explosiones. Incluso un aspecto que si se mantiene en esta adaptación, como la misión que consiste en entrar a una película, es influenciado por esa necesidad de recurrir a la acción que es propia de los blockbusters. La cinta opta por el camino de lo espectacular y lo grandilocuente en vez de lo más sutil.

Entre medio de todos estos guiños a videojuegos como Street Fighter o películas como Akira (1988), es difícil ver la conexión que Spielberg tiene con ese material, ya que no se refleja el entusiasmo que Cline demostraba en su novela. Salvo una secuencia que gira en torno a una cinta de Stanley Kubrick, a quien claramente admiraba, el director utiliza esos elementos de la cultura popular de forma distante. Es entretenido ver todos estos mundos compartiendo el mismo universo, y no voy a negar que la aparición del robot Gundam fue impresionante, pero por lo general se trata de un encanto algo vacío, que no carga demasiado significado.

Uno de los cambios que esta obra hace respecto del libro, en términos narrativos, es la condensación del espacio y el tiempo dentro del cual transcurre su historia. Mientras la novela se extiende a lo largo de varios meses, los sucesos narrados en la película se desenvuelven en lo que parece ser solo un par de semanas; y los personajes principales, por su parte, se encuentran viviendo convenientemente en la misma ciudad. Debido a las restricciones de tiempo a las que está sujeta una película, esta cinta va presentando sus acontecimientos de manera rápida, hasta apresurada, algo que se extiende también a las interacciones entre sus personajes. El lazo que se produce entre Parzival y Art3mis se nota precipitado, llevando al protagonista a confesar su amor solo después de tres conversaciones con ella.

El guion de la película, escrito por el propio Cline con la colaboración de Zak Penn, entrega un esquema bastante elemental acerca de su historia, el mundo en el que transcurre y sus personajes. La cinta no se da el tiempo de profundizar demasiado las implicancias del relato ni la relación entre los protagonistas, definiendo sus elementos a muy grandes rasgos. Mientras el libro era narrado en primera persona por Parzival, lo que nos adentraba en su forma de pensar, la que a ratos era cuestionable y hasta infantil, al menos nos permitía entender cómo el protagonista veía el mundo. En la película, en cambio, el personaje no llega a ser más que un componente obligatorio que el público debe seguir para tener un punto de referencia al momento de seguir la trama.

Pese a contar con una historia muy básica, que sigue la fórmula del “elegido” que se embarca en una aventura y logra derrotar un gigantesco mal, la película presenta una mayor coherencia que el libro y llega incluso a entregar un mensaje. Si en la novela la búsqueda del tesoro no tenía mayores moralejas salvo un detalle bastante aislado hacia el final, en la cinta el desafío de Halliday es diseñado como  una gigantesca prueba moral, que busca escoger a la persona adecuada para asumir el control del Oasis. No basta solo con saber un montón de trivialidades ni datos anecdóticos acerca de la cultura popular, ni de adecuarse al gusto arbitrario de un millonario excéntrico, sino que es necesario descubrir un significado mayor. El gran tema de esta obra es la apreciación de las conexiones humanas, de lo real por sobre lo ficticio, y de vivir una vida que no termine dominada por el remordimiento.

Debido a que su planteamiento es tan rudimentario, la forma en que estas ideas son transmitidas también lo es. No hay muchas dobles lecturas ni cuestiones dejadas a la ambigüedad, por lo que los temas explorados son deletreados una y otra vez para que no haya dudas acerca de qué significan. Esto llega al extremo de que la moraleja de la obra se sienta casi como un sermoneo, por culpa de la insistencia que se hace durante los minutos finales del mensaje que quiere entregar. Es una lástima que la cinta no haya explorado con detención las cosas más interesantes del entorno en el que transcurre la historia, como la relación entre el escapismo de la realidad virtual y los problemas del mundo real, o los efectos negativos de la nostalgia desmesurada.

Con esta adaptación se intentaron corregir varios de los problemas narrativos del libro de Ernest Cline, tratando de hacer una trama más coherente y definida. Incluso se introdujeron algunos temas e ideas que la novela era incapaz de expresar de forma clara, ya que parecía no estar segura de cómo desarrollarlos. Si bien la película es mejor que la obra en la que está basada, el resultado llega a ser solo correcto, sin poder resonar demasiado. Esto va más allá de las lagunas lógicas de su guion, que se basa en coincidencias para poder avanzar su historia, siendo su principal falencia que el mensaje que pretende transmitir es llamativo pero no la forma en que este es expresado. Entendemos lo que quiere decir la cinta, ya que lo señala de forma obvia durante sus últimos minutos, pero su planteamiento es tan básico que todo termina siendo desabrido.

A pesar de ser un libro malo, el de Cline por lo menos tiene ese atractivo que las obras incompetentes transmiten. Las malas decisiones, el estilo defectuoso, incluso la vergüenza ajena que surge de vez en cuando, todo eso llama la atención. Es como ver un descarrilamiento del que no podemos despegar la mirada ya que la curiosidad es más poderosa que el horrible espectáculo que nos espera. La película, por su parte, es como un tren que avanza de manera monótona por un campo homogéneo; es seguro e inofensivo, claro, pero no muy memorable.

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