Isle of Dogs (2018)

Isle_of_Dogs-posterA lo largo de su carrera, el director estadounidense Wes Anderson ha utilizado de manera recurrente el tema de la familia en sus películas. Ya sea biológica o adoptiva, este tipo de relaciones han estado en el núcleo de sus trabajos. Ahora, en sus proyectos más recientes, si bien no ha abandonado completamente la idea de los vínculos familiares, otra idea comenzó a tener una mayor atención dentro de sus obras: la noción de autoridad y el acto de rebelarse contra ella. En la última década, los protagonistas de las cintas de Anderson participan de historias donde deben enfrentarse a una presión externa que les prohíbe o los obliga a hacer algo, situación que no es aceptada por los personajes, quienes recurren a diversas maneras de enfrentar esa imposición.

Este peligro adopta varias formas, ya sea unos violentos granjeros, un grupo de boy scouts, o un régimen militar, pero en todos esos casos los protagonistas deben luchar por mantener un determinado estilo de vida o alcanzar ciertos ideales. La fórmula resulta también clara en su más reciente película, Isle of Dogs (Isla de perros), cuyos elementos políticos se pueden apreciar a simple vista. Ambientada en un futuro cercano, en Japón, la cinta muestra cómo el autoritario alcalde de la ficticia ciudad de Megasaki, Kobayashi (Kunichi Nomura), ha decidido expulsar a todos los perros de la ciudad debido a una enfermedad que él y otros amantes de los gatos diseñaron. Los animales son enviados a una isla llena de basura, donde la comida es escasa y su único futuro cierto es la muerte.

Algunos meses después de implementada la medida, un niño llamado Atari (Koyu Rankin), sobrino del alcalde, viaja a la isla a bordo de una avioneta para rescatar a su perro Spots (Liev Schreiber), siendo la única persona de toda la ciudad que se atrevió a intentarlo. En su travesía contará con la ayuda de un grupo de perros -Rex (Edward Norton), King (Bob Balaban), Boss (Bill Murray) y Duke (Jeff Goldblum)-, que ven en su esfuerzo un reflejo del cariño que alguna vez sintieron de sus respectivos amos. Al viaje también se une Chief (Bryan Cranston), un perro callejero que no siente demasiado afecto por los humanos, pero que poco a poco descubrirá el valor de Atari. Mientras tanto, en la ciudad las medidas de Kobayashi son resistidas por un grupo de estudiantes, liderados por la alumna de intercambio Tracy Walker (Greta Gerwig), quienes buscan desenmascarar al alcalde y sus verdaderas intenciones.

En el cine de Anderson, donde la dimensión estilística de la obra tiene una importancia tan grande, los actos revolucionarios de sus personajes están más inspirados por un factor estético que ideológico, siendo el puño en alto utilizado como una llamativa imagen, pero carente de demasiada profundidad. La rebeldía chic de los personajes de estas cintas cumple un rol funcional para la historia, que en el caso de Isle of Dogs es una manera de contrarrestar el poder del autoritarismo de Kobayashi, sin embargo, no llega a expandirse más allá ni plantea cuestiones muy complejas. Como ha ocurrido con los trabajos recientes del director, se trata de un aspecto que es muy cuidado en términos de apariencia, aunque algo liviano cuando se examina su contenido.

Casi diez años después de su primera película de animación, Fantastic Mr. Fox (2009), uno se pregunta por qué Anderson no ha incursionado de manera más frecuente en el stop motion. Se trata de una técnica que parece ser ideal para su estilo, ya que exige diseñar cada uno de los elementos que vemos en la pantalla, desde los personajes hasta el entorno en el que estos se encuentran, pasando por el más mínimo objeto que vemos en las escenas. Debido al interés que demuestra por los detalles y la forma en que se ven sus proyectos, así como la preferencia que demuestra por una estética que se asemeja a la de los cuentos infantiles, el director es capaz de expresar su talento visual de manera óptima en un medio como la animación.

Isle of Dogs tiene la particularidad además de estar ambientada en Japón, una cultura que posee rasgos bastante distintivos, lo que se nota en la manera en que el diseño de producción de la película, a cargo de Paul Harrod    y Adam Stockhausen, ha sido planteado. Es probablemente la innovación más grande que presenta la cinta en relación con el resto de la filmografía del director, ya que los demás aspectos de la obra siguen la tendencia que habíamos visto durante sus recientes trabajos. La sobre estilización sigue ahí, al igual que la fotografía que tiende a la simetría, sus característicos movimientos de cámara, y el aire extravagante del mundo en el que transcurre el relato. La diferencia es que ahora todo está empapado por la influencia del arte japonés, algo que según Anderson se extiende desde el trabajo de Akira Kurosawa hasta el de Hayao Miyazaki.

Aunque las conversaciones entre los perros son en inglés, la película opta por dejar que los diálogos de los personajes humanos permanezcan en su idioma original, que, en el caso de la gran mayoría -con excepción de Tracy- es el japonés. Por lo general, estos diálogos en japonés no son traducidos, salvo aquellas veces en que el contexto de la situación así lo permite; en vez de utilizar subtítulos que surgen de la propia película, dichas traducciones ocurren cuando hay presente algún personaje que hace las veces de intérprete, como en una conferencia o en un reporte de la televisión. Así, gran parte de las palabras que emanan de los humanos en esta cinta permanecen incomprensibles para quienes no entendemos el idioma.

La estrategia sirve para darle mayor atención a los perros, quienes son el centro del relato, y de representar la barrera comunicacional que existe entre ambas especies. Como nuestro principal punto de vista en la cinta se asimila al de los perros, dado que ellos no pueden entender a los humanos nosotros tampoco podemos; o eso es lo que se quiere lograr. Sin embargo, la decisión levanta algunas dudas ya que, al basarse en un idioma real, no queda del todo claro cuál es el efecto que esto tendrá en el caso de que los espectadores sean de Japón. ¿Cambiará el doblaje para reemplazar ese idioma por otro? ¿Se dejará todo igual? Además, aplicar esta técnica con algunos de los personajes y no con todos, como en el caso de Tracy, genera una desigualdad en el trato que la obra tiene con ellos, permitiendo que sea un personaje “extranjero” el que termine adquiriendo más protagonismo que los pertenecientes a la cultura que la cinta pretende homenajear.

Como es costumbre en la filmografía del director, el apartado visual de la cinta es un espectáculo. Ya el arte del stop motion es de por si fascinante, debido al proceso que conlleva y la forma en que los mundos son creados, pero la obsesión de Anderson por los detalles permite que ese atractivo aumente aún más. A través de las texturas que ocupa, el diseño de los personajes y objetos que aparecen en pantalla, y las soluciones visuales empleadas, Isle of Dogs tiene un aire de manualidad, como de “hecho en casa”. Cada plano presenta tal nivel de meticulosidad que permite estar constantemente asombrado por lo que estamos viendo, evitando que incluso con los problemas que presenta la obra perdamos el interés por lo que tenemos frente a nosotros, al menos desde una perspectiva estética.

No es que la película sea mala, de hecho, Anderson ha ido puliendo con los años sus habilidades narrativas para crear tramas dinámicas y personajes que cuentan con una idiosincrasia muy especial. Sin embargo, lo que no ha podido replicar del todo es esa honestidad emocional de sus primeros trabajos, como The Royal Tenenbaums (2001), donde se notaban las capas que conformaban la historia y uno como espectador era capaz de desenterrar aquello que los personajes no necesariamente decían en voz alta. Desde Moonrise Kingdom (2012) en adelante, sus películas han tendido a ser más literales en cuanto a lo que quieren decir, tanto así que las relaciones que se van formando entre los personajes terminan siendo tan deletreadas que pierden naturalidad. El interés romántico de Tracy por Atari, por ejemplo, es señalado de forma explícita en la cinta, pero es una cuestión que no tiene mucha justificación; no surge de manera orgánica de la historia.

Esto no significa que la obra carezca de toda humanidad, transformándose en una demostración vacía del talento ornamental del cineasta. El vínculo que se va formando entre Chief y Atari cuenta con el desarrollo suficiente y con las escenas necesarias para que su desenlace resulte merecido, no forzado. Esa relación se transforma en la columna afectiva de la película, y llega incluso a justificar su creación, pero debe hacerlo rodeada de otros aspectos que miran a cuestiones más superficiales que trascendentes.

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