Deadpool 2 (2018)

Deadpool_2-posterLa idea de crear una película de superhéroes para un público mayor, donde la violencia extrema y el humor negro fuesen utilizados como sus herramientas principales, no era del todo innovadora, dado que Matthew Vaughn ya lo había hecho cuando adaptó Kick-Ass (2010) a partir del cómic de Mark Millar. Sin embargo, esto no impidió que el estreno de Deadpool (2016) se sintiera como el intento de explorar un terreno poco conocido. El hecho de estar ambientada en un universo famoso, el mismo donde personajes tan reconocibles como los X-Men habitan, sumado a los niveles de demencia a lo que aspiraba la obra, hicieron que buscar el equilibrio preciso de su fórmula fuese un verdadero desafío.

El gran éxito económico que logró esa película demostró que la estrategia escogida funcionó, y ahora, con la aparición de su inevitable segunda parte, surgen las posibilidades de expandir los límites de la obra. La propia cinta parece querer demostrar esto, ya que en sus primeros minutos Deadpool (Ryan Reynolds) nos explica que estamos ante una historia que habla sobre la familia. Aunque de partida uno puede asociar ese comentario a uno de los tantos chistes que escucharemos de parte de ese personaje, a medida que el metraje avanza nos vamos dando cuenta de que tenía razón. La irreverencia que caracteriza al antihéroe, por lo tanto, no es un impedimento para que Deadpool 2 intente formar un núcleo emotivo en su relato.

A simple vista, la tarea podría no resultar sencilla, ya que estamos ante un personaje conocido por su violencia, observaciones metaficticias, y una actitud de no tomar las cosas demasiado en serio. Además, las habilidades de Deadpool para regenerar su cuerpo ante cualquier tipo de daño lo convierten en alguien casi ajeno a la idea de sufrimiento. Por eso, la decisión del guion consiste no en dañarlo directamente a él, sino que a uno de sus seres queridos. Las peligrosas misiones del protagonista que lo llevaron a enfrentarse con delincuentes a lo largo del mundo terminan con una tragedia, cuando uno de sus enemigos descubre donde vive y mata a Vanessa (Morena Baccarin), su novia. Para que el hecho tenga un impacto aún mayor, esto ocurre justo después de que la pareja ha decidido tener un hijo.

Sin razones para seguir viviendo, Deadpool intenta suicidarse, pero sus habilidades regenerativas se lo impiden. Tras hacer explotar su departamento, el mercenario es acogido por Coloso (Stefan Kapicic), quien trata de demostrarle que no está solo y que todavía puede ayudar a otras personas, convirtiéndolo en un aprendiz de X-Men. En su primera misión, Deadpool conoce a un mutante adolescente llamado Russell (Julian Dennison), que atacó a los cuidadores del orfanato en el que vive. Al descubrir que el niño ha sido abusado en aquel lugar, el protagonista decide ayudarlo, pero entre los peligros que deberá enfrentar se encuentra Cable (Josh Brolin), un guerrero del futuro que viajó en el tiempo para matar a Russell y con esto evitar que dentro de unos años más asesine a su esposa e hija.

Mientras la estrategia de Cable consiste en matar a un futuro asesino, la de Deadpool se acerca más a la empatía y comprensión, intentando disuadir a través de otros medios. Llama la atención que un personaje que asesina a la gran mayoría de sus enemigos piense de esta manera cuando se trata de Russell, sobre todo después de una secuencia inicial en la que aparece cortando y disparando a un gran número de delincuentes, pero es una perspectiva que le entrega al protagonista unos buenos matices, evitando que sea demasiado unidimensional. Dentro del nihilismo que domina su accionar, y su aparente falta de dirección moral, es interesante ver esta chispa de humanidad que brilla entre toda la sangre.

Si en la primera película ya demostraba una evidente compenetración con el personaje, en esta segunda entrega el actor Ryan Reynolds confirma el cariño que siente por Deadpool y lo bien que lo pasa interpretándolo. Sus contribuciones al momento de definir la versión cinematográfica de este antihéroe fueron reconocidas incluso a través de un crédito como coguionista de la cinta, labor que comparte con Rhett Reese y Paul Wernick. Como la anterior película ya definió el tipo de enfoque que Reynolds utilizará en el personaje, sus rasgos son ahora potenciados, permitiendo que la familiaridad y complicidad que los espectadores tienen con Deadpool puedan servir para intentar una mayor irreverencia y exageración.

Gran ejemplo de esto es todo lo relacionado con X-Force, el grupo que el personaje principal forma con la colaboración de varios individuos que tienen habilidades sobrehumanas. El desarrollo que vemos en la cinta contrasta bastante con las expectativas que surgieron del material promocional, algo que se transforma en uno de los chistes más elaborados de la cinta, ya que exigía un nivel de planificación pocas veces visto. Era una medida osada, pero acorde con el estilo de Deadpool.

Debido al estilo estrafalario del protagonista, que desborda constantemente energía, el tipo de personajes secundarios con los que debe interactuar tienen que ser cuidadosamente escogidos, para evitar un choque de personalidades que perjudique a la cinta. Una elección bastante efectiva es la de personajes más serios, los que sirven como contrapeso para la verborrea de Deadpool, permitiendo que ambas energías se complementen. Además de Coloso y Negasonic Teenage Warhead (Brianna Hildebrand), que estuvieron en la primera película, en la segunda entrega este rol pasa a ser ocupado por Cable, quien en manos de Josh Brolin logra la intensidad suficiente para servir como contrapunto del mercenario, pero demostrando también una cuota de carisma que le permite ser parte del tono cómico de la película.

Esta es la segunda vez en el año que Brolin aparece en una película de superhéroes, ya que hace algunas semanas formó parte de Avengers: Infinity War (2018) como Thanos. El detalle tampoco pasa desapercibido para Deadpool, quien en un punto del metraje lanza un chiste haciendo referencia a ese personaje. Los guiños a otras cintas de superhéroes son numerosos en esta obra, y van desde el propio universo de los X-Men, en el que se encuentra ambientada la historia, hasta la competencia directa de Marvel, el universo de DC. Los comentarios autorreferenciales, como las críticas de Deadpool al hecho de que en sus películas no aparezcan los personajes de X-Men más famosos, permiten unos chistes efectivos, como un cameo breve pero inesperado en la mansión de Charles Xavier.

Otra buena adición a esta serie de películas es el personaje de Domino (Zazie Beetz), una mutante que tiene el poder la “buena suerte”. Aunque el propio Deadpool considera que no se trata de un verdadero superpoder, el director David Leitch hace un llamativo trabajo representando de manera visual sus habilidades, como una especie de versión opuesta de las muertes en las películas de Final Destination. Leitch, que había dirigido anteriormente las cintas John Wick (2014) y Atomic Blonde (2017), y cuenta con una amplia trayectoria en el área del trabajo de acrobacias dentro del cine de acción, logra su secuencia mejor lograda en Deadpool 2 cuando los personajes deben interceptar un convoy. Las demás escenas de peleas, si bien demuestran algunas de sus habilidades tras la cámara, no llegan a ser tan buenas como en sus dos largometrajes previos debido a un montaje demasiado frenético, que contrasta con los tipos de planos que pudo lograr con Keanu Reeves o Charlize Theron.

Uno de los aspectos que la primera cinta no había aprovechado del todo era la capacidad del protagonista para romper la cuarta pared, es decir, ser consciente que existe una audiencia mirando lo que ocurre y que él mismo forma parte de una película. Aunque en la anterior entrega se utilizaba de vez en cuando esta circunstancia, generalmente era para hacer un par de comentarios, pero no se llegaba al extremo de influir directamente en la narración de la obra. En Deadpool 2 se da un paso más allá, lo que ocurre durante la escena que vemos en los créditos finales, que según sus guionistas y el director no se trata de una simple broma, sino que de algo que ocurre realmente, cuestión que puede tener implicancias muy grandes.

La decisión es coherente con el espíritu subversivo del personaje, con ese caos que representa, pero llega a contradecir en parte los riesgos que la propia película había tomado en relación con las consecuencias de lo que ocurrió en el relato. Modificar de esa forma los hechos de la trama puede socavar el impacto emocional que el mismo guion había buscado generar, lo que produce un choque entre ambas posturas. El problema estaría no por la decisión en sí, sino que en el hecho de enfrentarla de manera tan directa con otra visión que se había desarrollado dentro del mismo guion. Tendremos que esperar para ver cuál de los caminos prefieren seguir estas películas con relación a cómo manejan este tipo de posibilidades: la postura disparatada, en donde cualquier cosa es posible, o la más lineal, donde causa y efecto son los principios dominantes.

Los chistes autorreferenciales de la cinta se extienden también a las decisiones narrativas de la obra, criticando la manera en que la propia película está escrita (por ejemplo, la decisión de matar ciertos personajes, o la forma en que es desarrollada la trama). Las dudas, sin embargo, surgen cuando tratamos de determinar si esas falencias que la misma película está apuntando fueron creadas para hacer los chistes o si esos chistes son una manera simple de intentar camuflar sus problemas. En el segundo caso, la lógica consistiría en evitar las críticas de terceros a través de una burla que la cinta se hace a si misma. Más que un guion ingenioso que está un paso más adelante que los espectadores, la estrategia parece reflejar una cierta torpeza en la forma en que está planteado el relato.

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