Solo: A Star Wars Story (2018)

Solo_A_Star_Wars_Story-posterCon la compra de la franquicia de Star Wars por parte de The Walt Disney Company, el universo expandido de esa saga, aquel que narraba historias fuera de los hechos mostrados en las películas oficiales, a través de cómics, novelas y videojuegos, perdió el lugar que alguna vez pudo tener dentro del canon de ese relato. Consciente del potencial que tenía entre sus manos, Disney decidió liberarse de las restricciones de dichas obras previas para contar sus propias historias anexas, conocidas como “Star Wars Stories”, las que además serían estrenadas como películas en el cine. Tras narrar la manera en que los planos de la Estrella de la Muerte fueron conseguidos por la Alianza en Rogue One (2016), ahora es el turno de conocer el pasado de Han Solo con Solo: A Star Wars Story (Han Solo: Una historia de Star Wars).

Si bien estas nuevas películas no están a la misma altura de los episodios oficiales, ya que narran sucesos más periféricos, el hecho de ser estrenadas en el cine, con presupuestos enormes y acompañadas de grandes campañas publicitarias, les otorga una mayor importancia que las antiguas historias del universo expandido. Al ser narradas en otros medios, los que no eran tan masivos como el cine, las obras del universo expandido tenían una repercusión más limitada, y no eran tan conocidas por la mayoría de las personas que veían solo las películas. Sin embargo, las Star Wars Stories también pueden traer consigo un problema, ya que el estreno habitual de cintas pertenecientes a esa franquicia las convierte en algo de tan común ocurrencia que se arriesga la pérdida de su impacto en el público.

Desde 2015, hemos visto cuatro nuevas películas de Star Wars, una cada año. Aunque el estreno de estas cintas se realiza de manera intercalada, separando los episodios oficiales cada dos años, con una Story entre medio, de todas maneras es un ritmo que las diferencia de la trilogía original e incluso de las precuelas, las que contaban con un periodo de tres o dos años entre cada entrega, sin nuevas cintas durante ese tiempo. El estreno de estas obras, que pasaba a convertirse en un verdadero hito dentro de la cultura popular, está poco a poco volviéndose algo habitual. Todavía no llegamos al punto de mayor impacto, ya que estos productos siguen generando dinero, pero hay que ver con cuidado cómo se va desarrollando la situación dentro de los próximos años.

Para hacer la situación más complicada, la nueva película de la saga, Solo: A Star Wars Story, no logra alcanzar ese punto en que uno puede decir que su estreno estaba justificado. Se entiende la creación de esta cinta desde un punto de vista comercial, ya que gira en torno a uno de los tres protagonistas de la trilogía original, y está ambientada dentro de un universo lleno de elementos icónicos que atraen a un gran número de personas, pero en términos narrativos es difícil decir por qué era necesaria contar esta historia. Mientras una obra como Rogue One era capaz de arriesgarse en ciertos aspectos debido a que sus personajes eran completamente nuevos, en esta cinta sabemos que el protagonista y algunos de sus acompañantes sobrevivirán a los peligros que enfrentan.

Su guion, escrito por Lawrence y Jonathan Kasdan, explica la mayor parte de los elementos que caracterizan a su protagonista. Vemos cómo Han Solo (Alden Ehrenreich) obtuvo su nombre, quién le dio su pistola, la manera en que conoció a Chewbacca (Joonas Suotamo) y Lando Calrissian (Donald Glover), y cómo obtuvo su famosa nave, el Halcón Milenario. Estos elementos van desde lo soso, como aquella escena donde se explica el origen de su apellido, hasta los más efectivos, como la relación que se va formando con Chewie. Por lo general, se trata de cuestiones que no aportan demasiado, lo que demuestra que algunas cosas es mejor dejarlas a la imaginación de los espectadores. George Lucas ya había caído en el mismo error con las precuelas, explorando hechos que habían sido sugeridos en la trilogía original (como las Guerras Clon o la transformación de Anakin Skywalker), con un resultado irregular.

La película comienza en el planeta Corellia, donde un joven Han Solo vive como delincuente bajo las órdenes de Lady Proxima (Linda Hunt). Cansado de las condiciones de vida que debe soportar, y de la escaza libertad que tiene, el protagonista decide huir junto a su novia Qi’ra (Emilia Clarke) y buscar un nuevo destino. Sin embargo, sus planes no funcionan como esperaban y solo él logra escapar, quedando Qi’ra atrapada en el planeta. Con tal de conseguir los medios para rescatarla, Han se une a la academia de pilotos del Imperio, pero su personalidad rebelde no tarda en relegarlo al rango de soldado raso. Luego de tres años sin haber progresado en su rescate, el protagonista deserta del ejército y se une a un grupo de delincuentes liderados por Tobias Beckett (Woody Harrelson). Tiempo después descubre que Qi’ra ahora trabaja para un jefe criminal llamado Dryden Vos (Paul Bettany), y juntos participarán de una misión para conseguirle un preciado combustible para saldar una deuda que Beckett tiene con él.

Este relato mezcla varias influencias al momento de contar su trama y de dar forma al mundo en el que transcurre. Hay aspectos inspirados en el western, en el cine negro, en las películas bélicas, en las cintas de aventuras, y en las historias ambientadas en entornos criminales. Una de las principales fortalezas de la obra es que permite conocer esa porción del universo de Star Wars que está más asociada al hampa, alejándose de las esferas políticas y religiosas que han dominado las anteriores entregas. Aunque la presencia del Imperio se nota de vez en cuando, se trata de apariciones aisladas, que no eclipsan al resto de los elementos. Las posibilidades que entrega esta franquicia son amplias, así que limitarlas solo a la pugna entre los Sith y los Jedi o entre la Alianza y el Imperio parece ser una oportunidad desaprovechada.

Más que la trama en sí, lo que llamó mi atención es la ambientación de Solo. Aunque es un aspecto que ha sido frecuentemente reconocido desde sus inicios, cualquier tipo de elogio dirigido al diseño de producción de esta franquicia parece no estar a la altura; es uno de los factores fundamentales que permitieron crear la fascinación que Star Wars ha generado durante generaciones. En este caso, ayuda a dar una idea de cómo estos personajes viven, cuáles son las costumbres de los lugares que frecuentan, y le otorgan una vistosa idiosincrasia a todo lo que vemos en la pantalla. O lo que alcanzamos a ver.

Cuando fui a ver la cinta, gran parte de sus escenas tenían una iluminación tenue, donde era difícil diferenciar las siluetas de los personajes y objetos con la oscuridad que las rodeaba. Leí que estos problemas se deben no tanto a la fotografía a cargo de Bradford Young, sino que a la costumbre de los cines de proyectar las películas con una iluminación menor a la ideal, lo que termina por perjudicar a trabajos como este, donde las luces y sombras buscan ser más sutiles. Young, que trabajó anteriormente en obras como A Most Violent Year (2014) y Arrival (2016), tiende a utilizar ese tipo de atmósfera. Puede que los problemas de mi función se debieron a la forma en que la película fue proyectada, ya que en los anteriores trabajos de ese director de fotografía no se notaba el mismo inconveniente.

Al hacer una obra como esta, basada en un personaje tan famoso, que está irremediablemente ligado al actor que lo interpretó décadas atrás, surge la dificultad de buscar alguien que pueda encarnar ese rol de manera digna. Los problemas de producción ligados al proyecto, desde el cambio de directores en el último minuto hasta los rumores de que el actor escogido, Alden Ehrenreich, requirió de ayuda adicional para su trabajo, hicieron temer lo peor. Sin embargo, el desempeño de Ehrenreich cumple con lo que requería el papel, aunque naturalmente no llega a alcanzar ese carisma distendido que Harrison Ford logró en la trilogía original. Quien llega a robar varias de las escenas en las que aparece es Donald Glover como Lando, luciendo más cómodo en su rol que el protagonista.

Pese a seguir un camino más o menos previsible, Solo de todas formas es capaz de entregarle un arco llamativo al personaje principal, siendo la historia que narra esta obra una que habla acerca de las traiciones y de aprender a sobrevivir en un entorno hostil. El Han Solo que conocemos en esta cinta es un joven de buenas intenciones, quien a lo largo del metraje se va convirtiendo en ese mismo contrabandista que no tuvo remordimientos cuando le disparó a Greedo en A New Hope (1977). En el mundo donde se desenvuelve es necesario mantener las defensas arriba en todo momento, y sospechar siempre de los verdaderos intereses de las demás personas.

Otra innovación de la cinta, que pierde cierto impacto ya que es tratada casi exclusivamente como algo cómico, está representada por el personaje de L3-37 (Phoebe Waller-Bridge), un androide que acompaña a Lando y que posee una personalidad fuerte, sobre todo para defender los derechos de su especie. Dado que Star Wars ha sido concebida más como una opera espacial que como una saga de ciencia ficción, no son muchos los temas ligados a dicho género que son explorados en sus películas. El personaje de L3, sin embargo, permite plantear temas interesantes sobre ese tipo de historias, las que eran pasadas por alto en las cintas previas, como la inteligencia artificial, el carácter de individuos de los androides, y su rol de subordinación dentro de la sociedad. Lamentablemente, su activismo es representado con un tono casi burlesco por la obra, lo que impide explorarlo en profundidad.

No obstante eso, resulta interesante el énfasis que las películas producidas por Disney han hecho por cuestiones como el espíritu de rebelión, es decir, ese deseo de luchar contra regímenes autoritarios, sobre todo por parte de personajes aparentemente ordinarios. Mientras la trilogía original se centraba en los esfuerzos estratégico-militares para derrotar al Imperio, en estas nuevas cintas se muestran las razones transversales que motivan a los personajes a unirse a la lucha, mostrando cosas como las desigualdades sociales, la opresión o las nefastas consecuencias de los conflictos bélicos.

Salvo unos elementos aislados, no es mucho lo que la película innova dentro de la saga, y la justificación de estrenar esta cinta, fuera de las razones comerciales, son difíciles de encontrar, ya que en el fondo se dedica a entregar preguntas que no urgía demasiado conocer. Esto no significa que el relato en si sea totalmente desechable, ya que el director Ron Howard logra un desarrollo correcto de la historia, y las interacciones entre los personajes permiten mantener la atención durante buena parte de la película. Sin embargo, su trabajo no llega a ser más que correcto, sin alcanzar momentos sobresalientes como ocurría en las tres cintas previas. La eficacia de Howard le permite crear una obra que funciona pese a las dificultades de la producción, pero al mismo tiempo le impide arriesgarse demasiado y crear un resultado trascendente.

Son varios los rumores que rodearon la creación de esta película, y aun no hay claridad acerca de qué tan ciertos son los reportes que se conocieron durante los meses previos, pero en casos como este uno no puede evitar preguntarse qué habría pasado si los directores originales, Phil Lord y Christopher Miller, hubiesen seguido en el proyecto. Su salida se habría debido a diferencias creativas, y la explicación más difundida es que el tono que ellos querían para la obra era más humorístico que el finalmente utilizado, acompañado de una estrategia que apelaba a la improvisación por parte de sus actores, lo que no les gustó a los ejecutivos de Disney.

No hay garantía de que la versión de Lord y Miller iba a ser mejor que la estrenada por Howard, pero algo que se puede extraer de esta información es que al menos habría sido más osada. Los creadores de The Lego Movie (2014) y las películas de 21 Jump Street crean obras que son conscientes de lo que son y que no tienen miedo de reírse de sí mismas. Quizás ese tipo de enfoque le habría entregado un mayor atractivo a esta película que si bien terminó siendo competente no llega a ser más que eso.

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