Revenge (2017)

Revenge-posterDentro del llamativo mundo de los subgéneros cinematográficos, uno que ha estado frecuentemente acompañado de controversia es el denominado cine de violación y venganza (rape and revenge film). Este tipo de historias, en el que una mujer es víctima de una violación y luego ella o sus familiares buscan venganza contra los perpetradores, tuvo sus más importantes exponentes en la década de los 70. Al estar ligado al cine de explotación, es considerado por lo general como un tipo de cintas sensacionalistas y que solo buscan choquear al espectador. Aunque el cambio de época ya no permite que estas películas se estrenen de manera tan frecuente, de vez en cuando surgen algunas obras que se enmarcan en el subgénero, ya sea a través de remakes de sus títulos clásicos, o con exponentes que surgen fuera de Estados Unidos, como el caso de la producción francesa Revenge.

Este tipo de historias, cuando son exploradas desde épocas o lugares distintos a los que surgieron, permiten verlas desde una nueva perspectiva. En el caso de Revenge la oportunidad también se puede crear gracias al hecho de que su directora, Coralie Fargeat, es mujer, algo no habitual dentro del subgénero. Su interés por hacer la cinta surgió precisamente por las posibilidades de contar el relato desde un punto de vista que pusiera énfasis en los aspectos de género que rodean a una situación como la narrada. Con un claro ánimo simbólico, la película no se centra tanto en las cuestiones morbosas del crimen que sufre la protagonista, sino más bien en su fortaleza para responderle a sus victimarios.

Durante sus primeros minutos, la obra adopta un enfoque fetichista de su personaje principal, Jen (Matidla Lutz), una atractiva joven que viaja junto a su novio Richard (Kevin Janssens) a una lujosa casa de veraneo ubicada en el desierto. Los tipos de planos utilizados y la paleta de colores presente durante estas escenas resaltan los atributos físicos de la protagonista, queriendo reflejar aquel deseo que levanta no solo en Richard, que está casado, sino también en sus amigos, Stan (Vincent Colombe) y Dimitri (Guillaume Bouchède), quienes llegan antes de lo previsto al lugar para participar de una expedición de caza. Aunque no estaba planeado que la estadía de Jen coincidiera con la llegada de los amigos de su novio, la joven de todas maneras intenta entretener a los hombres, pero sus coqueteos pasajeros son malinterpretados por Stan, quien a la mañana siguiente y aprovechando que Richard no está, viola a la protagonista.

En vez de mostrar con detención el acto físico de la violación, Fargeat prefiere acentuar los componentes más psicológicos del acto, como los insistentes acercamientos previos del agresor, quien cree tener el poder de obligar a Jen para que haga lo que él quiera, o la complicidad pasiva de Dimitri, quien pese a ver lo que ocurría prefirió no hacer nada. El rol de Richard tampoco es mejor que el de sus amigos, ya que al enterarse de lo que ocurrió con su novia, prefiere dejar el hecho de lado rápidamente, para evitar que su relación con la joven sea descubierta por su esposa. Cuando la protagonista demuestra su descontento por la actitud de su pareja, la respuesta de Richard consiste en hacer todo lo posible por mantenerla callada, incluso dejarla por muerta en el desierto. Sin embargo, la mujer sobrevive, y durante las horas siguientes su viaje personal, que primero comienza como un simple intento por escapar de los otros tres personajes, se convierte en una misión de venganza contra ellos.

Cuando la acción se transporta al desierto, la película deja de lado la exuberancia y sensualidad visual de sus anteriores escenas, recurriendo ahora a una violencia explícita. Los colores contrastados que ocupa la fotografía de Robrecht Heyvaert siguen presentes, pero ahora son utilizados para remarcar los momentos sangrientos del metraje, entregándoles una particular intensidad. La propia Jen se va transformando de una joven seductora a una mujer que renace de las cenizas (literal y figuradamente) para hacer pagar a sus agresores. Curiosamente, durante estas secuencias la protagonista no abandona del todo el magnetismo erótico de los primeros minutos, ya que la forma en que la directora ocupa la cámara continúa destacando su atractivo físico, mientras que la cantidad de ropa que viste va disminuyendo poco a poco.

La cinta es rudimentaria al momento de representar sus ideas y crear metáforas. Los personajes son caracterizados de forma elemental, sin demasiada profundidad, incluida la propia Jen, cuyo principal rasgo personal es un vago deseo de vivir en Los Ángeles para poder ser “notada”. La forma algo básica con la que el guion va construyendo su simbolismo hace que algunas de sus metáforas choquen con la plausibilidad de la historia; en vez de que estos elementos adquieran un aire alegórico, que permita entregarle mayor flexibilidad a su falta de credibilidad, el resultado termina siendo percibido más como un grupo de lagunas lógicas que no convencen del todo.

Es bastante limitada la ambición que demuestra el guion, que trata la idea de la venganza de manera simplista, sin cuestionarla ni tratarla con la profundidad que se puede ver en una cinta como Blue Ruin (2013) de Jeremy Saulnier. Tampoco hay un intento por crear un relato que sea espinoso en términos morales, como la cuestionada Elle (2016) de Paul Verhoeven. Su objetivo es mucho más directo, y hasta convencional, entregando pocas innovaciones. Discursivamente, la directora Coralie Fargeat puede tener muchas ideas relacionadas con este proyecto, pero al ver la obra son pocas las que se encuentran reflejadas en el resultado en sí, y las que llegamos a notar no poseen demasiada trascendencia.

La acción que vemos en Revenge es de buena calidad, y de vez en cuando hay momentos que sobresalen visualmente, pero no llega a transformarse en una obra que logre cruzar el umbral de las películas simplemente correctas. No alcanza, por ejemplo, aquel estado al que ascendió la cinta Grave (Raw; 2016) de Julia Ducournau, capaz de crear sus propias reglas y explorar un terreno nuevo. Y tampoco corresponde que le exijamos algo que no estaba dentro de sus objetivos, ya que claramente la misión de la película de Fargeat no iba más allá de tomar elementos ya conocidos y crear un resultado eficaz, que alterara sus componentes solo en lo estrictamente necesario. Pero si la propia directora cita como influencias el trabajo de Quentin Tarantino, específicamente Kill Bill (2003 y 2004), o el cine creado en Corea del Sur durante los últimos quince años, podemos opinar si el esfuerzo ha estado a la altura, lo que en este caso no se cumplió.

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