Animal (2018)

Animal-posterAsí como en Relatos salvajes (2014) de Damián Szifrón se hacía referencia al lado más fiero del ser humano, a aquel estado primigenio que antecede a las normas sociales y a las instituciones, el que se encuentra dominado más por el instinto que por la razón, la película Animal del director Armando Bo también se alimenta de esa idea. Ambas cintas argentinas parten de la noción de que la verdadera cara de sus personajes se muestra al estar expuestos a situaciones límites, fuera de lo común, que los llevan a adoptar medidas que pasan por alto las barreras sociales que deben respetar en sus vidas cotidianas.

Este es el segundo largometraje dirigido por Bo, quien regresa a Argentina tras haber ganado un premio Óscar al mejor guion original por su trabajo en la película Birdman or (The Unexpected Virtue of Ignorance) (2014) de Alejandro González Iñárritu. Aunque el paso más común habría consistido en seguir desarrollando su carrera en Estados Unidos, el deseo por hacer una cinta donde tuviese un mayor control sobre el resultado final lo llevó a preferir su país natal. Junto a su primo Nicolás Giacobone, un habitual colaborador con quien ha escrito todos sus largometrajes, Armando Bo va creando un relato en el que su protagonista, Antonio Decoud (Guillermo Francella), se va hundiendo cada vez más en una espiral descendente. Basta un simple empujón para que todo lo que ha construido se desmorone a su alrededor.

Ya desde sus primeros minutos la obra nos recuerda a Birdman, gracias a un plano secuencia que a través de unos sutiles trucos de montaje y una precisa coreografía, va recreando la rutina matutina de la familia de Antonio, desde que se despiertan, se visten, van al baño, y desayunan. La introducción es admirable por sus méritos técnicos, ya que mientras la mayoría de los planos secuencia tratan de acentuar el tiempo real en el que ocurren los sucesos, acá se crean algunas elipsis que van jugando con el transcurso del tiempo. Sin embargo, este tipo de técnicas también genera algunas preguntas, sobre todo acerca de su justificación, ya que no basta con la proeza de su ejecución. En el caso de Animal, el plano secuencia permite reflejar la armonía y fluidez de la vida del protagonista antes de su enfermedad, lo que entrega un efectivo contraste con lo que ocurre durante el resto del metraje. Es, por así decirlo, la calma antes de la tormenta.

El punto de inflexión es la enfermedad que sufre de repente este gerente de producción de un frigorífico, que lo lleva a requerir un trasplante de riñón. La vida del protagonista se ve alterada por la noticia, y si bien su hijo se ofrece como donante, en el último momento se arrepiente y el hombre pasa a depender de unas diálisis que sabe van a dejar de surtir efecto tarde o temprano. Su esposa Susana (Carla Peterson) lo intenta alentar para que confíe en el sistema, pero la escaza esperanza que surge de su lugar en la lista de espera lleva a Antonio a recurrir a una solución más extrema. Tras ver el anuncio de una persona que ofrece su riñón a cambio de una casa, el protagonista se contacta con el autor de esa oferta, un joven llamado Elías (Federico Salles), quien junto a su novia Lucy (Mercedes De Santis) ve en este intercambio una manera de mejorar su complicada situación económica.

Antes de la enfermedad, Antonio tenía una vida ejemplar, trabajaba con esmero, seguía las reglas, tenía un hogar propio y una familia que lo quería. Pero todo eso se ve perturbado por la amenaza de que su vida puede terminar en cualquier momento. La premisa del esposo y padre proveedor que debe recurrir a un camino ilegal para hacer frente a una enfermedad emparenta a esta cinta con la serie Breaking Bad, existiendo incluso un punto en común entre el egoísmo de ambos protagonistas. Egoísmo porque detrás de sus acciones está no solo la desesperación por el miedo a la muerte, sino también el deseo de anteponer sus propios intereses por sobre el de los demás, algo que los lleva a intentar justificar cualquier tipo de medio con tal de llegar al fin que ellos persiguen.

La enfermedad del protagonista no es el único cambio que alborota su vida, ya que la aparición de Elías y Lucy se convierte en un nuevo e impredecible factor que deberá considerar. La ambición de la pareja aumenta cuando ven la desesperación de Antonio, y el precio a pagar por el riñón no tarda en exceder las expectativas del personaje principal. Sin embargo, el guion de la película no retrata a Elías y Lucy como una simple fuerza maligna que viene a perturbar la tranquila rutina del protagonista, sino que les entrega algunos interesantes matices. No estamos, por ejemplo, ante la misteriosa presencia de los antagonistas de Funny Games (1997), cuyo pasado y motivaciones se mantienen en secreto, ni ante la figura alegórica de la pareja que llega a la casa de los protagonistas en mother! (2017), cuyo rol es más simbólico que tangible.

En Animal tenemos la oportunidad de ver tanto el entorno de la familia de Antonio como el de la pareja que los atormenta. Así como el protagonista debe recurrir a este inusual intercambio como una medida desesperada, una motivación similar mueve a Elías y Lucy, quienes deben subsistir a penas con el dinero suficiente para pagar un conventillo de mala muerte. Aunque la cinta cae en algunos estereotipos cuando caracteriza la vida de esta pareja, también es capaz de criticar al propio Antonio y la manera en que ve el mundo. En vez de recurrir al sistema de la lista de espera, que lo posiciona en un plano de igualdad con el resto de quienes necesitan un trasplante, el personaje considera que es injusto que no pueda tener un trato preferencial; si su trabajo y dinero le han permitido tener una casa y otras comodidades, piensa el gerente, ¿por qué no puede existir algo similar para su enfermedad?

De esta manera, en vez de crear un relato maniqueísta, la película de Armando Bo presenta una situación donde los dos bandos involucrados actúan motivados por el poder adquisitivo, ya sea para ocupar el que tienen o para conseguir el que carecen. La crítica al materialismo es palpable en esta obra, donde los problemas se tratan de solucionar a través de negociaciones, de trueques, recurriendo a la oferta y a la demanda. En el mundo donde transcurre la historia no hay redenciones ni muestras de misericordia, sino que un brutal impulso de autopreservación. Tanto en su desarrollo como en su desenlace, la cinta presenta un enfoque que se aleja del optimismo, prefiriendo en cambio una visión irónica, donde los triunfos vacíos se convierten en el principal objetivo que los personajes quieren alcanzar.

Aunque la trama narra cuestiones sombrías, el tono de Animal no se asemeja tanto al guion que Bo y Giacobone escribieron para Biutiful (2010) de González Iñárritu, teniendo más puntos en común con el de Birdman. La historia no llega al nivel de farsa de aquella cinta protagonizada por Michael Keaton, claro, pero de vez en cuando deja ver unos destellos de sarcasmo que le entregan una llamativa cuota de personalidad. No estamos ante una obra de estética naturalista y atmósfera miserable, donde cada escena está cargada de penurias, sino que ante una película que es consciente de lo inverosímil que son algunos de sus componentes, aprovechando esos breves momentos en que lo absurdo se deja ver para crear humor negro.

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