First Reformed (2017)

First_Reformed-posterAntes de trabajar con Martin Scorsese, escribiendo los guiones de películas fundamentales de su carrera como Taxi Driver (1976) y Raging Bull (1980), Paul Schrader publicó el libro Transcendental Style in Film. Basado en la filmografía de los cineastas Yasujirō Ozu, Robert Bresson y Carl Theodor Dreyer, describió una forma de hacer el cine que consiste en transmitir lo trascendental a través de un estilo austero, mundano, donde cuestiones como el movimiento de la cámara y el uso de música extradiegética son reducidos al mínimo. Aunque Schrader ha desarrollado una carrera como director desde 1978, debieron pasar casi cuatro décadas para que pusiera en práctica aquello de lo que había escrito en ese libro.

En sus películas anteriores, tanto las que ha escrito como las que ha dirigido, temas como el sexo y la violencia fueron recurrentes. Su nuevo largometraje, First Reformed, se aleja de esa tendencia, sobre todo en el estilo que ocupa, algo que el propio Schrader ha atribuido a su edad. Fue el paso del tiempo lo que permitió este reencuentro con aquello que plasmó en el papel durante su juventud. Con 71 años de edad al momento del estreno de esta obra, uno podría pensar que el director no estaba dispuesto a cambiar demasiado su manera de hacer cine, pero la película presenta una nueva dimensión de él mismo, que demuestra un interés por no ser conformista e intentar algo distinto.

Schrader no esconde las influencias que inspiraron a esta película, y no tiene problema en mencionarlas. En términos narrativos, Journal d’un curé de campagne (Diary of a Country Priest; 1951) de Robert Bresson sirvió como base para el guion, a través de la técnica de ocupar un diario de vida escrito por el protagonista para transmitir lo que piensa, por medio de su voz en off que lee esos pasajes. La premisa, por su parte, es una variación de la presente en la cinta Nattvardsgästerna (Winter Light; 1963) de Ingmar Bergman. En ambas el personaje principal es aproximado por una mujer que le pregunta si puede orientar a su esposo, quien se encuentra agobiado por el posible futuro de la humanidad. Mientras en la película de Bergman la preocupación emanaba de la amenaza de una guerra nuclear, en la de Schrader ese peligro es reemplazado por el desolador panorama que surge a raíz del calentamiento global.

El protagonista es Ernst Toller (Ethan Hawke), un ministro religioso que está a cargo de la iglesia protestante First Reformed, un templo de gran importancia histórica, que está cerca de cumplir 250 años, pero que en la actualidad es más frecuentada como punto turístico que como lugar de oración. Toller lleva una vida apática, en la que destina gran parte de su tiempo a escribir en su diario y a beber alcohol, pero esta rutina es interrumpida cuando Mary (Amanda Seyfried), una de las feligresas del templo, le pide ayuda por la situación de su marido, Michael (Philip Ettinger). Se trata de un medioambientalista radical que acaba de salir de la cárcel, y cuya sombría visión del mundo producto del cambio climático lo ha llevado a pensar en el aborto del hijo que va a tener con Mary, para no traerlo a ese fatal panorama.

Toller intenta conversar con él, explicándole que la incertidumbre es parte esencial del ser humano, pero la desesperanza de Michael no tiene vuelta atrás. De hecho, son las palabras del propio medioambientalista las que terminan llevando al protagonista a acercarse a su postura, no al revés. La crisis de fe del personaje principal existía desde antes de hablar con Michael, pero la conversación lo lleva a ver su rol como ministro religioso desde una perspectiva diferente. La situación del planeta lo obliga a plantearse la pregunta de si dios será capaz de perdonar a la humanidad por el daño que han hecho a su creación, algo que lo empuja a adoptar una posición activa, hasta radical, sobre el tema.

Los problemas que enfrenta el protagonista a lo largo del metraje no son solo espirituales, sino que contienen una fuerte dimensión terrenal. Está, por un lado, su deteriorado estado de salud, el que descuida debido a sus cuestionables hábitos con el alcohol. También está su papel como encargado de este templo que es una especie de subsidiaria de una megaiglesia llamada Abundant Life, donde el exceso y lo grandilocuente contrastan con la sencillez de First Reformed. El vínculo que existe con esa institución, liderada por un pastor de apellido Jeffers (Cedric the Entertainer), así como los aportes económicos que ambas reciben del empresario Edward Balq (Michael Gaston), propone interesantes preguntas acerca de la relación entre religión y capitalismo.

Ocupando los principios que planteó en su libro, Schrader emplea un estilo más contemplativo que el utilizado en la mayoría de las películas estadounidenses hoy en día. La cinta cuenta con la colaboración del director de fotografía Alexander Dynan, quien logra una estética bastante cuidada, a través de una predominancia de planos fijos, en los que la composición de la imagen y ubicación de la cámara resultan factores fundamentales. La película además recurre a una relación de aspecto denominado “académico”, de 1,37:1, que le entrega a la imagen una forma más cuadrada. Este formato, que era más habitual en la primera mitad del siglo XX, pero que en la actualidad fue reemplazado por uno más panorámico, obliga a ver el plano desde una perspectiva inusual para el cine contemporáneo, y a planearlo con más meticulosidad. El resultado hace recordar a la película polaca Ida (2013) de Pawel Pawlikowski, director que incluso convenció a Schrader de hacer esta cinta.

La combinación de elementos no solo crea una estética impecable, que es atractiva de ver, sino también una atmósfera cautivante, debido a la manera en que es ocupado el lenguaje cinematográfico en su conjunto. El relato avanza a su propio ritmo, posando su atención sobre aquellos determinados aspectos que pretende destacar, como un gesto, un rostro o un lugar. Ese estilo controlado se rompe en un par de ocasiones durante la película, cuando el director decide emplear movimientos de cámara y música para entregarles un aire crucial a esos momentos. Uno de ellos es el final.

Durante el desarrollo de la trama, el viaje personal del protagonista está marcado por un propósito que quiere materializar. Hay un plan que está dispuesto a ejecutar, y vamos viendo sus preparativos a lo largo del metraje, pero ese propósito es interrumpido durante los minutos finales, cuando Toller se encuentra con un imprevisto. La película, entonces, recurre a un desenlace distinto al que esperábamos, poco convencional, cuya efectividad dependerá de la opinión de cada espectador. Aunque estos minutos finales no me parecieron tan cuidados como el resto de la cinta, no llegan a dañar la buena impresión que logró crear la obra en general, la que perfectamente puede ser utilizada como la culminación de la carrera de Schrader, debido a su buena calidad y al carácter de cierre que le entrega a su propia trayectoria.

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