Lady Macbeth (2016)

Lady_Macbeth-posterRoger Ebert consideraba al cine como una máquina que genera empatía, ya que permite que el espectador pueda conocer historias que escapan de su entorno habitual, mostrando las vidas de personas que viven en otros lugares, que tienen otras ocupaciones y que pertenecen a grupos distintos al nuestro. De esta manera, las películas tienen la posibilidad de expandir nuestro entendimiento del mundo y de comprender a personas diferentes a nosotros. Esta idea tiene razón, pero, así como el cine es capaz de levantar puntos en común entre nosotros y aquellos que parecían lejanos, también puede mostrar historias donde los personajes realizan cosas más difíciles de entender, e incluso donde cometen acciones que nos parecen reprochables.

Que una película muestre una situación determinada no significa que la ampare ni que nos inste a avalarla. La historia del cine está llena de obras que giran en torno a villanos, cuyos relatos no pretenden justificar lo que hacen, sino que representar el lado más oscuro del ser humano. Este tipo de historias ha tenido tradicionalmente una preponderancia de protagonistas masculinos, así que cintas como Lady Macbeth del director William Oldroyd surgen como una bienvenida innovación de la fórmula. Aunque está basada en una novela rusa publicada en 1865, esta adaptación a cargo de la guionista Alice Birch presenta una sensibilidad contemporánea que la vuelve atractiva.

La cinta, que traslada el relato desde Rusia a Inglaterra, ocupa sus primeros minutos para presentar la compleja situación que debe vivir su protagonista, Katherine (Florence Pugh), una joven que es casada contra su voluntad con un adinerado hombre mayor llamado Alexander Lester (Paul Hilton). Aunque el principal objetivo de este matrimonio arreglado es que la protagonista le de un heredero a su marido, el trato que recibe por parte de él resulta áspero y humillante, motivado en parte por una especie de trastorno sexual que le impide consumar el vínculo con la joven. El rol de Katherine, según le explica su suegro Boris (Christopher Fairbank), debe ser fundamentalmente pasivo, estando siempre a disposición de Alexander y velar por el cuidado de su casa. Pero la protagonista anhela algo más, y pese al frío clima de la zona rural en la que viven, prefiere estar al aire libre que encerrada.

Esta manera de representar su deseo de independencia, a través de estar dentro o fuera de la casona en la que transcurre la película, es bastante evidente en su simbolismo, y la forma en que es presentada su situación hace que nuestra empatía por ella surja sin demasiada dificultad. Al estar sujeta a reglas estrictas que coartan su libertad, y sometida por un matrimonio en el que no tuvo elección, nosotros como espectadores tendemos a tomar partido por personajes como ella. Sin embargo, la obra no desarrolla estos elementos de una forma convencional, sino que va desafiando la primera impresión que tuvimos de Katherine, transformándola poco a poco en alguien que está dispuesta a hacer lo que sea por obtener lo que quiere.

Uno de los elementos presentes en Lady Macbeth, por ejemplo, es la relación que la protagonista inicia con Sebastian (Cosmo Jarvis), uno de los trabajadores de la casa. La dinámica que se produce entre ambos, con las diferentes clases sociales que representan, no es idílica ni romántica, sino que rudimentaria, incluso básica. No estamos ante una cinta como Titanic (1997) o En kongelig affære (A Royal Affair; 2012), donde el hombre es mostrado como alguien encantador o idealista. Sebastian es más bien bruto, con ciertos rasgos violentos, y la atracción que despierta en Katherine obedece más a un capricho propio y al rencor por su situación actual que a verdadero amor. Las escenas donde aparecen juntos no los muestran conversando acerca de sus aspiraciones, sino que satisfaciendo impulsos más primarios.

Aunque el arco de la protagonista posee un desenlace estremecedor, debido a las cosas que Katherine hace durante el tercer acto de la película, uno puede notar rasgos de esta oscura identidad desde mucho antes. Cuando la protagonista comienza a rebelarse contra las restricciones de su estilo de vida, no hay en sus actos un aire que inspire demasiada celebración, ya que varias de sus acciones no están exentas de efectos negativos para el resto. Eso es lo que ocurre con Anna (Naomi Ackie), su sirvienta de raza negra, quien se ve constantemente perjudicada por el individualismo de la joven. Debido a su posición de criada, Anna carece de la libertad de escoger lo que puede hacer, así que se ve envuelta de manera involuntaria en el caos que la protagonista va creando.

Que la protagonista sea presentada en una situación desaventajada al comienzo de la película, debido a su género, no significa que ella a su vez carezca de una posición de privilegio sobre otros personajes. Cuestiones como el estrato socioeconómico y la raza pueden influir de forma clara en cómo las mujeres se relacionan entre sí, creando situaciones de desigualdad dentro de un mismo segmento, aspecto que desde las ciencias sociales es conocido como interseccionalidad. Para entender las relaciones humanas no podemos verlas desde una sola perspectiva, ya que existe una multiplicidad de factores en juego. Lady Macbeth refleja esto de forma perspicaz, a través de las distintas experiencias de Katherine y Anna. Mientras una de ellas decide tomar las riendas de su destino, la otra se limita a sufrir en silencio las consecuencias provocadas por la primera.

Katherine ve al resto de las personas como un medio para alcanzar un determinado fin, y no es necesario esperar hasta los últimos minutos para ver esto. Ya desde el primer acto de la película podemos notarlo, pero la cinta no es del todo clara durante esos momentos para definir si solo está representando lo que hace su protagonista, sin tomar partido en aquellos asuntos, o si por el contrario lo está respaldando. Este tipo de ambigüedad crea expectación a lo largo del metraje, ya que uno está revisando constantemente sus elementos para ver cuál será la posición de la cinta respecto de lo que está mostrando. Es decir, si se trata de una obra que posee tacto o un enfoque más que cuestionable.

La respuesta se va desenvolviendo de manera sutil, gracias a la forma en que el director William Oldroyd utiliza el lenguaje cinematográfico. En vez de recurrir a diálogos que expliquen la postura de la película de forma obvia, la estrategia consiste en que el modo en que son representados estos hechos hable por sí mismo. Aunque se trata de su primer largometraje, Oldroyd recurre a un estilo que tiene una intención determinada, que no existe solo por existir. Todos los elementos de la obra apuntan a una estética sobria, donde no se enaltecen los actos realizados por Katherine, sino que son mostrados con neutralidad, dejando que el propio espectador les otorgue significado. Una medida como no ocupar música durante casi todo el metraje refuerza este punto.

Que Lady Macbeth emplee un estilo austero no quiere decir que esté eludiendo la opción de decir algo, ya que eso lo logra con la elección de los sucesos que decide narrar. Su parquedad es capaz de crear una poderosa sensación de desolación, ese tipo de reacción que directores como Michael Haneke han logrado perfeccionar a lo largo de sus carreras. Oldroyd entiende la efectividad del silencio en los momentos adecuados, y cómo el quitar ciertos elementos permite evitar distracciones innecesarias para que la audiencia se centre en lo más importante. Los hechos mostrados en la cinta son transmitidos con franqueza, sin adornarlos demasiado, lo que les entrega una mayor ferocidad. Las películas buenas no solo exploran temas interesantes, sino que lo hacen de una manera que resulta memorable, algo que se nota en esta obra.

Un pensamiento en “Lady Macbeth (2016)

  1. Pingback: In Fabric (2018) – sin sentido

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