American Animals (2018)

American_Animals-posterLa película American Animals comienza de una manera algo inusual. Por lo general, las cintas que están basadas en hechos reales no esconden esta circunstancia, e incluso tienden a señalarlo a través de un texto al inicio del metraje. Pero en esta obra dirigida por Bart Layton las palabras que aparecen durante los primeros segundos indican que “esto no está basado en una historia real”, para inmediatamente después eliminar algunas palabras y aclarar que “esto es una historia real”. La estrategia hace recordar a la serie de televisión de Fargo, donde Noah Hawley hace una aclaración inversa, ya que parte primero afirmando que estamos ante una historia verdadera, para luego eliminar la palabra “verdadera” y precisar que se trata de una historia a secas.

En el caso de esta película, el relato está efectivamente basado en hechos reales, los que ocurrieron durante los años 2003 y 2004 en la Universidad de Transilvania, ubicada en Lexington, Kentucky. Se trata del robo que un grupo de jóvenes -Warren Lipka (Evan Peters), Spencer Reinhard (Barry Keoghan), Chas Allen (Blake Jenner) y Eric Borsuk (Jared Abrahamson)- intentaron en la biblioteca de esa universidad, en cuya colección especial hay libros de enorme valor, como The Birds of America de John James Audubon. Aunque no tienen experiencia en este tipo de delitos, ni demasiados contactos para poder vender el botín, la posibilidad de ganar varios millones de dólares, así como participar de algo que rompa con la rutina de sus vidas, los convence de idear un plan para adueñarse de esos libros.

Pertenecientes a familias relativamente normales, con vidas que no tienen muchas dificultades, las motivaciones de los jóvenes van más asociadas con la idea de hacer algo extraordinario con sus vidas, de no seguir el mismo camino que el resto, sino que alcanzar ese tan esquivo éxito al que pocas personas tienen acceso. La manera en que la obra desarrolla este punto cuenta con la suficiente profundidad para evitar que estemos ante un relato superficial, ya que es capaz de apuntar a cuestiones como el sueño americano y la presión que el afán desmedido del éxito puede generar en algunos.

Las llamativas palabras que vemos al inicio de la cinta se materializan a través de los recursos narrativos utilizados por la obra, que juegan con las dimensiones de realidad y ficción. Layton, quien había dirigido anteriormente el intrigante documental The Imposter (2012), donde complementaba las declaraciones de los entrevistados con unas breves recreaciones de lo narrado por ellos, ocupa una técnica inversa en American Animals, ya que el grueso de la cinta está conformado por la representación de los hechos a través de actores, secuencias que son intercaladas de vez en cuando con las declaraciones de los protagonistas reales que participaron en aquellas situaciones.

Esta forma de contar la historia ha generado algunas comparaciones con la película I, Tonya (2017), pero mientras en dicha cinta las entrevistas son mostradas con los propios actores interpretando sus respectivos personajes, el hecho de utilizar a personas comunes y corrientes en American Animals hace que la mezcla de ficción y documental la acerque más a una película como Bernie (2011) de Richard Linklater. Bart Layton da incluso un paso más allá, e implementa de manera lúdica las declaraciones de los verdaderos protagonistas, haciendo que en una escena una de esas personas interactúe con su correspondiente versión cinematográfica. La cinta también ocupa las diferentes versiones en que cada persona recuerda los hechos para ir cambiando algunos elementos que vemos en la pantalla, para acomodarlos a la interpretación de cada uno de ellos, lo que potencia la cualidad metaficticia de la obra.

Además de estas técnicas, la relación entre realidad y ficción a la que alude el texto que vemos al comienzo de la película también es desarrollada a través de la manera en que los protagonistas planean el robo y cómo termina resultando. La primera mitad del metraje, que gira en torno a esa planificación, cuenta con una atmósfera distendida, donde el humor tiene un rol importante. Durante estos minutos las acciones de los jóvenes son representadas como algo estrafalario, fuera de lo común, pero cuya moralidad es más cercana a una travesura que a un delito. El tono ocupado por la obra trata de replicar la visión que los propios protagonistas tienen de lo que están planeando, quienes recurren a las películas para aprender cómo hacer este tipo de robo, siendo su principal inspiración la saga de Ocean’s Eleven.

Sin embargo, cualquier desenlace que hubiesen podido predecir sale de su control cuando ejecutan el robo, ya que todo termina saliendo mal. Ni los disfraces, ni el estudio de los planos del lugar, ni la coordinación que prepararon les sirve ante la imprevisibilidad del mundo real. De todos los factores que subestimaron, el más relevante fue la presencia de la bibliotecaria Betty Jean Gooch (Ann Dowd), a quien debían inmovilizar para poder robar los libros con tranquilidad. Pero una cosa es planear algo y otra concretarlo, y en el caso de la bibliotecaria no solo surgen las dificultades técnicas de incapacitarla, sino también las preguntas éticas y la disposición de los jóvenes para cumplir con esa parte del robo.

Es precisamente durante estos momentos que la película sufre un cambio en su tono y el peso de la realidad se deja sentir. Debido al carácter lúdico que demuestra durante la primera mitad del metraje, American Animals sufría el riesgo de trivializar la historia que cuenta, entregándole una atmósfera demasiado liviana. A final de cuentas, el relato gira en torno a un grupo de jóvenes que pertenece a un grupo relativamente privilegiado, estudiantes universitarios que no tienen muchos obstáculos en sus vidas, así que ineludiblemente iba a surgir la pregunta de por qué debemos sentir empatía por ellos. Allí aparece una de las principales interrogantes que debió enfrentar su guion: ¿los espectadores deben estar de parte de estos protagonistas? Y si es así, ¿por qué?

Afortunadamente Layton no suaviza las implicancias negativas de lo que sus personajes principales hicieron. Sin ese cambio de tono que se produce durante la ejecución del robo, la película habría caído en una cuestionable indulgencia del comportamiento de este grupo de jóvenes. Dicho cambio permite ver que ellos, si bien no son retratados como villanos ni personas necesariamente malintencionadas, si incurrieron en tal nivel de estupidez y falta de consideración por los demás, que sus actos pueden ser retratados en una película como esta, pero no celebrados ni glorificados. La misma decisión de utilizar las declaraciones de los protagonistas reales le entrega un aire más sustancial a la obra, lo que queda reflejado sobre todo por la última persona que aparece en la cinta, cuyas palabras le otorga un potente sello final a lo que acabamos de ver.

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