Three Identical Strangers (2018)

Three_Identical_Strangers-posterEl punto de partida del documental Three Identical Strangers es una de esas historias que casi no se pueden creer. En 1980, Robert Shafran ingresó a la universidad, y en su primer día en el lugar notó que el resto de las personas lo saludaban como si ya lo conocieran, algo que era imposible ya que nunca había estado ahí. Es entonces que descubre que otro estudiante, Edward Galland, asistió a la misma universidad el año anterior, y la confusión de sus compañeros no se debía a un simple parecido físico entre ellos, sino al hecho de que ambos eran hermanos gemelos, algo que ninguno de los dos sabía ya que fueron adoptados por familias distintas. La situación no termina ahí ya que cuando la noticia es replicada por varios periódicos, un tercer hermano, David Kellman, descubre también esta situación y se contacta con los otros dos.

Los primeros 20 minutos de la cinta están dedicados a narrar cómo estos trillizos descubren por mera casualidad que eran hermanos, la enorme emoción que sintieron cuando se reunieron por primera vez, y los eufóricos meses en los que trataron de aprovechar el tiempo perdido y se esforzaron por fortalecer ese lazo. Una historia como esa llama la atención, y en una época como esta sería el titular ideal para que los sitios web atrajeran un gran número de visitantes. Ya en esos años se trató de una noticia altamente popular, que llevó a sus protagonistas a aparecer en programas de televisión e incluso a tener un pequeño rol en la película Desperately Seeking Susan (1985), una de las primeras actuaciones de Madonna en el cine.

El interés que provocaban los trillizos en esos años es evidente, ya que no solo fueron parte de una historia extraordinaria, sino que tenían un carisma ideal para cautivar al público. En las entrevistas demostraban también unas llamativas similitudes en sus personalidades, que los hacían compartir ciertos gestos y comportamientos entre sí pese a haber sido criados por separado durante tanto tiempo. Esos momentos reforzaban la arraigada creencia de que existe una conexión invisible entre este tipo de hermanos, la que escapa de una explicación racional.

Pero por interesante que sea la historia de estos trillizos, hasta aquí el relato parece no tener los méritos suficientes para un largometraje de una hora y media. A medida que vemos el primer tercio de Three Identical Strangers, que avanza con un ritmo muy ágil, nos preguntamos acerca de qué más les podría haber pasado a los protagonistas después de su reencuentro, ya que en una breve porción del metraje se abarca gran parte de sus vidas. Las interrogantes acerca del propósito del documental aumentan cuando recordamos que los hechos narrados durante ese segmento ocurrieron hace casi cuarenta años, y fueron ya abordados por varios medios de comunicación en aquel entonces.

La respuesta acerca del núcleo de la película surge más adelante, y está relacionada no con una duda que haya emanado de los propios trillizos, sino que de sus padres adoptivos. ¿Cómo es posible que tres hermanos hayan sido separados a tan corta edad y dados en adopción a familias diferentes, sin que les hayan informado la existencia de los demás? El documental va adentrándose en esta interrogante de forma paulatina, pero la solución no es sencilla y hay cuestiones que permanecen aún sin resolver cuando la cinta termina. Las raíces de lo que ocurrió con los personajes son profundas, con más complejidades que las que podemos prever, y con cada revelación de la obra nos vamos adentrando en un terreno desconocido.

Gracias a la forma que tiene de ir presentando la información nueva, Three Identical Strangers es capaz de acercarse al terreno del thriller. Para que el efecto de la cinta sea más potente lo ideal es verla sin saber mucho acerca de la historia, pero es posible adelantar que dentro del relato hay secretos institucionales, un proyecto de gran envergadura cuyo verdadero alcance se guarda de manera confidencial, y unas misteriosas motivaciones de los responsables. Aunque la historia en si ya es suficiente para crear un resultado intrigante, la habilidad narrativa del director Tim Wardle y de su encargado de montaje Michael Harte no debe ser desestimada. Incluso los elementos más llamativos pueden ser combinados en un relato insípido si no se sabe cómo utilizarlos.

Wardle recurre a diferentes técnicas para dar forma a su documental. Una de ellas son las recreaciones a través de actores, las que en vez de ser una decisión que distrae, se convierten en unas importantes herramientas para representar visualmente algunos segmentos de la historia que no poseen material de archivo. Este tipo de secuencias son ocupadas mayoritariamente durante la primera media hora del metraje, siendo uno de los factores que permiten que esa parte del documental resulte tan dinámica. Las recreaciones nos tratan de poner en los zapatos de sus protagonistas, y para lograr eso se opta por no mostrar las caras de los actores, ubicando la cámara detrás de ellos, siguiéndolos constantemente.

Además de contar una historia atractiva, el documental también plantea algunas interrogantes relacionadas con la ética científica, la salud mental, y la dicotomía naturaleza-crianza. En general, la cinta opta por la decisión más adecuada de presentar estas cuestiones sin demostrar una inclinación demasiado evidente por alguna de las posturas en juego, prefiriendo que el espectador vaya creando sus propias conclusiones. Sin embargo, hay algunas veces en las que deja de lado esa moderación y recurre a unas apreciaciones efectistas. Es lo que ocurre, por ejemplo, con un nexo causal que pretende sugerir sobre un tema bastante delicado, algo que no debía ser reducido a una posición tan absoluta. Esas ansias por querer decir algo tajante e incendiario le restan prudencia a la obra, que arriesga un tratamiento algo liviano de sus temas.

Ese riesgo no alcanza a contaminar los pilares más importantes de la obra, que pese a sus excesos momentáneos entrega una poderosa reflexión acerca de aquellos aspectos de nuestras vidas que obedecen a las circunstancias que nos rodean y aquellos que están ineludiblemente ligados a nuestra propia esencia. La fuerza del determinismo se posa de forma enigmática sobre la película, no solo a través de las similitudes triviales que los trillizos comparten pese a haber vivido separados durante tantos años, sino también por cuestiones más profundas. El principal peso emocional de la cinta emana de la tragedia, un elemento que le entrega una dimensión humana a una obra que en otras manos podría haber caído en lo simplemente anecdótico.

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