Bad Times at the El Royale (2018)

Bad_Times_at_the_El_Royale-posterEl director Drew Goddard sabe que si se va a ambientar una película casi exclusivamente en un solo lugar, ese espacio debe ser dotado de una cierta personalidad para evitar la monotonía y repetición a lo largo del metraje. Así como ocurría con los hoteles de Psycho (1960) y The Shining (1980), el de Bad Times at the El Royale también presenta algunos rasgos distintivos que lo convierten en algo más que un simple telón de fondo para lo que ocurre en la pantalla. Una de las estrategias utilizadas para lograr esto es recurrir al misterio, revelando que el lugar donde transcurre la historia esconde más de lo que muestra a simple vista, algo que Goddard ya había ocupado en su anterior largometraje, The Cabin in the Woods (2012).

Ubicado en la línea que separa a los estados de California y Nevada, el hotel que da nombre a la película tuvo un pasado glorioso, siendo escogido por conocidas celebridades como lugar de alojamiento. Sin embargo, con el paso del tiempo perdió esa chispa que lo caracterizaba, así como su patente de juegos de azar, por lo que fue quedando en el olvido. La época en la que transcurre la historia también se ubica en una especie de línea divisoria, en aquella que separa la década de los 60 y los 70, durante esos complejos años en Estados Unidos donde Richard Nixon era presidente, la Guerra de Vietnam estaba en pleno desarrollo, y el país se estaba recuperando del asesinato de Martin Luther King.

Por lo general, la llegada de residentes ocurre de manera esporádica en el hotel, así que la aparición de cuatro nuevos huéspedes durante el mismo día es algo inusual para El Royale: Seymour ‘Laramie’ Sullivan (Jon Hamm) es un vendedor de aspiradoras, Daniel Flynn (Jeff Bridges) un sacerdote, Darlene Sweet (Cynthia Erivo) una cantante, y Emily Summerspring (Dakota Johnson) una chica hippie. Todos se registran en el hotel por diferentes razones, ya sea buscando su destino, queriendo encontrar una cosa determinada, o escapando de algo que los persigue, y a lo largo de la película vamos a ir conociendo quiénes son y cómo algunos de ellos esconden una identidad distinta a la que intentan proyectar.

La presencia del padre Flynn alarma al encargado del hotel, un nervioso joven llamado Miles Miller (Lewis Pullman), quien conoce los oscuros secretos que esconde el recinto y considera que es demasiado peligroso para él. Pero sus advertencias son ignoradas por el sacerdote, que demuestra una especial determinación por quedarse en el lugar. Una vez que los personajes se conocen en el lobby, la película va mostrando una por una sus respectivas habitaciones, centrándose en cada uno de los huéspedes para que a través de recursos narrativos como los flashbacks descubramos por qué están en ese lugar. La posibilidad de poder ver lo que ocurre en las habitaciones es facilitada también por un elemento presente en la misma trama de la película, que apunta a ese voyerismo que Goddard había explorado en su anterior película.

Con un puñado de personajes cuyas verdaderas motivaciones y límites morales mantienen en secreto entre sí, Bad Times at the El Royale hace recordar a The Hateful Eight (2015) de Quentin Tarantino, donde el aislamiento de los personajes también funciona como caldo de cultivo para el conflicto. Y no es el único trabajo de ese director respecto del cual se nota una influencia, ya que la utilización de canciones pop/rock, la división del relato a través de “capítulos”, o las explosiones de violencia, son otros de los elementos que se encuentran en el resto de su filmografía. La obra incluso se puede vincular a un trabajo de Tarantino que ni siquiera se ha estrenado todavía, como Once Upon a Time in Hollywood, debido a la presencia de sectas en ambas cintas.

No estamos, sin embargo, ante una simple imitación del estilo de aquel director, como las que surgieron en los años 90 y 2000 luego del estreno de Pulp Fiction (1994), sino que una muestra de la influencia que Tarantino puede llegar a tener en otros de sus colegas. Tanto Goddard como él comparten, además, una incilnación por los guiños a otras obras y jugar con los géneros cinematográficos, así que ese tipo de referencias resulta coherente con su forma de hacer películas. Si hay algo que los separa, es esa visión que tiene Tarantino para abordar sus proyectos, la que demuestra ciertas decisiones de corte visceral, que obedecen a la intuición, al instinto, mientras que el enfoque de Goddard parece ser más racional, una cuestión que diferencia a las obras buenas de las sobresalientes.

Aunque posee un par elementos de los cuales podría haber prescindido, sobre todo con su duración de casi dos horas y media, Bad Times at the El Royale es en términos generales una cinta bien hecha, donde sus partes están eficientemente planeadas y su desarrollo tiene una ejecución acertada. El guion de Goddard escoge con ingenio la forma en que va revelando la información, corriendo diferentes velos a lo largo del metraje para mostrar lo que se esconde detrás, y determinando qué datos prefiere mantener en reserva. La tensión que genera el relato depende de este ejercicio, manteniendo al espectador pendiente de qué cosas se mostrarán después y, durante su último tercio, enfrentando a sus protagonistas a un importante peligro.

Chris Hemsworth aparece en todo el material promocional de la película, ocupando casi siempre el centro de atención, pero su personaje, Billy Lee, solo tiene un rol preponderante durante el último tercio del metraje. Se trata del carismático líder de una secta que llega al hotel en busca de dos personajes, y su aparición implica un notorio cambio en el desarrollo de la trama, pasando a controlar los hechos que ocurren durante los minutos siguientes. Una vez que llega al lugar, se apodera de la película dominando cada escena, lo que le entrega al actor la oportunidad de cultivar una personalidad estrafalaria (que a veces llega a ser algo forzada) con la que busca conquistar a la cámara.

Las revelaciones del guion no solo tienen como objetivo mantener en movimiento a este thriller, sino también presentar datos acerca de sus personajes que muestren quiénes realmente son dentro de su esfera más personal. A medida que avanza la película, Darlene va adquiriendo un claro protagonismo, gracias al peso emocional que demuestra. La actriz Cynthia Erivo complementa su interpretación con un gran talento como cantante, el que desarrolló durante años trabajando en musicales, siendo uno de los grandes momentos de la película aquella escena donde canta “You Can’t Hurry Love”. Jeff Bridges también brilla con su respectivo personaje, el que va mostrando una conmovedora vulnerabilidad, sobre todo en una escena que ocurre en los minutos finales de la cinta.

Mientras The Hateful Eight presentaba un mordaz nihilismo, no se puede decir lo mismo de Bad Times at the El Royale, que en sus momentos claves opta por una sincera cuota de humanidad. Cuestiones como el bien y el mal, y la existencia de algo superior que nos ayude a diferenciarlas, se encuentran esparcidas a lo largo de la obra, y le dan algo de sustancia a un relato que podría haberse limitado solo a ser un ejercicio narrativo vacío.

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