mid90s (2018)

mid90s-posterCon dos nominaciones a los premios Óscar y varias películas exitosas, resulta extraño enterarse que la primera opción de Jonah Hill para entrar a la industria del cine no era la actuación, sino que escribir y dirigir sus propias cintas. Tras 15 años de carrera, finalmente pudo cumplir con ese objetivo, lo que además genera mayores expectativas que en el caso de otros actores que deciden probar suerte como directores. Mientras los demás intérpretes dan ese paso como un paréntesis dentro de sus carreras, pudiendo volver a su trabajo como actores con total normalidad, ya que ese es su principal oficio, que Hill vea esto como su gran sueño le otorga mayor importancia a la decisión que un simple cambio transitorio.

No debe ser fácil asumir la labor de director luego de estar tanto tiempo acostumbrado a una parte distinta del proceso cinematográfico. Es por eso que con mid90s, su largometraje debut, Hill opta por la estrategia de crear una historia que tenga una clara conexión personal con su propia vida, ambientando el relato en una época familiar para él, como la década de los 90, y ubicando a los personajes dentro de una actividad que él mismo practicó durante su juventud, como el skate. Sin ser una película autobiográfica, ya que la experiencia y entorno del protagonista no coinciden con los de Hill, si hay un vínculo al menos espiritual con la adolescencia que tuvo en Los Ángeles en aquellos años, buscando capturar la atmósfera de dicho periodo.

Hill no creció, por ejemplo, en un hogar de clase media-baja como su protagonista, Stevie (Sunny Suljic). Tampoco fue hijo de una madre soltera (Katherine Waterston), ni sufrió el trato abusivo de su hermano mayor (Lucas Hedges). Lo que si comparten es el amor por el skate, deporte al que Stevie llega como una manera de escapar de los problemas que hay en su hogar, y en el que encuentra esa aceptación que tanto anhela. Su primer encuentro es casual, ya que ve a un grupo de adolescentes en la calle y decide acercarse poco a poco a ellos, logrando que lo admitan como un miembro más. El grupo está compuesto por Ruben (Gio Galicia), el más joven, quien ve la llegada de Stevie como algo positivo al principio, pero que va experimentando algunos celos a medida que se integra a su dinámica; Fourth Grade (Ryder McLaughlin), un joven callado que se dedica a filmar los trucos de sus amigos; Fuckshit (Olan Prenatt), quien tiene una personalidad extrovertida y despreocupada; y Ray (Na-kel Smith), el que demuestra una mayor madurez y tiene más claro aquello que quiere lograr en la vida.

La columna vertebral de la cinta es la relación que el protagonista crea con este grupo de skaters, a través de escenas que se esfuerzan por mostrar las interacciones entre los personajes, en momentos de carácter cotidiano, más que en hacer avanzar una trama determinada. Stevie demuestra una gran admiración por estos adolescentes y lo que hacen, ya que personifican una cualidad fundamental de la juventud de aquella época: ser cool. Durante los primeros minutos de la película lo vemos entrar a la habitación de su hermano, para examinar sus cosas y aprender de ellas, para alimentar esa aspiración de convertirse en alguien más valioso. Sin embargo, su entusiasmo no es correspondido por su hermano mayor, quien reacciona con indiferencia o con violencia contra él, así que cambia su foco de atención hacia este nuevo grupo, siendo Ray quien pasa a ocupar ese rol.

Como una manera de capturar el espíritu de esos años, mid90s fue filmada con una película de 16 mm, lo que le otorga una textura granulada a la imagen, y empleando una relación de aspecto más cuadrada de lo habitual, de 4:3, creando un resultado retro. Una de las cosas que parece querer emular es la estética de los videos de skate creados en esa década, los que si bien eran filmados en video, y no en película, también contaban con una apariencia similar, no muy cristalina, pero capaz de crear una sensación de inmediatez y cercanía. La autenticidad era una de las características que Hill quería alcanzar, y para eso las herramientas visuales se convirtieron en una gran ayuda.

El reparto de la película también fue importante para alcanzar esa cuota de credibilidad, ya que si bien Suljic, Waterston y Hedges son actores con carreras conocidas, los skaters que el protagonista conoce son interpretados por jóvenes sin mayor experiencia actoral. El tipo de actuaciones que predomina en la obra contribuye a la atmósfera naturalista de esta, entregando un resultado que tiene una apariencia espontánea, casi improvisada, como si estuviésemos viendo la vida misma de estas personas frente a nuestros ojos. Tiene sentido que, si un actor pasa a desempeñar la labor de director, ese elemento de sus películas sea bueno, ya que se trata de algo que conocen, pero nunca está de más destacarlo cuando está bien hecho. Y en el caso de esta cinta el objetivo buscado no era recurrir a unas interpretaciones vistosas ni excesivamente dramáticas, sino que a unas más sobrias, más sencillas, que coincidieran con el tipo de historia que es contada.

En los diálogos también hay muestras de la autenticidad a la que aspira la obra, ya que el guion no teme ocupar términos que en la actualidad resultan moralmente cuestionables, pero que en esa década eran habituales entre los jóvenes. Lo mismo se puede ver en ciertas situaciones narradas, como el consumo del alcohol y las drogas, sobre todo respecto del protagonista, que representa una edad mucho menor al resto. Esa aproximación sin demasiados filtros respecto de los adolescentes hace recordar a la película Kids (1995) de Larry Clark, una comparación casi ineludible al momento de hablar de esta cinta, sobre todo si consideramos que el propio Harmony Korine -que escribió el guion de esa obra- tiene un cameo en mid90s. La diferencia, sin embargo, es que mientras en Kids hay un esfuerzo demasiado evidente por ser chocante y generar controversia, en la película de Hill los temas son tratados con más tacto, sin ese sensacionalismo.

Aunque el guion de Hill plantea ideas interesantes respecto de la familia de Stevie, ese entorno no es explorado con la suficiente profundidad que merece. No hay, por ejemplo, un desarrollo demasiado acabado sobre la personalidad de su hermano, que demuestra una intensa rabia contenida, una angustia adolescente muy característica de los años 90, la misma que permitió en esa década el surgimiento de un género musical como el nu metal. Tampoco se puede ver algo más elaborado en el caso del vínculo entre el protagonista y su madre, que se desenvuelve por un camino ya conocido. La ambigüedad no es algo malo, pero en el caso de esta cinta se acerca más a una falta de afinamiento que a una decisión consciente.

La cinta tiene una duración compacta, de solo 85 minutos, y durante el último tercio introduce ciertos elementos dramáticos de manera algo apresurada, para poder resolverlos y generar una conclusión de su historia. Durante estos minutos finales se nota que estamos ante el primer largometraje de Hill como guionista, ya que se asoman las costuras de la obra, pero son problemas que se pueden llegar a perdonar. A pesar de esos puntos bajos, estamos ante una buena película, aunque no se encuentre al nivel de Eighth Grade (2018), otra película debut que gira en torno a un personaje adolescente, que demuestra un control del relato y unas sutilezas que mid90s no llega a alcanzar.

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