Beoning (2018)

burning-posterLa película surcoreana Beoning (Burning) no es una película convencional. Basada en el cuento Quemar graneros del escritor japonés Haruki Murakami, la cinta se enfrentaba al desafío de traspasar una historia de poco más de diez páginas a un largometraje que se acerca a las dos horas y media de duración. Y esto lo hace no solo conservando el aire enigmático que transmitía la obra original, sino también fortaleciendo la ambigüedad de ese relato. El director Lee Chang-dong entiende el poder que pueden alcanzar las preguntas cuando no se les adosa una respuesta categórica, que pasan a adquirir una fuerza alimentada por ese carácter críptico.

A lo largo del metraje hay muestras de la predilección de la película por pequeños misterios cotidianos, no muy exorbitantes en cuanto a escala, pero que van construyendo una sutil atmósfera de intriga, como si algo no estuviese del todo bien. Un gato que debe ser alimentado pero que no se deja ver, un pozo que es recordado por algunas personas pero no por otras, un invernadero que fue destruido pero del que no hay rastro alguno, unas llamadas telefónicas silenciosas; todos estos elementos se ubican en un estado de incertidumbre, en aquella línea divisoria que separa lo conocido de lo desconocido, lo real de lo imaginario. La cinta es atravesada por una especie de neblina que va difuminando los contornos de lo que rodea a su protagonista.

Aunque la película es indudablemente misteriosa, categorizarla como un thriller a secas puede resultar poco preciso. Si se trata de un thriller, entonces es uno de desarrollo lento, donde los aspectos más característicos del género surgen solo durante el último tercio de la obra. Sus primeros dos tercios se asemejan más a un drama, que gira en torno a Jong-su (Yoo Ah-in), un aspirante a escritor que lleva una vida algo apática, con trabajos no muy bien remunerados y sin demasiadas expectativas sobre su propio futuro. Un día se encuentra con Hae-mi (Jeon Jong-seo), una joven que conoció durante su infancia y que tiene aspiraciones de convertirse en actriz. Ambos personajes congenian y terminan teniendo sexo, pero la relación que se estaba formando entre ellos es interrumpida por el viaje de Hae-mi a África, quien regresa semanas después al país junto a Ben (Steven Yeun), un refinado hombre que demuestra tener mucho dinero.

La dinámica que se produce entre los personajes tiene diferentes aristas, representadas por las ideas o sentimientos que cada uno de ellos provoca en el otro. Mientras el protagonista demuestra una genuina inclinación por Hae-mi, Ben la ve con una cierta desconexión sentimental, con una mirada que se asemeja más a una fascinación intelectual por la joven. Hae-mi, por su parte, parece vivir en su propio mundo, ensimismada en una búsqueda del sentido de la vida, en un viaje del cual quiere hacer partícipes a los dos hombres. No vemos muestras de afecto entre Ben y Hae-mi, pero del contexto se infiere que son pareja, una situación que se complica aun más cuando invitan al protagonista a sus actividades, quien es el único que transmite incomodidad al estar dentro de ese entorno.

Si bien Jong-su no tiene razones más concretas que los celos para rechazar a Ben, hay algo en su presencia que lo hace sospechar de él desde el primer momento, sensación que también es transmitida a los espectadores. Puede ser el misterioso origen de su fortuna, la tranquilidad que demuestra en todo momento, o simplemente el aura que lo rodea, pero cualquiera sea el motivo, el personaje es capaz de provocar una sensación de intranquilidad. Este presentimiento es confirmado en parte cuando Ben le revela algo al protagonista, un inusual hobby que realiza de vez en cuando, que consiste en incendiar invernaderos. La confidencia, aunque dice relación con algo ilegal, no es completamente escandalosa, pero es suficiente para hacer que la película entre en el terreno del thriller, llegando a instalar la idea de que podría ocultar algo más.

El magnetismo que genera Ben se debe, entre otras cosas, a la actuación de Steven Yeun, quien es capaz de darle al personaje un aire cosmopolita. Al haber desarrollado su carrera principalmente en Estados Unidos, adquirió ciertos manierismos que lo diferencian de los demás intérpretes coreanos que trabajan en la cinta, algo que contribuye a separar a Ben de quienes lo rodean. Como el guion es bastante selectivo con aquello que quiere mostrar o explicar, el lenguaje no verbal de los actores se convierte en una gran herramienta para definir a sus respectivos personajes, y Yeun logra un manejo tal que incluso un bostezo se convierte en algo fascinante. Esto también ocurre en el caso de Yoo Ah-in y Jeon Jong-seo, quienes ayudan a definir las personalidades de los personajes que interpretan a través de varias sutilezas.

La mayoría de los thrillers, cuando presentan un misterio, van avanzando hasta alcanzar su resolución, pero Beoning no es como cualquier thriller. Las respuestas a su enigma, en caso de ser reveladas, no aparecen de forma directa, deletreando aquello que quiere decir. La cinta prefiere sugerir lo que se esconde detrás de la cortina en vez de mostrarlo explícitamente, lo que resulta coherente con el compromiso que tiene por la ambigüedad. Al acercarse al final, por lo tanto, los misterios no son completamente solucionados, sino más bien modificados, dando paso a otras preguntas. Si hubiese que comparar esto con una película occidental podríamos nombrar a Zodiac (2007) de David Fincher, pero incluso al lado de ella el director Lee Chang-dong logra algo más brumoso.

A pesar de esta imprecisión voluntaria que ocupa para abordar sus enigmas, la película no se convierte en algo indescifrable. Su lirismo, que hace privilegiar las sensaciones y emociones por sobre lo cerebral, nos permite entender a grandes rasgos la dirección en la que se dirige su historia y lo que nos quiere transmitir el relato. Además, la obra cuenta con una interesante dimensión sociocultural, a través de la cual explora algunos temas que forman parte de la sociedad coreana, como las aspiraciones económicas, el materialismo, la superficialidad, las diferencias sociales, entre otras. Todo esto le va otorgando una rica caracterización a la cinta, que transforma a la historia en algo multidimensional.

Lee Chang-dong opta por una forma determinada de hacer las cosas, que funciona con reglas propias, y si bien ese tipo de camino puede atraer presiones externas que busquen ajustar esa visión a una más convencional, el director no cede ante ellas. Beoning ocupa un ritmo pausado y una manera de contar su historia que exige compromiso y una especial atención por parte del espectador, quienes en caso de aceptar esa invitación obtendrán una experiencia gratificante. Las decisiones artísticas que adopta el director están llenas de confianza, no reflejan dudas en su implementación, permitiendo un relato coherente consigo mismo.

De las diferencias que existe entre el cuento de Murakami y esta adaptación cinematográfica, la más notoria es el final, que opera como un brutal broche para una obra que hasta entonces se había desenvuelto con gracia. Aunque el contraste es notorio, la diferencia no se convierte en algo negativo, debido a la magistral forma en que este desenlace es representado. Desde un punto de vista técnico, la secuencia es sobresaliente, gracias a un complejo plano que muestra de forma ininterrumpida lo que ocurre, y al mismo tiempo demuestra una emocionalidad salvaje, visceral, que se siente como la culminación adecuada de una tensa y particular espera.

2 pensamientos en “Beoning (2018)

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