Suspiria (2018)

Suspiria-posterEl cambio de tono que se produce entre Call Me by Your Name (2017), la anterior película de Luca Guadagnino, y Suspiria, su nuevo estreno, es evidente. El entorno soleado del norte de Italia, que evoca una atmósfera idílica y de ensueño, es reemplazado por la fría Berlín de fines de los años 70, donde se extiende un aire opresivo, estremecedor. La combinación entre pasión y arte es un aspecto común entre ambas obras, pero mientras en la primera se trata de algo sensible y seductor, en esta nueva cinta es una pasión que esconde un fin siniestro. En las dos películas el director demuestra su talento para crear sensaciones sugerentes, aunque el objetivo que en uno y otro caso pretende es muy diferente.

Basada en la película italiana homónima que Dario Argento estrenó en 1977, esta nueva versión tenía el gran desafío de abordar un verdadero ícono del cine de terror, el que además posee una inconfundible estética. En vez de imitar el estilo de aquella obra, Guadagnino prefiere aplicar su propia visión al material de origen, tomando como punto de partida la premisa de su guion, pero construyendo a partir de ahí algo propio. Esto no quiere decir que se olvide completamente de la película de Argento, ya que la valora como su principal fuente de inspiración, pero tiene la destreza de no dejarse apresar por una excesiva idolatría que se convierta en una camisa de fuerza. De esta manera, hay ocasiones en las que hace guiños directos a la cinta original, como un cameo de Jessica Harper, su actriz protagónica, y otras veces expande los límites de esa historia.

La premisa que la película ocupa como base es la llegada de una joven estadounidense llamada Susie Bannion (Dakota Johnson) a la Academia de Danza Tanz, en Berlín. Aunque no posee estudios formales de esa disciplina, logra ser admitida en la escuela luego de una exitosa audición en la que llama la atención de Madame Blanc (Tilda Swinton), directora del establecimiento. La protagonista llega incluso a obtener el papel central de una presentación que está preparando la academia, una obra titulada “Volk”. Sin embargo, no todo es lo que parece en esta escuela, ya que detrás de su fachada se esconde un clan de brujas que rinde culto a tres “madres” inmemoriales, ocupando a sus alumnas como sujetos de sus rituales.

Mientras en la cinta de Argento esta revelación ocurre en la segunda mitad del metraje, el hecho de que la academia sea controlada por un grupo de brujas es presentado antes en la versión de Guadagnino. Así, la tensión presente en la obra no depende del misterio acerca de lo que ocurre realmente en esta escuela, sino que en aquello que sus instructoras quieren lograr y el peligro al que está expuesta la protagonista. El guion escrito por David Kajganich, que había colaborado anteriormente con el director en A Bigger Splash (2015), introduce también adiciones significativas a la trama, como la historia de un psiquiatra que decide investigar lo que ocurre dentro de la academia, y elementos del contexto político que atravesaba Alemania durante esos años.

La historia está ambientada en el mismo año en que se estrenó la cinta de Argento, durante una época conocida como “Otoño alemán”. El país europeo, en aquel tiempo dividido en dos facciones por el Muro de Berlín, atravesaba una violenta situación debido al actuar de la Fracción del Ejército Rojo, que realizó varios atentados, y del Frente Popular para la Liberación de Palestina, que secuestró un avión de la aerolínea Lufthansa. A lo largo del metraje se van entregando muestras del tenso clima que se vivía en la nación, lo que, si bien no tiene una relación directa con el núcleo de la trama, permite potenciar la atmósfera de intranquilidad presente en la obra. La película también recurre a las décadas anteriores de Alemania, específicamente al nazismo, para crear un vínculo al menos espiritual entre los horrores sobrenaturales e históricos referenciados en la película.

Debido a estas adiciones incorporadas por el guion, y al ritmo pausado con el que Guadagnino narra el relato, Suspiria alcanza las dos horas y media de duración, una hora más que la cinta en la que está basada. Pese a ser una extensión considerable, sobre todo para una película que busca incomodar al espectador, no sentí que el paso del tiempo se convirtiera en algo tedioso, ya que sabía de antemano lo larga que iba a ser, y además la trama está estructurada sobre seis episodios y un epílogo, algo que la misma cinta avisa durante los primeros minutos y que permite llevar cuenta de lo que ha avanzado.

Que el mundo donde transcurre la película se sienta creíble también contribuye a que la duración de la obra no sea un impedimento para verla. Aspectos como el diseño de producción de una cinta son por lo general destacados en trabajos donde se recurre a un estilo suntuoso o de gran escala, pero en esta obra son los pequeños detalles los que más llaman la atención. La película posee una cualidad “tangible”, donde la textura de los materiales y la paleta de colores utilizada permiten ubicar sus escenas en un determinado tiempo y lugar. En vez de recurrir a una estética kitsch o sobrecargada, que apele a clichés de los años 70, presenta una apariencia más sutil, donde el efecto de verosimilitud es logrado gracias a factores menos obvios.

Mientras Argento empleaba un estilo visual recargado, con colores que saltaban de la pantalla, a través de los decorados, la iluminación de las escenas y hasta de la propia sangre, en esta versión de Suspiria la estética sigue un camino distinto, privilegiando los tonos más apagados y ocupando de vez en cuando el rojo para crear contraste.  El director de fotografía Sayombhu Mukdeeprom ocupa varias técnicas setenteras para crear la ilusión de que estamos ante una cinta de esa época, como utilizar una película de 35 mm para filmarla, o recurrir a diferentes zooms, una herramienta que no es nada habitual en el cine actual. En vez de que esos métodos se sientan como una mera copia del estilo de aquella década, el resultado es efectivo.

Así como el tipo de baile practicado en la academia Tanz, de movimientos enérgicos y una actitud visceral, la cinta de Guadagnino es osada y recurre a sus propias reglas. Quienes la vean esperando encontrar una película de terror convencional quedarán decepcionados, porque en vez de utilizar estruendos y apariciones repentinas, su estrategia consiste en inquietar de forma lenta al espectador. Aunque la obra tiene una gran escena donde a través del montaje paralelo se muestra a Susie bailando y al mismo tiempo a otra joven sufriendo los movimientos involuntarios de su cuerpo, el que se contorsiona de maneras grotescas, son pocas las escenas de este tipo en la película, la que prefiere provocar un miedo más abstracto.

Las brujas, como idea, surgieron hace varios siglos para justificar la reacción negativa que provocaban aquellas mujeres que vivían fuera de los márgenes de la sociedad, de forma autónoma, y con una conexión hacia ellas mismas y hacia la naturaleza. Esa dimensión de género está presenta en la cinta, que tiene un reparto casi exclusivamente conformados por actrices, y temáticamente está representado por el concepto de maternidad, presente en el relato tanto en su vertiente biológica (con la madre moribunda de Susie que vemos al comienzo) y adoptiva (por el vínculo que se va formando entre la protagonista y Madame Blanc). Más que una cinta alentadora, que represente a las mujeres como personas infalibles, Suspiria las muestra como individuos complejos, tan poderosos como violentos.

Tilda Swinton personifica esa visión a través de su trabajo en la película, que la lleva a interpretar tres roles distintos. Uno de ellos es el psiquiatra Josef Klemperer, lo que logra con la ayuda de una impresionante labor de los encargados de maquillaje. Su presencia casi alienígena, difícil de categorizar, la convierten en la actriz ideal para una cinta de este tipo, donde ambigüedad y enigma son sus grandes pilares. Como Madame Blanc, Swinton refleja el aura de la academia donde transcurre la historia, una sensación de que algo no está del todo bien, y que detrás de esa máscara esconde unos secretos perturbadores.

Además de las ideas ligadas a la maternidad, la película recurre a la noción de identidad y duplicidad, lo que representa de manera visual a través de imágenes de espejos. No todos los elementos presentes en la obra son fáciles de entender, y puede que haya algunos que ni siquiera se entiendan después de verla varias veces, pero esa ambigüedad no termina siendo algo negativo ya que permite agrandar al aire enigmático de la cinta. Encasillar los temas presentes en una obra artística, diseccionándola hasta convertirla en un ser inerte, se ha convertido en una lamentable tendencia durante el último tiempo, siendo una conducta que desconoce la capacidad de esos trabajos para apelar no al cerebro de los espectadores, sino que a algo más profundo, como ocurre en este caso.

Son varios los elementos que ayudan a Guadagnino a crear la poderosa atmósfera de la obra, sobre todo la banda sonora de Thom Yorke, vocalista de Radiohead. Este es el primer trabajo de Yorke como compositor de un largometraje de ficción, un paso que da luego de que el guitarrista de esa banda, Jonny Greenwood, trabajara en las cintas más recientes del director Paul Thomas Anderson. Su música captura el aire inquietante de la película, el que acompaña con melodías de extraña belleza, combinando esas dos ideas que, a priori, podrían parecer opuestas entre sí.

Hay que admitir que, ante obras tan particulares como esta, la predisposición del espectador es esencial, y tuve la suerte de ser hipnotizado por lo que la película quería lograr. De vez cuando aparecen cintas que sin pedir permiso aspiran a llegar al Panteón del cine, a ese lugar donde están los títulos inmortales del séptimo arte, lo que pretenden con una mezcla de audacia y mérito artístico. No son películas que se conforman solo con ser buenas, sino que quieren lograr algo más. Es como ver los primeros minutos de There Will Be Blood (2007), donde el personaje de Daniel Day-Lewis lucha contra la naturaleza de forma silenciosa, sin decir una palabra, en una secuencia que nos demuestra que estamos ante una obra superior.

Algo parecido me pasó mientras veía Suspiria, ya que, con cada decisión tomada por su director, con cada elemento que reforzaba su visión y evitaba sucumbir a la presión de lo corriente, más me iba sumergiendo en ella. Ese efecto, sin embargo, se interrumpió en el clímax de la cinta, donde además de optar por una explosión de delirio y salvajismo -algo que en por si solo no me pareció negativo, dado que la obra se había ganado el derecho a intentar algo tan estrafalario-, revela algo acerca de la protagonista que no solo es difícil de comprender en términos de la lógica interna del relato, sino que además crea un desenlace algo arbitrario y no tan potente como uno esperaba. Sigue siendo una buena película, muy buena de hecho, pero no deja de ser frustrante que haya estado tan cerca de dar ese paso decisivo y finalmente no pudo hacerlo.

2 pensamientos en “Suspiria (2018)

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