Vice (2018)

Vice-posterEl 11 de septiembre de 2001, mientras ocurrían los ataques a las Torres Gemelas en Estados Unidos, el presidente George W. Bush se encontraba en una visita a una escuela primaria en Sarasota, Florida. La imagen de Bush recibiendo la información de los ataques de parte de su Jefe de Gabinete, en medio de la lectura de un libro infantil, y continuando sentado hasta que la actividad finalizara, se hizo famosa. Pero cuando todo eso pasaba, y el país se encontraba en un estado de terror e incertidumbre, había alguien en la Casa Blanca que sin titubear asumió el liderazgo y comenzó a tomar algunas medidas que eran de facultad exclusiva de Bush, su vicepresidente Dick Cheney. En vez de ser un hecho inesperado que lo obligó a actuar, parecía en realidad solo una excusa para algo que Cheney deseaba hace tiempo.

Aunque la figura del vicepresidente ha sido vista en Estados Unidos tradicionalmente como un cargo más dotado de importancia simbólica que de verdadero poder, Cheney dio vuelta esa suposición y se convirtió en una de las principales voces dentro de la Casa Blanca, llegando incluso a influir en lo que el propio presidente decidía. Esta voz, sin embargo, la ocupaba a puertas cerradas, cuidando su privacidad y calculando bien sus movimientos, lo que le permitió ascender de forma efectiva por el sistema político de ese país. Uno de sus grandes deseos era implementar una teoría que existe dentro del derecho constitucional estadounidense según la cual el presidente tiene la capacidad para controlar el poder ejecutivo de forma total, casi sin contrapesos. Cheney decide ir un paso más allá y ocupa su propio cargo para gozar de unas atribuciones insospechadas.

Vice (El vicepresidente: Más allá del poder), la nueva película de Adam McKay, muestra la vida adulta de Cheney (Christian Bale), desde que abandonó la universidad Yale por sus problemas con el alcoholismo hasta los años posteriores a su labor como vicepresidente en el gobierno de George W. Bush (Sam Rockwell). Este ascenso, que en otro tipo de historia podría ser visto como un relato acerca de la superación, con un tono optimista, posee un aire siniestro en el caso de este personaje, debido a su profunda ambición y pocos escrúpulos. La carrera de Cheney en la política ha estado íntimamente ligada con el desarrollo de la derecha más conservadora de Estados Unidos, trabajando primero como asistente durante la presidencia de Richard Nixon, apoyando posteriormente la candidatura de Ronald Reagan y asumiendo como congresista durante su gobierno, luego fue Secretario de Defensa de George H.W. Bush, y finalmente se convirtió en presidente del hijo de este, George W.

El cambio que se produce en la vida de Cheney cuando decide entrar en la política es drástico. Antes de hacerlo, su futuro era incierto debido a su falta de aspiraciones, y su presente parecía estar estancado en un trabajo precario. Según la película, habría sido su futura esposa, Lynne (Amy Adams), quien lo convenció a través de un ultimátum, obligándolo a tomarse a si mismo en serio bajo la amenaza de terminar la relación si no lo hacía. Una vez dentro del sistema, nos explica la obra, los aspectos ideológicos eran lo de menos, y su principal foco fue la acumulación de poder motivado por una especie de simple instinto. En una escena incluso le pregunta a su mentor, Donald Rumsfeld (Steve Carell), cuáles son los principios que guían a los Republicanos, porque no los tiene del todo claros. Son esas dos esferas, familia y política, las que se convierten en la base de esta biografía, existiendo una estrecha relación entre ambas.

De forma similar a lo que ocurría con The Big Short (2015), su anterior largometraje, Adam Mckay enfatiza la idea de que estamos ante una película, con técnicas que rompen la cuarta pared, como la narración de un personaje (Jesse Plemons) que le habla directamente a los espectadores. La identidad de ese personaje, y la relación que tiene con la historia contada, no es explicada de inmediato, extendiéndose como un pequeño misterio a lo largo de la película. Cuando finalmente es revelado el vínculo que tiene con el protagonista, vemos que su inclusión dentro de la obra no tiene que ver tanto con la relevancia o peso que posee dentro de la historia, sino más bien con un deseo de reforzar el carácter cómico e irreverente de la cinta.

Adam McKay ha desarrollado una carrera íntimamente ligada con la comedia, trabajando como guionista en Saturday Night Live y dirigiendo películas como Anchorman: The Legend of Ron Burgundy (2004) y Step Brothers (2008). Mientras Peter Farrelly -otro director que ha llamado la atención durante esta temporada de premios con su película Green Book (2018)- dio el paso hacia el cine más “prestigioso” alejándose de sus raíces cómicas, McKay mantuvo esa desobediencia que caracteriza al humor, con proyectos que si bien están basados en hechos reales no tienen miedo de transgredir ciertas reglas para jugar con la realidad. El guion de Vice está repleto de elementos que rompen con el orden y solemnidad que uno esperaría en una película biográfica, relacionándose más con los cortometrajes animados de Looney Tunes que con obras más convencionales.

La película reconoce la presencia de los espectadores y les habla de forma directa, a través de explicaciones acerca de lo que ocurre, el uso de textos en la pantalla y la inserción de imágenes no diegéticas (externas al entorno donde transcurre el relato) para acentuar ciertas ideas o sensaciones. El carácter estrafalario y, a ratos, hiperventilado de Vice, no solo se reflejan en la narración de la película sino también en la forma como se relaciona con su protagonista y su contexto. McKay no esconde para nada la opinión que tiene de Cheney, quien es retratado como el principal responsable de algunos de los grandes problemas de Estados Unidos durante las últimas décadas, desde crímenes de guerra hasta la actual forma en que es vista la política, la misma que permitió la elección de alguien como Donald Trump en la presidencia de ese país.

Como Cheney fue tan despiadado, razona el director, no se puede recurrir a las sutilezas al momento de contar su historia. La película adopta esta visión y es fiel a ella, hasta el punto de que llega a perjudicar a la misma obra. Aún cuando mi ideología es totalmente contraria a la del protagonista, la forma en que es representado peca en ocasiones de unidimensional, ya que el guion tiende a simplificarlo en exceso. Los únicos momentos donde llegamos a ver una muestra de humanidad es en su entorno familiar, donde demuestra el afecto que siente por su esposa y sus hijas. Ser crítico de un personaje no implica reducirlo a un simple monstruo; entender sus motivaciones y forma de pensar, incorporando incluso aspectos que generen empatía en la audiencia, puede ser importante.

Esto además limita la labor de los actores, quienes no pueden profundizar demasiado en los personajes cuando el guion no les entrega el material suficiente. Christian Bale hace un buen trabajo con aquello que tiene a su alcance, destacando sobre todo por la personalidad y manierismos que logra capturar de Cheney, algo que es potenciado también por el cambio físico al que se expuso, subiendo varios kilos y siendo sometido a un impresionante trabajo de maquillaje. Amy Adams también destaca gracias a su interpretación de Lynne Cheney, personaje que es capaz de controlar a un experto en manipular a los demás. Este tipo de rol, que esconde mucho más de lo que aparenta, la permite vincular con un personaje clásico como Lady Macbeth, e incluso con uno que la misma actriz encarnó algunos años antes, Peggy Dodd en la película The Master (2012).

Mientras Bale y Adams le otorgan algo más de seriedad a la obra, los actores secundarios como Steve Carell y Sam Rockwell transitan el camino de la parodia, dando forma a los pasajes más caricaturescos de la cinta. Estas diferencias reflejan los tonos que la película intenta manejar, los que desafortunadamente no logran conectar del todo bien. El montaje de Hank Corwin va saltando entre varios momentos en la vida del protagonista, los que son abordados de distintas maneras, como el surrealismo de una escena donde Cheney y su esposa hablan con diálogos de Shakespeare, el truco de un falso final que ocurre durante la mitad de la película, las imágenes reales del trato vejatorio que sufrieron los prisioneros de guerra a manos de soldados estadounidenses, o las conexiones que la obra hace con personajes actuales de la política de dicho país.

Más allá de lugares comunes como que la invasión de Irak estuvo motivada por el deseo de controlar su petróleo, el punto más interesante que la película hace acerca del protagonista es la instalación de un tipo de discurso que se mantiene hasta el día de hoy. Cambiando los nombres de ciertos conceptos y utilizando el razonamiento de la publicidad para influir sobre los ciudadanos, la derecha ha sido capaz de controlar la forma en que se desarrolla el debate público en la actualidad.

Vice tiene un ritmo ágil, debido en parte a la pirotecnia que ocupa McKay. Su carácter lúdico se puede ver incluso en unos cameos donde actores como Naomi Watts o Alfred Molina interpretan roles acotados que recalcan el carácter satírico, y hasta de farsa, de la cinta. Pero todos esos elementos no siempre son capaces de pegar de la mejor manera entre sí, y por lo general la película se siente medio dispersa y ecléctica. Aunque utiliza un estilo aparatoso, con el objetivo de ser osado, la obra olvida que a veces la sutileza y ambigüedad también pueden ser herramientas arriesgadas.

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