Alita: Battle Angel (2019)

Alita_Battle_Angel-posterLos inicios de Robert Rodriguez como director se convirtieron casi en una leyenda. No solo por su primer largometraje El mariachi (1992), que tuvo una muy buena recibida en el festival de Sundance, sino también por la forma en que lo hizo. Con un presupuesto de solo $7.000 dólares, la producción fue una proeza de la eficiencia económica, y el libro que Rodriguez escribió sobre su experiencia, Rebel Without a Crew, se volvió una referencia obligada para aquellos cineastas que trabajan de manera independiente y con pocos recursos materiales. Desde entonces, el director desarrolló una carrera muy variada, que se extiende desde las cintas de acción infantil como Spy Kids (2001), hasta el estilizado cine negro de Sin City (2005). Sin embargo, en todos estos años nunca había hecho un trabajo tan grande como Alita: Battle Angel (Battle Angel: La última guerrera).

La película fue producida y escrita por nada menos que James Cameron, responsable de las dos cintas que más dinero han recaudado en la historia del cine. Se trata de un proyecto colosal, basado en el manga Gunnm (Battle Angel Alita) de Yukito Kishiro, que Cameron estuvo desarrollando durante más de una década, hasta que su atención se volcó de forma exclusiva en la creación de Avatar (2009). Sin embargo, el guion, que escribió junto a Laeta Kalogridis, estaba terminado, y los avances tecnológicos de los efectos especiales permitían concretar una obra tan ambiciosa desde un punto de vista técnico, así que el rol de director pasó a ser asumido por Rodriguez. Pese a no haberla dirigido, la influencia de Cameron sigue estando sobre la obra, gracias a su mezcla de esplendor visual y sentimiento.

Así como ocurre con las adaptaciones cinematográficas de videojuegos, el manga y el anime tampoco han tenido una transición muy celebrada hacia la industria de Hollywood. Es difícil encontrar el equilibrio entre la fidelidad que se debe tener por el material original y los cambios que resultan necesarios para acercar su estilo a uno de blockbuster estadounidense. Alita: Battle Angel trata de superar ese obstáculo con un especial interés por el mundo donde transcurre la historia, buscando primero que los espectadores se sumerjan en ese entorno para que resulte más fácil aceptar el resto de sus elementos. El elevado presupuesto de la película se nota con un diseño de producción que mezcla componentes físicos y digitales, para crear la ilusión de que estamos en un futuro lejano.

La historia transcurre en el año 2563, en un planeta Tierra que ha sido devastado por una gran guerra, y donde la humanidad está dividida en dos grupos: el sector más privilegiado vive en una ciudad flotante llamada Zalem, mientras que el resto de la población se encuentra en la Ciudad de Hierro, ubicada justo debajo de la primera, proporcionando diversos recursos a dicha urbe y recibiendo sus desechos. Los límites entre ambos lugares son cuidadosamente controlados, y es prácticamente imposible que alguien de la Ciudad de Hierro llegue a Zalem. Mientras explora el depósito de chatarra que se forma con todo lo que cae desde la ciudad flotante, el científico Dyson Ido (Christoph Waltz) encuentra los restos de un androide, que solo conserva su cabeza y parte de su torso. El hombre logra reanimar al androide, cuya apariencia es la de una adolescente, y le proporciona un nuevo cuerpo, bautizándola Alita (Rosa Salazar), el mismo nombre de su hija que falleció unos años atrás.

Ese vínculo paternal se refuerza por la situación en la que se encuentra Alita, quien no logra recordar su pasado y debe aprender a descubrir el extraño mundo en el que ha despertado. La cinta podría haber mostrado solamente la relación que se forma entre ambos personajes, y la manera en que la androide va conociendo su entorno, pero el guion introduce varios elementos más, como un asesino que ataca a mujeres durante la noche, un peligroso deporte que tiene como premio la posibilidad de ingresar a Zalem, un jefe criminal que controla el bajo mundo, unos cazarrecompensas, y un joven que se convierte en el interés romántico de Alita. Todas estas tramas secundarias se van desarrollando con mayor o menor éxito, y el gran número de estas crea la sensación de que se podrían haber hecho tres películas con todas ellas; o, mejor dicho, dos películas y media, ya que la última escena es un cliffhanger que interrumpe la acción y sugiere una secuela.

Entre las piezas que la película duplica del material original se encuentra la apariencia de Alita, que es representada como una joven de ojos enormes, similares al estilo utilizado en el manga y el anime. Su aspecto se logró a través de la captura de movimiento, la misma técnica que Cameron utilizó para crear la raza de los Na’vi en Avatar, y que ahora ha sido mejorado para capturar de mejor manera la actuación que se ocupa como base. El diseño de la protagonista es extraño, acercándose al terreno del valle inquietante debido a la combinación de rasgos físicos exagerados y la utilización de texturas fotorrealistas, pero esa misma sensación de intranquilidad resulta coherente con la naturaleza misma del personaje, que se encuentra en el límite que separa a las máquinas de los seres humanos.

Aunque no siempre funciona su estrategia, hay que respetar el compromiso que la película demuestra con el tipo de obra que está adaptando. Es ese compromiso el que nos permite ver una imagen tan estrafalaria como Christoph Waltz, ganador de dos premios Óscar, empuñando un enorme martillo de combate con propulsión a chorro. Algo similar se siente al ver una escena donde Alita derrama una lágrima y mientras esta cae al suelo la corta por la mitad con su espada. Son cosas que podemos ver habitualmente en un anime y que resultan algo raras cuando son traducidas a una cinta hollywoodense. Si bien la aceptación de ese estilo depende mucho de la disposición de cada espectador, hay algunos elementos que son más difíciles de tolerar, como los diálogos artificiosos y las caracterizaciones simplistas de algunos personajes.

Hay ocasiones en las que incluso los momentos absurdos llegan a tener una cierta trascendencia, como la escena donde Alita ofrece de manera literal su propio corazón a su enamorado. Es una imagen hasta irrisoria, debido a la situación en sí y al hecho de que conoce a la persona hace unos pocos días, pero la honestidad con la que expresa sus sentimientos (mérito de la actriz Rosa Salazar, que le da peso al personaje) refleja muy bien la ingenuidad del espíritu adolescente que la protagonista encarna. La obra es, en el fondo, el viaje de transformación de Alita desde una joven que está conociendo por primera vez el mundo hacia una mujer que toma sus propias decisiones y controla su destino, siendo ese tipo de escenas una manera de reflejar dicho cambio.

Debido a las virtudes que tiene, no puedo equiparar los aspectos ridículos de Alita: Battle Angel con una película como Jupiter Ascending (2015). No estamos ante una cinta que se puede disfrutar solo por lo extravagante que es, ya que posee aspectos legítimamente buenos, que demuestran el talento que está detrás. Las secuencias de acción, por ejemplo, están bien construidas y demuestran una claridad que se ha ido perdiendo dentro de los últimos años en los blockbusters. Eso es algo que el director de fotografía Bill Pope ya había demostrado en su trabajo con Edgar Wright y las hermanas Wachowski, transmitiendo no solo la intensidad de las peleas sino también permitiendo que el espectador pueda seguir lo que está ocurriendo en la pantalla.

El principal problema de la cinta es que su guion no posee esa misma claridad, y en vez de prescindir de cosas que podrían haber sido omitidas, debemos conformarnos con ver un romance que recurre a lugares comunes y que no convence. Mientras eso ocurre, otras tramas secundarias más interesantes, como las desigualdades socioeconómicas que existen entre la Ciudad de Hierro y Zalem, o la situación que ha llevado a las personas a desmembrar y traficar órganos, quedan relegadas.

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