El reino (2018)

El_reino-posterEste año tuvo un auspicioso comienzo para el director español Rodrigo Sorogoyen. Su cortometraje Madre (2017) -que utilizó como base para un largometraje que estrenará más tarde este mismo año- fue nominado a los premios Óscar, mientras que en su país ganó los premios Goya de mejor director y mejor guion (junto a su colaboradora Isabel Peña) por la película El reino, que estuvo también nominada en la categoría de mejor película. Se trata del tercer largometraje que dirige, y el tercero que escribe junto a Peña, siendo la consolidación de una carrera que ya había recibido buenos comentarios por sus trabajos anteriores, Stockholm (2013) y Que Dios nos perdone (2016).

La película parte con un plano secuencia en el que la cámara sigue al protagonista que entra a un restaurante por la puerta trasera, atravesando pasillos y la cocina para terminar en el comedor del local, un momento que tiene rasgos de la famosa escena del Copacabana en Goodfellas (1990). Mientras la película de Martin Scorsese ocupaba la canción “Then He Kissed Me” de The Crystals para resaltar el aire atractivo de la escena, en la que somos testigos de los privilegios que tiene el personaje principal, quien trata de alardear frente a su acompañante y a los espectadores, en El reino suena una animada música electrónica que le da al momento una atmósfera más tensa y opresiva, que nos adelanta el tono que se extenderá a lo largo del metraje.

Pero antes de que todo se salga de control la cinta nos debe presentar a sus personajes. El protagonista es Manuel López-Vidal (Antonio de la Torre), un político que pertenece a un anónimo partido de España, quien tiene un prometedor futuro como figura de su sector. En el restaurante se reúne con otros colegas del partido, incluido José Luis Frías (Josep Maria Pou), una importante figura dentro de la colectividad que considera a Manuel como su sucesor. El ambiente es distendido entre los presentes, quienes se tratan con esa confianza que provocan los años y los secretos compartidos. En este caso, los secretos involucran actos de corrupción que los han beneficiado de manera transversal, y si bien surge preocupación dentro del grupo cuando uno de sus miembros es investigado por su conducta ilícita, el protagonista confía en que será un escándalo pasajero y acotado. El verdadero problema surge cuando el propio Manuel se convierte en el blanco de la justicia.

Ambientada una década atrás aproximadamente, la cinta ocupó como una de sus inspiraciones el denominado caso Gürtel, al igual que el caso Bárcenas, los que involucraron a políticos del Partido Popular. El guion de Sorogoyen y Peña, sin embargo, no utiliza referencias directas a ese ni a otros partidos de España, con tal de construir una historia que muestre a la corrupción como algo general, no exclusivo de un determinado sector político. La trama presenta aspectos propios del sistema político español, como los gobiernos de las comunidades autónomas, y algunos de sus detalles y guiños solo serán comprendidos por los habitantes de aquel país, pero eso no impide que quienes no estamos familiarizados con dichas instituciones podamos entender lo que ocurre, ni tampoco es ese el principal foco del relato.

Aunque los actos de corrupción a los que se hace referencia en la película implican planes complejos, que requieren la labor de un contador y la existencia de cuentas bancarias en el extranjero, la atención de la obra se encuentra sobre los aspectos más viscerales y básicos relacionados con esos delitos. Cuando la película comienza, esos actos ya se cometieron hace algunos años, así que la narración se centra en los efectos de su revelación. Atrás quedan las preparaciones y los sistemas diseñados para cometer las defraudaciones, ya que cuando el protagonista se ve expuesto a la opinión pública y a la investigación penal, la meticulosidad da al paso a la desesperación, transformando cualquier opción disponible en un mecanismo válido para poder sobrevivir.

A través del montaje de Alberto del Campo, la fotografía de Alejandro de Pablo, y la banda sonora de Olivier Arson, el director busca transmitir el aire agitado del protagonista, dando forma a un relato que avanza a paso firme, con un ritmo que solo decae un poco durante el segundo tercio del metraje. Manuel se mantiene en constante movimiento, pasando de llamadas telefónicas a conversaciones en oficinas y viajes en automóvil, tratando de controlar el desastre que se está desplegando. Abandonado por aquellos que consideraba sus amigos, y agobiado constantemente por la mirada de quienes lo rodean, ya sea policías encubiertos, secuaces de sus colegas, o gente común y corriente, las acciones del protagonista no parecen tener más efectividad que los simples manotazos de un ahogado.

Este enfoque más visceral del relato permite que El reino emplee uno de los elementos con los que cuenta el cine como medio narrativo, que consiste en poner a los espectadores en los zapatos de otra persona. Si bien el protagonista es alguien que ha cometido delitos y está siendo investigado precisamente para que pague por esa conducta, igual compartimos su ansiedad y vemos con atención sus intentos por escapar de ese destino. No es que el guion busque justificar a Manuel, pero si permite mostrar su lado más vulnerable, humanizando a un personaje que podría haber caído fácilmente en un planteamiento más simplista.

La principal justificación que utiliza el protagonista para explicar su conducta es el bienestar de su familia, y la propia película plantea que los actos deshonestos como la corrupción puede obedecer a algo que forma parte de nuestra sociedad. En una escena, por ejemplo, se muestra cómo una persona anónima se queda con el vuelto de más que recibe en un local comercial, sin comunicar el error de quien le entregó el dinero. Así, el actuar de Manuel es vinculado a ese acto de corte cotidiano, existiendo aparentemente solo una diferencia de escala entre ambos. Aunque no es una escena demasiado sutil, cumple con su objetivo de interpelar a la audiencia y plantear un dilema interesante.

El pecado de Manuel, sin embargo, no solo consiste en haber cometido esos delitos, sino también en creer que no hay algo demasiado grave en ellos. Debido a su constante ir y venir, que lo mantiene siempre en movimiento, el personaje no es capaz de detenerse y reflexionar acerca de lo que ha hecho. Sus intentos por justificarlo a través de su familia resultan poco convincentes, y en su actuar se nota una arrogancia que impide ver cualquier tipo de arrepentimiento. El sufrimiento que experimenta no surge de los hechos de corrupción que cometió, sino que de la desdicha de haber sido descubierto. El punto es recalcado en los últimos minutos del metraje, cuando el protagonista es confrontado de manera directa por su hipocresía.

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