If Beale Street Could Talk (2018)

If_Beale_Street_Could_Talk-posterGracias a la película I Am Not Your Negro (2016) pude conocer a James Baldwin, uno de los intelectuales afroamericanos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Dado que su obra no ha sido muy traducida al español, cintas como esa permiten que su pensamiento sea presentado a un nuevo público. En aquel documental-ensayo somos testigos de la elocuencia de Baldwin, un escritor que era capaz de explicar muy bien sus críticas y cuestionamientos acerca de la sociedad a la que pertenecía, y al mismo tiempo de dotar esos comentarios de un contexto humano, personal. Esa doble dimensión se puede notar no solo en sus obras de no ficción, sino también en su labor como novelista.

A la poca difusión de sus escritos en el idioma español se suma también lo difícil que ha sido llevar su obra a la pantalla grande, ya que sus herederos han sido bastante protectores de su legado literario. De esta manera, la cinta If Beale Street Could Talk, basada en la novela del mismo nombre, se convirtió en la primera adaptación cinematográfica de una de sus novelas en inglés -anteriormente, el director francés Robert Guédiguian estrenó À la place du cœur (1998), basada en la misma novela, mientras que en Estados Unidos la película para televisión de 1984 Go Tell It on the Mountain se basó en la primera novela publicada por Baldwin. El encargado de realizar esta nueva adaptación fue Barry Jenkins, cuya obra Moonlight (2016) recibió el premio Óscar a la mejor película hace un par de años.

La historia narrada en If Beale Street Could Talk sirve como un buen ejemplo de la doble dimensión presente en la obra de Baldwin, mostrando por una parte las conexiones humanas que se forman entre sus personajes, dotadas de cercanía e intimidad, y por otra las circunstancias socioculturales dentro de las cuales ellos están insertos, las que tienen una enorme influencia sobre sus vidas. Aspectos como la raza de los personajes o el barrio donde viven no son triviales, convirtiéndose en elementos inseparables de ellos mismos y de las cosas que les ocurren. El libre albedrío se ve trastocado dentro de este entorno, donde las condiciones que los rodean pasan a adquirir una fuerza que recuerda al rol que ocupaba el destino dentro de las tragedias griegas.

Al centro de este relato se encuentran Tish (KiKi Layne) y Fonny (Stephan James), una pareja de jóvenes que vive en Harlem, Nueva York, durante los años 70. Ambos se conocen desde que eran solo unos niños, y con el paso del tiempo su inocente amistad se convirtió en amor. La relación entre los protagonistas los ha llevado a querer vivir juntos, pero sus planes de una vida en común son interrumpidos de manera repentina cuando Fonny es acusado de violación, un crimen que él no cometió. Aunque la evidencia apunta a su inocencia, esto no es suficiente para sacarlo de la cárcel mientras dura el juicio, un procedimiento que parece no terminar nunca. Tish, quien además está embarazada de su novio, intentará junto a su familia buscar la forma de que Fonny recupere la libertad.

Debido a su narración no lineal, la película va combinando las escenas posteriores a la encarcelación de Fonny con recuerdos de la relación que tenía con Tish antes de todo eso. Este tipo de estructura le quita algo de misterio a la historia, ya que vemos en la segunda escena que el personaje se encuentra tras las rejas, pero le entrega una mayor sensación de tragedia a lo ocurrido. Las escenas donde la pareja aparece feliz, preocupados solo de los planes que tienen a futuro, adquieren un tono melancólico al saber lo que ocurrirá después. No todas las secuencias pueden ser consideradas como “útiles” para la trama, al no ser imprescindibles para que esta avance, pero van dando forma a los personajes y a su entorno, creando una obra que depende más de estados de ánimo que de una sucesión de hechos.

Así como lo hizo en Moonlight, el director aprovecha el lenguaje cinematográfico para transmitir sensaciones e instalar una atmósfera determinada. En esta obra vuelve a colaborar con algunos artistas que participaron en su anterior largometraje, como el director de fotografía James Laxton, que maneja muy bien el uso de colores y la iluminación, o el compositor Nicholas Britell, que creó una banda sonora tan bella como evocadora, de una finura que hace recordar el gran trabajo de Carter Burwell en Carol (2015). Jenkins toma estos elementos y construye una obra que puede ser descrita con términos generalmente utilizados en otras disciplinas, como lírica, debido a su capacidad para transmitir sensibilidades ligadas a lo poético; expresionista, por la manera en que expresa emociones; o impresionista, al capturar la esquiva esencia de algún instante pasajero.

Las virtudes estéticas de la película no impiden que If Beale Street Could Talk desarrolle su faceta más humana. No estamos ante una obra que solo sea un lindo envoltorio. Hay en esta cinta una visión sensible, comprensiva, que se puede notar en el comportamiento de la familia de Tish, sobre todo de su madre Sharon (Regina King), o en la forma en que es representada la víctima de violación cuyo testimonio contribuyó al encarcelamiento de Fonny. La película y sus personajes no cuestionan que la mujer, Victoria (Emily Rios), haya sufrido esa agresión sexual, sino la plausibilidad de que el autor sea Fonny, y esto lo hace con un muy necesario tacto. La escena en la que Sharon viaja a Puerto Rico para hablar con la mujer y pedirle que ayude a liberar al denunciado es desgarradora debido a las secuelas psicológicas que ese acontecimiento provocó en la víctima.

De los acontecimientos que enfrentan los personajes surgen unas emociones potentes, aunque algo simples. La forma en que son caracterizados sus protagonistas no presenta el tipo de matices que se podían ver en Moonlight, una película donde los dilemas y la indefinición marcaban al personaje principal. Las dificultades que atacan a la relación entre Tish y Fonny son casi exclusivamente de carácter externo, existiendo así una fuerte compenetración entre ambos. Solo cuando la frustración supera a alguno de los personajes vemos una discrepancia entre ambos, la que se traduce en uno de los momentos más sinceros del relato.

Aunque las injusticias que sufre Fonny debido a prejuicios raciales y socioeconómicos son inaceptables, la reacción por parte de la película no parece ser de rabia, sino de desesperanza. Que el relato sea narrado de manera fragmentada contribuye a esto, ya que no existe un avance demasiado marcado de la situación, recurriendo en cambio a una especie de deambular entre el presente y el pasado, siendo la reclusión del joven un factor constante a lo largo del relato. Se trata de una situación inmutable, que permite además crear una conexión entre la época en la que transcurre la película y el panorama actual de Estados Unidos, donde cuestiones ligadas al sistema procesal penal o al sistema carcelario de aquel país, y la manera en que la raza opera dentro de esas categorías, siguen siendo igual de preocupantes.

En medio de este ambiente desolador aún existe espacio para la esperanza, que es representada a través del amor. Mientras en Moonlight el viaje personal del protagonista consistía en una búsqueda del amor en los rincones más violentos de la sociedad, en If Beale Street Could Talk se trata de algo que acompaña a sus personajes y les da fuerza para seguir adelante. No están buscando algo que añoran ni algo que perdieron, sino que están luchando por mantener ese sentimiento junto a ellos.

Un pensamiento en “If Beale Street Could Talk (2018)

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