Climax (2018)

Climax-posterYa sea que su estilo pueda ser o no caracterizado como “provocador”, no se puede negar que el director argentino-francés Gaspar Noé quiere que sus trabajos no pasen desapercibidos. Cada una de sus películas han sido pensadas como una manera de llamar la atención del espectador a través de diferentes elementos vistosos. Así, por ejemplo, en Love (2015), su anterior largometraje, el principal “gancho” promocionado fue el hecho de que presentaba escenas de sexo explícito, siendo además una cinta que filmó en 3D. A partir de sus primeros segundos éramos testigos de su particular planteamiento, debido a una escena que mostraba de forma manifiesta su osadía visual, sin sutilezas.

El afán irreverente de Noé se nota también al comienzo de su nueva película, Climax, donde inmediatamente después de su primera escena, que da inicio al relato in extrema res, vemos cómo aparecen los créditos finales de la cinta. De esta manera, el resto de la película, que nos muestra cómo se llegó a la situación de la escena inicial, parece ser un extenso conjunto de secuencias postcréditos, como una especie de desmesurado guiño a la técnica que se ha hecho tan común en el actual cine comercial estadounidense. Este juego estético es repetido nuevamente cerca de la mitad del metraje, cuando a través de unas letras que cubren gran parte de la pantalla aparecen los nombres de los actores, del director y de los artistas cuyas canciones fueron utilizadas en la obra.

La cinta está dividida en segmentos bien demarcados, que son contados con diferentes herramientas narrativas. Así, la primera escena es un plano cenital que nos muestra a una joven ensangrentada que escapa por un paisaje nevado, mientras que la secuencia siguiente nos presenta a los personajes de la película con una serie de planos que están representados como unas entrevistas filmadas, en las que vemos parte de sus personalidades, visión del mundo y motivaciones. No existe un protagonista demasiado claro en la película, salvo el personaje interpretado por Sofia Boutella, la única integrante del reparto que tiene una experiencia actoral conocida, siendo el resto del elenco una colección de jóvenes con escaza o nula práctica en el cine o la televisión.

Esa falta de experiencia no se convierte en un obstáculo demasiado difícil para Climax, ya que el planteamiento de su historia no busca centrarse en un desarrollo acabado de los personajes ni en una trama demasiado compleja, sino que en algo más rudimentario, incluso primitivo. La sencilla premisa de la cinta consiste en que un grupo de bailarines es seleccionado para participar de un proyecto de danza en Francia, con las expectativas de hacer una gira que los lleve a Estados Unidos. Los personajes viven y ensayan en un apartado recinto, en pleno invierno, donde la música suena de forma constante y dividen su tiempo entre bailar e interactuar entre ellos. Un día, la aparente calma entre los jóvenes se ve bruscamente interrumpida cuando descubren que alguien echó LSD a la sangría que estaban bebiendo, lo que provoca un muy violento descenso hacia el caos.

Antes de que eso ocurra, la película nos muestra una de sus mejores escenas, un baile de cinco minutos donde los personajes se mueven de manera hipnotizante, interpretando varios ritmos urbanos, los que son acompañados de un trabajo de cámara enérgico que registra de manera ininterrumpida la presentación y la muestra desde diferentes ángulos. Este segmento encapsula muy bien la energía cinética que se siente a lo largo de la obra, la que mantiene al relato en constante movimiento, como una palpitación que se va haciendo cada vez más salvaje. El director recurre a unos extensos planos secuencia para transmitir esa sensación de dinamismo inagotable, en una proeza que es tan admirable en términos técnicos como efectiva en su deseo por crear una atmósfera determinada.

Dado que transcurre casi exclusivamente dentro del mismo recinto, hay una sensación opresiva y claustrofóbica a lo largo de la película, la que aumenta considerablemente a medida que se muestran los efectos de la droga en los personajes. El enfoque visceral de esta obra se nota en una utilización acotada de los diálogos, los que aparecen mayoritariamente en dos secuencias de la primera mitad del metraje, siendo luego reemplazados por gritos y frases sueltas. La razón de los jóvenes no tarda en ser reemplazada por los impulsos y el simple instinto, transformando la situación en algo violento, animalesco. Este cambio, sin embargo, no interrumpe el deseo de bailar de algunos personajes, dado que se trata de una expresión artística primigenia, muy ligada a los instintos. Este vínculo entre danza y ferocidad, representado por medio de movimientos bruscos, permite relacionar a Climax con Suspiria (2018), el remake de Luca Guadagnino, lo que permite crear un programa doble entre ambas películas.

De vez en cuando el director demuestra un interés por entregar un mensaje, recurriendo a textos que aparecen en la pantalla, que son tan imprecisos como pomposos, o a elementos de la trama que asemejan al relato a una obra de teatro escolar, como todo lo relacionado con una joven que está embarazada. Pero esos puntos bajos de la película no afectan demasiado el embrujo asfixiante de la cinta, que alcanza sus mejores momentos cuando prescinde de los elementos superfluos y se transforma en una experiencia sensorial. La fotografía a cargo de Benoît Debie, que emplea planos ininterrumpidos, ángulos poco ortodoxos y una iluminación expresiva, se complementa bien con la potente banda sonora que contiene temas de músicos como Aphex Twin o Daft Punk.

Mientras en Love sus intentos por ser profundo o reflexivo resultaban insípidos, con esta nueva película Gaspar Noé le da mayor preferencia al lenguaje cinematográfico, creando un viaje que tiene rasgos de pesadilla. Las cosas que ocurren en Climax llegan a ser horribles, generando un terror que no depende tanto de espíritus o demonios, sino que del propio actuar de las personas, cuyo lado más oscuro es revelado por la sustancia que consumen. Para transmitir las sensaciones extremas que experimentan los bailarines, el director no se limita solo a recursos como el plano holandés, que consiste en inclinar la cámara hacia un costado para crear una imagen torcida, sino que va más allá, llegando incluso a girar completamente el plano y poner todo de cabeza.

Con una duración de un poco más de 90 minutos, una historia simple y directa, un efectivo uso de la imagen y el sonido, se podría decir que esta es una de las obras más accesible de Noé, un director que se caracteriza por no tener un estilo demasiado convencional. Lamentablemente, esto no impide que también caiga en algunos de los defectos que lo han acompañado a lo largo de su carrera, como esa sensación de que no sabe muy bien cuándo algo es suficiente. Hay momentos dentro de la cinta que se extienden más de la cuenta y técnicas que se ocupan de manera algo abusiva, como la secuencia que es filmada con la imagen invertida, lo que transforma el carácter sofocante de la película en algo casi insoportable.

El efecto podría no ser demasiado perjudicial para una cinta que busca precisamente incomodar al espectador, pero hasta en este caso lo desmesurado puede llegar a cansar. Debido a eso, Climax se convierte en una de esas películas que transitan por la delgada línea que separa lo fascinante de lo intolerable, y si bien termina siendo una experiencia lograda, potente y difícil de olvidar, no estamos ante una obra que den muchas ganas de repetírsela debido a algunos de sus excesos.

Un pensamiento en “Climax (2018)

  1. Pingback: Her Smell (2018) – sin sentido

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s