Transit (2018)

Transit-posterEn su anterior largometraje, Phoenix (2014), el director alemán Christian Petzold tuvo como uno de los principales pilares del relato a la idea de la falsa identidad. Con una historia que hacía recordar a Vertigo (1958) de Alfred Hitchcock, la película giraba en torno a una mujer judía que sobrevivió el Holocausto y regresa a Berlín para reencontrarse con un marido que no es capaz de reconocerla luego de la reconstrucción facial a la que se debió someter, adoptando así un nuevo nombre y pasado. Cuatro años después, el cineasta regresa al tema de la simulación de identidad con su nuevo trabajo, Transit, que adapta la novela homónima de Anna Seghers.

Aunque la novela está ambientada durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Francia fue ocupada por tropas alemanas, la película transcurre en la época actual, manteniendo la persecución y el sentido de urgencia que agobia a sus personajes. De esta manera, la cinta adquiere un aire de ucronía, como si estuviésemos ante una realidad paralela, la que tiene también algunos tintes anacrónicos, ya que en el entorno donde ocurre el relato hay una mezcla de elementos del presente y el pasado (aunque los automóviles son modernos, el tipo de ropa de sus protagonistas y la ausencia de teléfonos celulares evocan una época anterior). Esta particularidad temporal impide que la obra se vea limitada a un tiempo determinado, y le otorga por lo tanto la capacidad para crear puntos en común con situaciones que vemos hoy en día, como el resurgimiento del fascismo y la crisis de los refugiados.

El protagonista es un hombre llamado Georg (Franz Rogowski), de quien no conocemos muchas cosas. Lo que si sabemos es que se encuentra en Francia de manera ilegal y que se ve constantemente acorralado por las autoridades. Tras la petición de un conocido, George acepta entregar unas cartas a un escritor que se encuentra en París, pero al llegar a su hotel descubre que se suicidó, así que su siguiente parada es la ciudad costera de Marsella, donde intentará buscar una salida del país. El peso de las circunstancias lo lleva a adoptar la identidad del escritor fallecido, Weidel, lo que le permite obtener un pasaje y una visa a México, en un barco que zarpará dentro de algunas semanas. Pero mientras está esperando la fecha de su partida conoce a Marie (Paula Beer), la viuda del escritor, quien no sabe que su marido murió y lo está esperando en vano en aquella ciudad.

Durante su primer tercio, Transit se desenvuelve dentro del terreno del thriller, mostrando a un protagonista que está apremiado por la presencia policial y la posibilidad de ser capturado. Su objetivo durante estas secuencias es claro, huir de sus persecutores y conseguir una salida de ese país, pero la atmósfera cambia cuando llega a Marsella y asume la identidad de Weidel. Tras conocer a Marie, Georg se siente atraído por la mujer y ella también corresponde sus acercamientos, pese a tener ya como pareja a un médico llamado Richard (Godehard Giese). El protagonista no solo pasa a adoptar una especie de figura marital con Marie, quien no sabe que el hombre está ocupando la identidad de su marido, sino que contrae también la imagen paterna de Driss (Lilien Batman), un niño que es hijo de un compañero con el que Georg viajó a Marsella pero que murió durante el trayecto.

Ese vínculo que Georg tiene con la muerte, ocupando el lugar dejado por dos personas fallecidas, coincide con el cambio de aire que se produce en el relato. La situación del protagonista ya no pasa a ser tan lineal, con un objetivo claro y un único medio para alcanzarlo, sino que se complica. Las relaciones entre los personajes se caracterizan por un ir y venir, por un estado de incertidumbre en el que no hay claridad acerca de cuándo dejarán esa ciudad. Los arrepentimientos, dudas y vacilaciones marcan los intentos de huida de los personajes, que quedan sujetos a una realidad pantanosa. Como en el purgatorio, estamos ante un estado transitorio, expectante.

Uno de los aspectos que destacan dentro de Transit es la voz en off que escuchamos de vez en cuando y que funciona como narrador del relato. Aunque la voz pertenece a un personaje, no se trata del protagonista ni de las demás personas con quien lo vemos interactuar, sino que alguien cuya identidad solo descubrimos durante los minutos finales. El recurso tiene la particularidad además de actuar como narrador poco fiable, ya que no siempre sus aseveraciones coinciden con lo que aparece en la pantalla, algo que contribuye al carácter nebuloso de la obra.

Dentro de la cinta, Marsella se convierte en un no lugar, en un simple territorio de paso, que podría haber sido reemplazado por cualquier otra ciudad-puerto, donde el mar funciona a la vez como barrera natural y como vía de escape. Cuando la cinta entra en ese estado, el relato se vuelve más pausado y comienza a deambular más que a avanzar. Si bien el segundo tercio del metraje se nota algo invariable, con las indecisiones de los personajes y sus rodeos, el sentido de la obra se revela con mayor claridad durante el último tercio, cuando la ambigüedad y falta de determinación de la trama pasan de ser un riesgo narrativo a una potente decisión de estilo. Es ahí cuando todo hace “clic” y comprendemos el valor de lo que acabamos de ver.

Los paralelos que se pueden realizar entre la película y las situaciones que ocurren actualmente en el planeta -sobre todo en Europa- son claras, y Petzold toma la acertada decisión de no acotar su historia a una época precisa, para que sus reflexiones no queden obsoletas, sino que tengan la capacidad de adaptarse a nuevas situaciones. Transit, sin embargo, no es solo una película interesada en las cuestiones sociales y políticas, siendo su principal atractivo el lado humano que presenta, a través del cual aterriza sus ideas a una dimensión más cercana. En el centro del relato hay personas que no tienen un hogar determinado, que no saben muy bien a donde ir, y que dentro de esta situación desesperada solo pueden crear vínculos con otros que se encuentran en el mismo estado de incertidumbre.

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