Tarde para morir joven (2018)

Tarde_para_morir_joven-posterAl igual que De jueves a domingo (2012), su primer largometraje, la nueva película de la directora chilena Dominga Sotomayor, Tarde para morir joven, presenta algunos destellos autobiográficos. Aunque sus respectivas historias pueden no estar completamente basadas en algo que le ocurrió a ella, hay ciertos elementos de su propia vida que sirvieron como inspiración para esas obras, como una fotografía o un VHS que funcionan como punto de partida para los relatos. Que las cintas estén protagonizadas por niños o adolescentes, y que transcurran algunas décadas en el pasado, les otorga un aire nostálgico, pero sin caer en la idealización de una época determinada.

En este caso, la obra estuvo inspirada por la vida que la cineasta tuvo en la Comunidad Ecológica de Peñalolen a comienzos de los años 90. Mientras el país comenzaba su transición a la democracia, las familias que aparecen en la película -la mayoría ligadas al mundo artístico- se alejan del resto de la sociedad y optan por vivir entre la naturaleza, cerca de la cordillera. Aunque cada una tiene su propia casa, la idea de ellas es mantener un espíritu de comunidad entre todas, con un estilo de vida más armónico que el de la ciudad. Santiago aparece en una ocasión durante la película, pero se ve a lo lejos, como algo distante no solo en términos físicos sino también espirituales. La ciudad, sin embargo, no solo se manifiesta como un lugar que se dejó atrás, sino que es vista por algunos personajes como un destino añorado.

Es lo que ocurre con Sofía (Demián Hernández), una adolescente que vive junto a su padre y su hermano menor en la comunidad, pero que no ve en ese entorno muchas posibilidades para desarrollarse personalmente, por lo que ha decidido mudarse a la ciudad para estar con su madre. Su anhelo también se refuerza con la aparición de Ignacio (Matías Oviedo), un joven mayor que ella y que también vive en Santiago. La atracción que Sofía siente por el recién llegado no impide que su amigo Lucas (Antar Machado) quiera dar un paso más allá y demostrar el afecto que siente por ella, pero dado que él también forma parte de la comunidad no provoca en la joven un interés tan grande como Ignacio. A este grupo de personajes se suma Clara (Magdalena Tótoro), una niña que acaba de llegar junto a su familia a ese sector y que está aprendiendo a adaptarse.

Con una duración de casi dos horas, la película se desenvuelve de manera poco convencional, prefiriendo centrarse en las situaciones cotidianas de sus personajes que en crear una estructura narrativa más demarcada. Sotomayor busca que los detalles y la minucia vayan construyendo el relato, a través de un estilo naturalista y medio contemplativo. Vemos, por ejemplo, escenas sobre el funcionamiento interno de la comunidad, momentos donde Sofía aprende a conducir, y otros de simple ocio de los niños y jóvenes que viven en aquel lugar. No hay en estos instantes necesariamente un intento por hacer avanzar la trama, siendo más bien una manera de hacernos testigos de la vida de los personajes y del contexto en el que habitan.

 La perspectiva ocupada por la directora, que retrata situaciones ordinarias y tiende hacia el relato coral al momento de definir a sus protagonistas, no llega a ser tan extrema como el de la película Slacker (1990) de Richard Linklater. A diferencia de esa obra, que es una colección bastante libre de vivencias de un gran número de personajes, en Tarde para morir joven su estructura flexible no impide que el relato se dirija hacia una conclusión y que existan conflictos que se desenvuelven a lo largo del metraje. Aunque al principio cuesta entender hacia donde va la cinta, la fiesta de año nuevo que organizarán en la comunidad -a la que supuestamente asistirá la madre de Sofía- se transforma en el desenlace al que apuntan las escenas, mientras que el proceso de maduración de sus personajes principales va impulsando sus respectivos arcos.

Sin embargo, la presencia de esos elementos es bastante leve, e incluso contando con ese esqueleto narrativo la película no llama demasiado la atención. Mientras las escenas en Slacker eran variopintas y vistosas, las de esta cinta transcurren de manera demasiado tenue, sin dejar una huella tan clara. Sin necesidad de compararla con películas estadounidenses, se puede ver también su falta de efectividad si la examinamos al lado de una cinta como Huacho (2009) de Alejandro Fernández Almendras, donde la narración de situaciones cotidianas y la utilización de un estilo visual naturalista no obsta que se cree un trabajo potente. La búsqueda de Sotomayor por las sutilezas y la discreción termina restándole fuerza a la obra, lo que se puede notar en el propio clímax del relato, que evidencia un esfuerzo por crear algo de gran peso dramático pero que finalmente queda a la mitad del camino.

La fotografía de Inti Briones se transforma en uno de los principales atractivos de la película. Colaborador habitual del ya mencionado Fernández Almendras, su trabajo aprovecha bien las posibilidades que le entrega el estilo naturalista, creando dentro de esos márgenes unas imágenes expresivas, tanto en la composición como en su paleta de colores. Esto va acompañado también de la labor de Estefanía Larraín en la dirección de arte y el diseño de producción, especialmente en las casas que ocupan las familias de la cinta, que se encuentran a medio construir y reflejan el estado inestable de la vida de los personajes. El entorno en el que se desenvuelven los personajes resulta ecléctico, con una mezcla de diferentes objetos e influencias, asimilándose al mundo itinerante de los circos y los gitanos.

Entre los productores de esta película se encuentra el brasileño Rodrigo Teixeira, quien había producido también Call Me by Your Name (2017) de Luca Guadagnino. Ambas obras están ambientadas en el verano y buscan transmitir la atmósfera de aquel momento y lugar donde viven sus personajes, pero la diferencia de claridad y destreza entre una y otra es notoria. Mientras Guadagnino construye un entorno rico en sensaciones y texturas, siendo cada escena una oportunidad para profundizar esos elementos, Sotomayor cae en la reiteración y en el deambular innecesario, haciendo que cada minuto que pasa estanque más al relato. En tarde para morir joven hay buenas ideas y por lo general la forma en que están construidos sus personajes es perspicaz, pero salvo un par de momentos inspirados no termina de cautivar con la fuerza que necesitaba.

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